miércoles, 27 de julio de 2011

Perdido, en busca del tiempo


I
 He vuelto a Chimila. Lo sentía como una obligación con la memoria y con la gente que he venido recogiendo en la red de mis amigos. Da alegría encontrarse otra vez con los lugares queridos, aún sabiendo que nada es lo mismo. Después de un domingo de fútbol y cansancio, me desprendo de Tierra Nueva, con el morral repleto de cosas vividas y los zapatos rotos. Desciendo al plan un lunes a mediodía y me doy un baño bajo el puente del Silencio, como tantas otras veces. Me tomo tres cervezas frías para aplacar la sed que es infernal en Puerto Arepa, mientras veo que reproducen el DVD pirata de “Guerrillera girl”, un documental clandestino de unos muchachos suecos que se vinieron al corazón de la selva y de las FARC, donde grabaron el proceso de incorporación de una muchacha al grupo subversivo. A mí alrededor sólo está la familia dueña del negocio y dos contratistas paisas que trabajan en alguno de los muchos arreglos que le hacen a la carretera.  
Ahora, envuelto en su nube de polvo aparece un carrito azul que conduce don Luis, un veterano de esta ruta. Le conozco de hace tiempo, fechas en que yo era profesor en la serranía, así que se baja y me tiende la mano con las preguntas de obligada cortesía, las preguntas de siempre, ¿cómo está?, ¿cuando vino? y ¿cuándo se regresa pa’ la nevera?, bajan otros pasajeros que beben gaseosas en la premura canicular. Subo el morral, me acomodo en una banca recalentada por el sol, tres muchachitas entre coquetas y extrañadas sonríen y me miran. Siento que siempre me pasa lo mismo, que la extrañeza de los otros nace de mi larga cabellera, así que me hago el desentendido.
Arranca el motor, se pone en marcha el carrito y la nube de polvo se va detrás como un perro faldero o como el espíritu del señor atravesando desiertos tras los pasos del pueblo elegido. Cuando el automotor disminuye la marcha la nube nos alcanza, se mete al interior de lo que fuese un carruaje funerario, se me pega en los zapatos que venían recién lustrados, se suspende sobre los dobleces del pantalón, sobre el cabello todavía húmedo, sobre los vellos de los brazos, sobre las pestañas que se engruesan con este rímel de polvo, se adhiere a la piel de los ojos, asciende por las fosas nasales y se me viene la tos de una gripe no superada, así que me clavo de cabeza, cubriéndome de pelo y tapándome la boca con ambas manos.
El carrito avanza con ganas, como un mulo rodante, sube pequeñas colinas, una curva a la derecha, otra a la izquierda, y ahí va serpenteando sobre el diseño escheriano de esta carretera que parece trazada por la racionalidad de una bestia. Cruzo por lugares conocidos: El Tambo, Candelas, Santa Lucía y La Palestina. Atrás sigue corriendo incansable la nube de polvo, a que te cojo ratón, a que no gato ladrón. El carro sube, baja, se acelera o disminuye la marcha con su carga de cajas bien amarradas encima; don Luis que conduce con la pericia de quien conoce todos los detalles del camino y las tres muchachitas que siguen sonriendo con una malicia bien condimentada, pero sin dejar de aferrarse a la barra de la carrocería, no se vayan a caer.
Es mediodía cuando llego a Chimila, la calle está desierta como si arribase a un pueblo fantasma, surgido del calor de la violencia. Observo que la avenida está pavimentada, así que la columna de humo se queda a la entrada del pueblo, rezagada para siempre; avanzamos por entre la hilera de las casas, que se sostienen como sin querer sobre el barranco paralelo al río Ariguanicito. Las puertas cerradas, las ventanas cerradas, las trincheras de la policía que ha vuelto, también desérticas, como en uno de esos paisajes futuristas ideados por las películas made in Hollywood. Pero, sé que a esta hora del día, la mitad del pueblo duerme, la otra mitad está en el río. Sigue el carro entre el surco de casas, cada tanto se detiene un pasajero que vuelve a los suyos, alguien siempre espera ver aparecer las caras conocidas entre los barrotes de los automotores.
Me bajo en el extremo del caserío, recojo mi maleta, subo una pequeña pendiente, paso frente a la iglesia pentecostal, y de pronto me veo en la puerta de una casa que conozco de hace tiempo, no sin antes saltarme el preludio de un caleidoscopio de imágenes, colores, sensaciones, pequeños fragmentos de la vida que se me quedó impregnada en las calles de este pueblito viejo de mi corazón.
Después me siento otra vez en casa, en una gran casa de antaño, en la que cada rayón de la pared, cada grieta que se abre en el pavimento, o cada maleza que crece al cobijo de la lluvia tiene la marca del devenir; así que en este punto del relato, las caras conocidas, el rumor del torno en la carpintería de Dioselino, la silueta cortada contra el cielo del cerro de La puya, los palos de mango con su exuberancia de verde, la mancha de una pared donde orinan los borrachos, el sabor fangoso del agua que viene de El Amparo, el fondo de una fotografía antigua que testimonia como era el pueblo hace tiempo, una partida de dominó jugada a las cien pintas, la canchita de micro iluminada por los mismos tres faroles, la esquina donde jugábamos canicas entre el arenero o la sombra extinta de un árbol donde esperaba a una muchacha de risa bonita, todas esas cosas que se lleva en su furia ese río que es la vida, que va hacia el mar y que ya nunca vuelve; todas esas cosas me generan la alegría de estar aquí.
II
Aterrizo a mediodía con un sol templadísimo que tiene a los transeúntes en retirada hacia la sombra. Me bajo en la esquina entre las históricas casas de Hernán y Bernardo. Trepo la pequeña cuesta y estoy frente a la puerta de los Izquierdo. Ya no recuerdo de dónde me viene la amistad con esta familia, pues en los tres años que estudié en Chimila no pasaba de la puerta. Quizá se deba a que Ónix fue profesora en mi vereda, visitaba mi casa y, sobre todo, acompañaba las malas épocas de mi familia. Cada que recuerdo un duelo en los noventa, la veo a ella al lado y silenciosa. Bueno, después sus hijos llevarían mi mismo apellido.
La cosa es que no sé a qué horas me tomé confianza y pasé de la puerta a la sala, a la cocina, al patio o al comedor. Después, cada que paso por Chimila llego a esta casa, me quedo a dormir, lavo la ropa, juego dominó y adelanto cuaderno. Hace tiempo, cuando era más parrandero me iba a la caseta y doña Flor me dejaba la puerta entreabierta y la hamaca tendida para cuando llegase. Eso, ni en la casa de uno. En fin, siempre que aterrizo me siento en familia, debe ser que uno se vuelve confianzudo.
Es hora del almuerzo, así que me instalo en el comedor, después de saludar a los presentes: Ónix, Yalo, Carmen, Yari, Yeli y Florecita que ha venido de Bogotá con Eduardo y su familia. Me cuentan y les cuento, que qué ha sido de la vida de los míos y la de los suyos, que papito se fue el tres de enero y que mingo no vino este fin de año. Así pasamos a generalidades y la tarde se va yendo con las visitas cotidianas que pasan por esa casa: Luz Marina Rodríguez que busca una niñera, Herminda a quien Carmen le hace creer que soy el nuevo sacerdote del pueblo, aunque claro, mi pelo le genera cierta desconfianza, “Hombe que este es un padre moderno” dice ella, y no puede refrenar más la risa. Nubia Toloza que sigue siendo profe en San Francisco y ya va a empezar clases, el popular Bienvenido con sus historias, Chave que hace tiempo no veía y la encuentro envejecida, sin la fogosidad de lejanas épocas electorales. Y sigue pasando la vecindad por esa casa de puertas abiertas.
Llega la noche, y mientras los pelaos juegan póker, con la señora Flor enfrentamos a Eduardo y Florecita al dominó, a las cien pintas y me viene la memoria del viejo Izquierdo, un verdadero fundador de este pueblo que murió hace unos años, sus dichos y la pasión que le ponía al juego. Todo indica que recibiremos una paliza, “un zapatero” dicen por aquí, pero de a poco recuerdo la gracia de las probabilidades y damos la pelea, el juego se extiende hasta bien tarde, ya no recuerdo como quedamos, pero qué importa….
Llega otro día, ante la incredulidad propia, me levanto temprano, lavo la ropa que traigo mugrosa, desayuno y después me doy a leer el voluminoso ejemplar que traigo en la maleta y que contiene las primeras cinco novelas de Fernando Vallejo. El libraco debe pesar como dos kilos, pero estoy atrapado entre sus páginas. En esas aparece el verdadero nuevo sacerdote, se llama Aníbal, si mal no recuerdo, ya le había visto con anterioridad y me cuenta de su más reciente visita a Tierra Nueva. Se sorprende de no haberme visto en el oficio religioso, ni modo de contarle mi agnosticismo galopante. Me pregunta por el libro, le muestro la tapa que tiene el nombre del autor, entonces me suelta una andanada contra este sacrílego escritor; yo me escondo en la teoría del arte por el arte, le aseguro que la buena literatura no precisa suscribirse a la moralidad o a la política, que a mí no me importa la imagen negativa de Colombia en tanto las obras estén bien escritas y que me parece que muchos de los que le critican, ni siquiera han hecho el ejercicio de leer juiciosamente sus novelas.
En fin, no hay discusión posible, alguna nueva aparición coarta lo que parecía un debate fundamental; ni siquiera sé si dije las cosas que anoto en ese orden, o si sólo pensé que eso era lo que estaba obligado a decir. Sigo leyendo, mientras ellos desayunan sobre las nueve, y después me voy a visitar a mamaúcha.




















 III
Camino por esa calle que llamábamos de Cantarrana, desde donde toda la mañana me han llegado las notas de un aprendiz de acordeonero, me acerco a la casa, a esa casa azul de mis recuerdos, y de entrada me golpea los ojos el desasosiego, como si un rayo misterioso me removiese viejas cicatrices, hay algo luctuoso en el acto de volver. Juan Gossaín nunca quiso regresar a San Bernardo del Viento y García Márquez tardó mucho tiempo en volver a poner un pie en Aracataca; pero yo, hereje al fin y al cabo, vuelvo a desandar mis pasos, como si me fuera a morir mañana.
De entrada noto la ausencia del arbolito de la esquina, debajo del cual hacíamos tareas o jugábamos lo inimaginable. Tampoco está el gran palo de mango que se erguía como sombra de la casa y que echaba unos frutos grandotes que tocaba poner a madurar bajo la cama para evitar dolores de cabeza. En ese palo se concertaban citas de amor adolescente y por sus ramas pasábamos a jugar sobre el tejado de la casa. La ausencia de estos dos árboles ha dejado a la vivienda resistiendo sola a la intemperie, cuando me parece que hasta la misma casa se ha empequeñecido. La explicación lógica es que yo he crecido y que dieciséis años no pasan en vano. Esa es la marca del tiempo, de tantas lunas sin retornar. En otras ocasiones había llegado hasta el corredor, pero es la primera vez que vuelvo a salvar el umbral de la puerta.
Esta casa, indiferente testigo de mi adolescencia, es como un vestido que ya no nos queda bueno. Los espacios se subjetivizan y no puedo mirar las cosas con mis ojos de antaño. Sigo al comedor, donde José Luis y los otros pelaos ven televisión, paso a la cocina y ahí está doña Carmen, la mamaúcha, como esa mama grande que pintase un escritor caribeño. El corazón me da un triple salto mortal sin malla de protección. A pesar de los años y las enfermedades, la doña sigue tan parecida al recuerdo que de ella guardo. En el solar del fondo, lindando con la quesera, donde me escondía a comer naranjas y resolver crucigramas, ahora construyeron otra casa.
Sigo al patio donde ya no está el garaje en el que el difunto Ciro Quintero guardaba un carrito al que la gente bautizó La funeraria con el que hacía la ruta diaria hasta el Copey. Un tipo que no le negaba un favor a nadie y que siempre me llevaba El heraldo los domingos y los martes, a lo mejor porque estaba enamorado de mi hermana mayor. El cuento es que a Ciro lo mató el ELN en una emboscada en la que le cribaron la cabina del carro a balazos. Octubre del 93. Después dijeron que fue una equivocación, pero el muchacho ya estaba muerto y yo no puedo dejar pasar este párrafo sin recordar su memoria.
Vuelven las preguntas de ocasión, nos contamos las últimas noticias, y entonces, remontando casi dos décadas le cuento, como si ella no lo supiera, cómo era la casa entonces, cómo se organizaban los espacios, dónde quedaba nuestro cuarto, y se vienen en tropel una serie de anécdotas y cuentos tristes. Hay cosas que callo, en medio de mi agitación, pero mamaúcha tiene la sabiduría que dan los años como para saber que tengo la misma melancolía de aquél niño que viviera en su casa, que sigo estando medio perdido en el mundo y que a veces el corazón no me cabe dentro del pecho. ¡Cuántas cosas a las que ya no volveremos! ¡De cuantos espacios se nutre la nostalgia!
Seguimos hablando mientras el almuerzo continúa cociéndose en la estufa y los recuerdos se vienen en oleadas con el aroma de las arvejas que ya están hirviendo. Me cuenta acontecimientos de los últimos años, cosas que me interesan del pueblo y de sus gentes, hechos que despiertan mi curiosidad y sobre los que escribiré algún día. Ahora me llega el momento de partir, prometo regresar más tarde, si es que la nostalgia me deja, pero no hay hoja de vuelta. Es muy difícil salir inmune a las celadas que nos tiende la memoria….
IV
Después de almuerzo, con la pinta playera, me voy para El Salto –otra deuda por saldar- se diría que vine a Chimila sólo por bañarme en sus aguas. La tentación se hizo evidencia frente a las fotos que fueron compartiendo en el Facebook, puras imágenes de postal. Me atacaba la idea de que nunca me pude bañar en sus aguas a mis anchas porque entonces era un pésimo nadador, al punto que sólo me metía a la orillita del pozo de abajo, mientras que el compadre Fredy o el golondrino se zambullían con absoluta temeridad. Así que allá voy a cumplir mi desafío a un miedo antiguo. No invito compañía, aunque les he contado mi plan, por si acaso.
Vuelve a ser mediodía y la calle está otra vez deshabitada; bajo por la principal y le grito un “adiós” a doña Challo y al señor Sigifredo que reposan bajo los almendros al lado de la escuela; sigo adelante, veo sólo caras desconocidas, cruzo el puentecito de Marcos Rojas, tomo el camino del río, paso junto al puente que va a La Invasión, encuentro algunas personas en los primeros pozos superficiales y allá, en el fondo, siento la respiración sinuosa del salto, como si del vaho acuoso de una bestia antediluviana se tratase. Viene la brisa cargada con el vapor del agua y de un bronco rumor de la corriente precipitada contra la roca, en una guerra milenaria. 






















De golpe, ahí está el bendito pozo de aguas crispadas, más cercano a mi memoria que una foto reciente subida en el carelibro. Vea pues, este doble estanque natural se me hace más grande, más azuloscurocasinegro, más lleno de peligros; de algún rincón del alma animal me asalta el temor de hace tiempo, así que me quedo un rato observándole con la justa precaución que le tenemos a esas cosas que nos  generan desconfianza. Desciendo, cuidando los pasos. Un resbalón puede tener consecuencias insospechadas.
Me siento sobre la roca a ver un grupo de adolescentes que juegan a “la lleva” y, entonces, tengo la certeza de estar contemplando una escena ya vivida, cambian los rostros y son otros los nombres que surcan el agua, ahí están mis antiguos amigos, despreocupados frente a las corrientes de la vida y otra vez soy el niño temeroso del caudal furibundo, que ve el mundo desde una neutra quietud, a la distancia. A pesar de mi fama de buen nadador, después de haber sorteado la rudeza del Ariguaní y la bravedad del Tunjuelo, fungiendo de salvavidas, me paraliza un recelo ancestral.
Me levanto, desciendo al pozo inferior, allí se baña un señor cuarentón, le hago la pregunta estúpida de cómo está el agua, a la que me responde entre dientes una cosa que no entiendo, tomo un respiro, cruzo la corriente y me dirijo hacia La cristalina, ahí está su pozo más oscuro y más terrible. Siento la tentación de atravesarle a brazo limpio, pero me detiene la imagen de un hombre solitario que sufre un calambre en un jagüey de aguas tan tranquilas como estas y muere ahogado: así que mejor, no. Uno que se va volviendo conservador y mañoso.
Vuelvo al salto, más cargado de valor y con otra idea: “aquí si me encalambro la fuerza de la corriente me empuja hacia afuera”, así que me despojo de la ropa sobrante y me zambullo en las aguas diáfanas, siento la fuerza hidráulica que me arrastra, los remolinos que se forman en la superficie, el ruido que se nos mete debajo de la piel, la espuma que hace copos de vapor, y las corrientes que atrapadas en ese hoyo de piedra se entrechocan y corren como locas en todas direcciones. Sigo saltando desde varios puntos de las peñas, de aquí para allá, de allá para acá, como quien conquista el lado oscuro de las formas líquidas. Siento el cuerpo dúctil, maleable, fluido como las aguas que me bañan, en un extraño sentido de indefensión, cual una brizna de hierba mecida por el río.
Después de un par de zambullidas me lanzo desde la cascada central, venzo la resistencia y allá va un clavado, pero entro de mala manera al agua, lo que me deja un dolor constante en la zona cervical –agallones diría mi tía Otilia- el dolorcito se torna molestia, así que pongo punto final a la aventura. Además, vale decir que siento una secreta resistencia de los pelaos que están en el pozo, una especie de desconfianza primaria que les hace estar a la defensiva si intentase hacer conversación.
V
Recojo mis cosas y regreso por el margen oriental del río, un camino polvoriento que corre paralelo al pueblo y que me evita tener que subir por toda la calle, por hoy no quiero más miradas. Voy pensando muchas cosas, me asaltan ciertos recuerdos, la idea que por ese sector siguen existiendo fosas no exploradas por la Fiscalía, aunque según alguien me contó “de ese lado sacaron un poco de muertos”.
Paso frente al “puente escondido”, como llaman a ese viaducto que cruza el río detrás de la escuela, nada particular, me parece bastante feíto, aunque se me puede contestar que su función no es estética, sino utilitaria, para que nadie supere la corriente saltando de piedra en piedra o con los zapatos en la mano, claro que por estos días de verano el nivel de las aguas es tan bajo que casi no hace falta. Imagino que en este puente, como en todos los puentes de la patria alguien podría encontrar un techo donde cobijarse de la intemperie, pero tal vez en Chimila todo el mundo tiene casa, incluso Juaco Bomba. Paso frente a la casa de Julio Payares, una que tenía naranjos, mamoncillos, marañones y cerezos donde íbamos a pasar las tardes mamando gallo en octavo. Entonces me acuerdo de la Parábola del retorno de Barba Jacob.
No sé si es la resequedad propia de un verano recalcitrante, pero el paisaje se cubre de polvo, se hace mustio, indiferente, como en uno de esos cuentos caniculares de Macondo. Sigo la calzada y voy viendo los arrumes de basura en torno al río, botellas y plásticos que se acumulan entre la maleza, empaques de icopor, ropa vieja, pañales, de todito, cosas que ya no sirven y se tiran por ahí. La basura se va adueñando de la rivera a espaldas del pueblo, el chiquero se me hace insoportable e imagino que todavía no llega por aquí el amor al verde por lo verde.
Mientras, me llaman la atención dos niños que se esconden detrás de un guamo de río, la curiosidad me obliga a detenerme y entonces comprendo que juegan al amor homosexual. Suena cándido escribirlo así, en fin, lo que hacen es penetrarse por turnos, primero uno, luego el otro, cambian de posición y me siento un maldito vouyerista, un pervertido vulnerando ese espacio de la intimidad infantil, así que continúo la marcha, los niños se percatan de mi presencia desde la otra orilla y corren espantados barranco arriba, huyen de mí, de la mirada del otro, del intruso que perturba su lúdica sexual. Y yo me pregunto qué he visto, acaso una función esquizoide de una mente perturbada de calor y fantasías pornográficas, pero estoy seguro que los niños eran reales y mi intención al escribirlo es una prueba de que no me engaño, aunque presiento que este viaje a la semilla no sea más sino la metáfora de la búsqueda del tiempo perdido –como la novela monumental de Marcel Proust- un tiempo que como los niños escapa de mi presencia dando brincos.
Más adelante encuentro el camino hacia la granja de mi viejo colegio, allí, donde hacíamos las prácticas, hay ahora un potrero de cocuyina, es obvio que la Institución cambió de sede, pero no puedo evitar la memoria de los diversos proyectos agrícolas irrealizables, y entre las imágenes de muchachos sudorosos levantando a machete los pastizales, recuerdo a una compañera apodada “la negrita” tomándonos dizque fotografías en el acto de levantarse el ruedo de la falda.
Desciendo al que llamábamos “el pozo de Hernán” y la escena se me hace desgarradora. El río desierto, no hay pozo, no hay bañistas, si acaso un caballo pastando más allá. Ni siquiera están las piedrotas que yo recordaba, o tal vez se redujeron, se hicieron más chicas, como todo, constituyendo un paisaje de la desolación. Aquí aprendí a nadar con los pelaos de entonces, jugué a “la lleva” hasta rendirme de cansancio, hice amigos, me comí un paquete de saltinas escapados del colegio con el hijo del pastor el día que mataron a Rafael Orozco, hablé por primera vez con una morena que todavía me envía toques por facebook, disparé una escopeta de palo cuando hacía furor jugar a “los pistoleros”, se me pegaron muchos piojos náufragos en el agua, pesqué un par de chachaítas cuando el río estaba crecido, como quién dice: este es uno de esos espacios poéticos que llevamos en la distancia.
Corre una hilacha de agua que no me llega a la rodilla, así que aunque pensaba subir por el margen del río hasta La bejuca y seguir hasta El pozo de Rosa Cabrales o quizá hasta Pozo azul, detengo mi andar; tanta miseria de la realidad estropeando el carnaval colorido de mis recuerdos, tanta sequedad malsana, me obligan a desistir. Me regreso al pueblo, tratando de buscar un lugar seguro al amparo de estas tempestades, al menos un rinconcito cálido entre la hojarasca de los años.

VI
Vuelvo a la casa Izquierdo. Mientras la tarde se va, jugamos dominó. Voy a la tiendita más cercana y compro un litrón de gaseosa que se me hace súper caro, es obvio que sea así, aquí todo se compra en El Copey y se revende a precios bien elevados para mi costumbre citadina.
Ahora, la casa se va llenando de un aroma inconfundible, la epifanía frente a ciertos olores es insalvable y esa fragancia corpórea del café tostado me transporta a otras noches en la finca, a un espacio de los años maravillosos en torno a la cocina campesina. Los granos se van tostando en el gran caldero, sobre un fogón de leña, todos vamos acercándonos al fuego, saco unas pepas renegridas que me llevo a la boca y saboreo con empalago.
¡Qué gustillo tan estampado en la sangre! sabor de todas las cosechas, de noches claras con una luna reverberando sobre las montañas lejanas, sabor del hogar al que nunca volveremos, sabor de tiempos cuando las brujas asustaban con su tropel de escobas volando bien bajito, sabor que describe mejor que nadie el compositor de ese himno que se llama “moliendo café”…
Después viene el segundo acto: moler el café, por lo que muy diplomático, escojo el ejercicio femenino de pepear, que no es otra cosa que ir echando a cuentagotas los granos en la tolva. Eduardo instala el molino en la mesa del comedor y se baña en sudor dándole vueltas a la manivela. De a poco, por pura fuerza mecánica el fruto del cafeto se convierte en una harina negra y pedregosa.
Carmen prepara un tinto que sorbo con fiebre, como para deleitarme con el sabor de esas cosas que se hacen con manos amorosas. En esas, llega el seminarista que acaba la tarea. Seguro que a él también el acto de moler le genera una correspondencia con el mundo terrenal y con una casa familiar que dejó antes de seguir los caminos del señor.
Así se va la jornada. Sigo con el dolor molesto en la “cruceta” -como digo yo-, doña Flor me hace un masaje que me deja sin aliento, le cuento que mañana parto temprano, que por favor me llame con las primeras claridades. Ella, gentil como siempre, dice que creía que me iba a quedar más tiempo, al menos una semana; seguro a mí también me gustaría eso, pero hay tareas en otra parte que apuran mi camino. Me voy a la cama en un rato, apago la luz, ya he visto tanto.
Al otro día abandono el pueblo de mañanita, en la buseta del “cholo”. Vengo con un regusto salobre de nostalgia en la boca, con la intención de volver alguna vez al pueblo y con una serie de sensaciones que preciso escribir en mi libreta, antes que el tiempo con su mano de fuego lo arrase todo. 
Enero, 2010

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