Mostrando entradas con la etiqueta Jaime Barragán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jaime Barragán. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de noviembre de 2013

Crónicas de Surgencia

Un viaje a la frontera bogotana

He sido editor de la revista Surgente durante siete años y catorce números. Le he dicho que no a muchos textos y he aprobado un poco menos de doscientos trabajos que se han publicado en este tiempo. Entre todos esos escritos se nos han colado unas setenta crónicas, para un promedio de cinco por número. De ellas hay muchas notables, la mayoría de un nivel medio y unas cuantas de las que todavía me avergüenzo. Hay cosas que hoy no permitiría que se publicaran, ni siquiera bajo tortura, chantaje emocional o amenaza de excomunión. A pesar de esas excepciones infames, la crónica ha sido el género predominante en la corta historia de esta publicación neoñerística y quizá el que ha dado los mejores frutos, pero en un principio no fue así.

En su génesis, la Surgente se pensó como una revista miscelánea donde había espacio para todo, como en cualquier tienda de barrio, desde el horóscopo hasta el consultorio sentimental; sin embargo, la primera convocatoria ya mostró por dónde le entraba el agua al coco editorial. En el primer número con el que saltamos al ruedo ya había una sección titulada “Ambiente familiar” con un subtítulo que rezaba “crónica urbana”, a la que fueron a parar cinco escritos que suponíamos ameritaban tal clasificación si nos guiábamos por el peso atómico de sus intenciones. Vuelvo a ese número sietemesino, con la vergüenza del padre al que le ha nacido un hijo monstruoso, y me encuentro con una Fantasía de asfalto que me pone a pensar en el estado de alucinación con que fue concebida esa vagabundería literaria, sigo con Uy, sopas el camión y descubro una ficción bienpensante y mentirosa; más adelante una cosa, un entelequia, un organismo, una sustancia, o como se le quiera llamar,  intitulada ¿Quién habrá inventado la basura?, que no pasa de ser una especie de masturbación ideológica del mamertismo más rancio; a la cual sigue un relato de una página sobre el festival de cine de Santafé de Antioquia que no es crónica, no es chicha, ni limo-nada. Lo único rescatable de aquella primera aventura en un género casi que desconocido para nosotros es un texto escrito por el camarada Morris sobre la travesía del río Tunjuelo del año anterior.      

Alguien pensará que estoy juzgando con dureza nuestro propio pasado, pero ya Borges dijo que el pasado solo es arcilla que el presente labra a su antojo. Y desde aquí, desde ahora, mirando las cosas con cierta objetividad, lo cierto es que en aquél tiempo éramos jóvenes y bellos, pero unos burros en materia editorial. Eso sí, unos asnos dispuestos a cometer errores y aprender por el camino. Cosa que se empieza a notar en los siguientes números. Para el segundo tiraje, las crónicas publicadas tienen más carnecita, se nota que son producto de un trabajo más dedicado, se van librando de la ficción y se van haciendo más robustas. De aquél segundo número surge una crónica sobre la diversidad de los jóvenes usmeños, un recorrido en bus por la localidad, una reseña sobre las cocinas y los sabores de Sumapaz y el relato de una búsqueda en que se trenza la historia nacional con la memoria personal. Más allá de un diseño como para el museo del horror, en que se fundían títulos en negro sobre fondos oscuros, y de que el tamaño de las fuentes dio pie a la leyenda de que más de un lector había perdido sus ojos tratando de descifrar aquella maraña de palabras, ya se vislumbraba un camino posible.

El verdadero salto cualitativo en la crónica surgentística se dio en el tercer número. Allí se publicó la primera entrega de la saga del neoñero enviada por Jaime Barragán desde México. Debió ser la lejanía, el exilio o la necesidad de comunicarse con los parceros del barrio, pero en aquella primera crónica Jaime casi que instituyó una agenda del tipo de textos que deberían primar en una revista que se autoendilga el adjetivo periférico-marginal. Barragán escribía aquellos primeros párrafos desde los huesos, con hambre y escalofrío, con el sentimiento del náufrago, pero sin sentimentalismo. Su relato era de una honestidad apabullante, se diría que iba dejando la piel en cada oración, sin preocuparse por la forma literaria, pero sin mentirse, ni mentirle al lector. Además, aquella crónica se proponía como la primera entrega de una serie que se prolongaría a través de otros siete números, con lo cual descubrimos que una buena historia puede ser un texto de largo aliento que busca la complicidad de un lector que desprecie las comidas rápidas. Así pues, con solo tres números andados, se hizo la luz. Con Barragán también aprendimos que la única historia que valía la pena ser contada era la propia, la de nuestro lugar en el mundo, la memoria de nuestros padres y amigos; la de la esquina, el parque y el barrio. Esos pequeños dramas marginales que nunca encontrarían lugar en el gran relato de país que construye el poder dominante. Así pues, narrarnos a nosotros era cumplir la máxima tolstoiana de ser universales cultivando el jardín de nuestra casa.

Después se vinieron en seguidilla los números cuatro, cinco, seis y siete, acompañados de un concurso literario en el que la crónica fue una invitada de honor. De esos tirajes, muy a vuelo de pájaro, debo reseñar trabajos que bien merecen la visita de un buscador de graciosas gemas literarias. Cazucá, un relato que no termina era la radiografía de lo que implica ser un joven en la frontera de las metrópolis del sur del mundo, pues en comunas, favelas, chabolas o villas miseria, el no futuro adquiere el mismo rostro de los mismos pobres. En Posible forma de reconocer un neoñero modelo 82, un joven de barriada rememoraba diversos tránsitos que definían toda una experiencia generacional. Polvo eres y en polvorero te convertirás es una crónica sobre lo que significó la pérdida de la tradición pirotécnica para muchas familias del sur bogotano. Suerte y a la orden recoge la experiencia de una joven que vende chance, mientras va conociendo al traque, un habitante de la calle habitual de Santa Librada. Y Una casa, siete entradas, es una narración sobre las particularidades de una pajarera de Yomasa en la que llegaron a cohabitar 140 personas.

Tiempo después, tras un número maldito, realizamos el tiraje nueve en el que debutaron quince nuevos narradores en el subgénero de la crónica testimonial. Relatos rebosantes de vida que trazaban una cartografía sobre las diversidades juveniles que habitaban el territorio, experiencias dolorosas, de superación personal, de apegos a ciertos lugares o simples anécdotas curiosas de la cotidianidad local. De esa experiencia, por ejemplo, viene uno de los grandes descubrimientos de la surgencia, un muchacho de Sucre que envió la crónica A lo malevo, un texto germinal que ya anunciaba al escritor que se acaba de ganar el premio distrital de dramaturgia. Después realizamos otros procesos de formación, convocatorias y concursos de donde emergieron nuevos narradores que llenaron de historias las páginas de los últimos cuatro números de la revista Surgente, los que no vinieron sino a confirmar lo que ya era una sospecha: habemus cronistas.

Así esbozada, esta es la historia de un camino de búsquedas y hallazgos. Nadie nos dijo cómo hacerlo, cuál era la fórmula del éxito, ni qué historias deberían ser contadas. La crónica se impuso por sí misma, se impuso como una exigencia ética y estética apropiada a una realidad concreta. Nació del encuentro azaroso entre una forma, una mitología local y un medio de propagación. Si nosotros no lo hubiésemos hecho, es seguro que habría hallado otros caminos para ser en tanto ser. Las historias no nos las inventamos, estaban allí a la espera de ser narradas. Nosotros solo tiramos la piedra al agua y dejamos que las leyes físicas hicieran el resto. La crónica nos encontró antes que nosotros la descubriésemos a ella, pero nos encontró porque salimos a la noche oscura de la literatura local con linternas nuevas que alumbraban en todas direcciones, por un natural presentimiento de novedades. En ese sentido, la Surgente, que nació de pequeñas casualidades, fue creciendo, fue creciendo, y en ese ejercicio de ampliar sus horizontes fue definiendo una forma literaria que no es exclusiva de nosotros, pero que es una marca de la casa.

Ahora bien, leer las setenta crónicas publicadas hasta ahora es embarcarse en un viaje hacia la última frontera de la Ciudad. Lejos de la centralidad capitalina, al sur del sur, allá donde el círculo se vuelve circunferencia y la carne es solo piel, donde ha ido surgiendo una palabra verdadera, honesta, pringamosera, que no necesita de la ficción para hacer sentir su vitalidad creativa. En esta antología de la no ficción se han ido desgranando, página a página, las preocupaciones, sueños, miradas y paisajes de un territorio vasto, nuevo y fronterizo. El Sur, como gran topos de la crónica surgente respira en cada relato. Allí están, uno a uno, los personajes que cualquiera de nosotros encuentra por estas calles tendidas a pulso y ojímetro. Allí están reunidos todos los perdedores, los desterrados por el sistema hacia las orillas, pero también los que desde la última fila levantan la mano y piden la palabra. Y también están allí las historias que en el barrio son chisme, habladuría popular, cuento de vecinos, leyenda urbana o anécdota fugaz. Así pues, saltando de palabra en palabra, uno siente que en la crónica ya todo está dicho, pero todo está por decir, como ese ornitorrinco que sorprendió a los ojos ávidos de milagros, en tanto les recordaba siempre lo conocido; en tanto, la frontera, real o imaginada, es ese escenario en que lo viejo se renueva, lo nuevo ya es pasado y lo sólido –como dijese Marx- se desvanece en el aire, por lo que se precisa de un género también fronterizo, entre el periodismo y la literatura, que le permita una carta de ciudadanía.

Ahora bien, aunque el camino es largo y culebrero, no quisiera despedirme sin recordar a ese gran cronista que es Gay Talese, quien dijo: “Yo solo quiero transmitir el asombro de la realidad, la corriente ficcional que fluye bajo el río de la realidad”, opinión que nos recuerda que la crónica descansa allí donde parece que no pasa nada, donde lo real cotidiano se ilumina solo para los ojos de quien sepa mirar. En ese sentido, en Usme las historias están al alcance de la mano, como a la búsqueda de un autor, y para la muestra un par de botones: un viejito que ha pintado miles de avisos comerciales a mano alzada, en unas letras grandes y deformes, solo por un par de cervezas; un carnicero que una vez se hizo crucificar y tiempo después se enterró vivo para evitar el cierre del matadero local; un hombre que pastorea un lote de diecisiete gallos de pelea en un parque; una señora que vende leche de cabra llevando un rebaño de chivas amarradas por la calle; un líder comunal que ante el asombro de una multitud le hizo el amor a una motocicleta de alto cilindraje; unos personajes como el reportero del sur, Julio Valencia, el Grave o el payaso Hénser que parecen salidos de una novela de aventuras decimonónicas, un barrio que fue fundado por desmovilizados del M-19 y otro por sobrevivientes de Armero; un fallo de indemnización colectiva por el caso doña Juana que sacudió la vida de los vecinos del relleno; unos motociclistas que venden el arroz, el arroz, el arroz con leche; un locutor que le pone su voz a toda la publicidad de megáfono; unas negritas que venden cocadas en todos los portales de Transmilenio sin que nadie se los prohibida o un poeta local que falsificó títulos de pregrado y posgrado para aparentar que estudió lo que todos sabemos que no estudió.  

En fin, son tantas las historias que merecen ser contadas, que el Taller de Escritura Creativa Surgente lo que hace es abrir la puerta para el encuentro con los relatos de una localidad en la que siempre ocurren historias que no son noticia, eventos que no alcanzan el grado de desastre natural o muerte violenta, pero que dan cuenta de esas vidas anónimas que exigen su lugar en el gran relato de una Ciudad que se dice humana. 

martes, 12 de febrero de 2013

Carta enviada a la Comunidad Surgente

Caracolicito, 12 de enero de 2013.

Compañeros y ñeras:

A petición de Alvaro y Llerly, quienes han asumido la tarea de echar a rodar el carreto de las “Escrituras públicas”, les escribo desde una distancia que, más allá de los atlas y las topografías, se siente muy próxima.

Hoy me levanté con el sol de la mañana, en tanto es imposible seguir durmiendo después que este despunta sobre unos cerros orientales que, aquí, corresponden  a las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta; pues la temperatura sube tanto y tan rápido que el calor se torna insoportable debajo de las sábanas. Así que salgo a otro de esos días azules del caribe colombiano, en que todo es cielo por la madrugada.

En la cocina, mi hermana Edilma ya tiene café preparado, mientras en la sartén se fríen las arepas del desayuno. A un costado de la casa, donde funciona un billar, ya está sonando a todo timbal el último disco de Martín Elías, uno de los muchos hijos del cacique de La Junta, que intenta seguirle los pasos al padre. Asimismo, afuera se siente la bullaranga matutina de un caserío en que todo es ruido, música, calor y polvo. 

Esta casa se levantó al margen de la carretera Panamericana, que pronto será la Ruta del sol, en un lugar en el que desembocan dos trochas que suben hacia la sierra; de tal manera que en un día sábado como hoy, el tráfico de carros, motos, jinetes, ganado, carretas y simples transeúntes es exagerado. Los pitos, el ruido de los motores, los gritos de los paisanos y la música que viene de todas partes se confunden en una amalgama de sonidos que emboba mis tímpanos. Es de anotar que sigo con una gripe mal cuidada y que en este lugar hace cuatro días no llega el agua. Un tubo tuvo la culpa de la aridez de estos tiempos. Así pues, lo mío es la sensación contradictoria de estar en un lugar que sueño en la distancia bogotana, pero que ahora me aturde con su sordidez de tierra caliente.

Ahora bien, les cuento estas cosas, que atañen al ámbito de mi experiencia más esencial, porque, en el fondo, la desubicación de esta mañana provinciana es la misma sensación que me ha perseguido mucho tiempo: la certeza de ya no pertenecer a un lugar en el mundo. Esa certidumbre de un exilio ab infinitum es el signo de caín que se ha fijado sobre la frente de los neoñeros. Por ello, ahora recuerdo esas primeras crónicas que desde la Gran Tenochtitlán nos remitía Jaime Barragán hace un tiempo, como una especie de evangelio generacional en que se reflejaba la odisea de toda un comunidad joven en constante desbandada. Más allá de las anécdotas relatadas y la mirada exotista de quien se enfrenta a una cultura ajena, lo que contenían las andanzas del neoñero era el estado de ánimo de toda una colectividad. En esos textos, que se publicaron a cuentagotas, fuimos tomando conciencia de que había un nexo histórico que enlazaba las experiencias individuales en un gran relato colectivo. La historia particular de Jaime era nuestra propia historia. 
  
En estos días tan cerca de mis raíces, pero tan lejos de mi nuevo hábitat paramuno, sigo experimentando esa sensación que enunciaba el camarada Barragán desde el D.F.  El neoñero navega entre dos aguas, pero no pertenece a ninguna. Somos ciudadanos fronterizos, entre el ayer y el mañana, nunca habitantes del presente. Entre la tradición popular de los padres y la cultura mediática del Gran Hermano. En ese sentido, nuestra lucha es por hallar un intersticio en el armazón social donde poder respirar con comodidad, una brecha entre el cardumen donde ser, sin doblar la cerviz, ni fundirse con los demás peces. Esa búsqueda desesperada de una tierra al este del Edén siempre conduce a la soledad. El neoñero se acostumbró a ser la oveja diferente, pero no conjuró el maleficio de la extrañeza frente a los propios, sino que profundizó en la brecha y en sus consecuencias, al punto que terminó reivindicando un nuevo orden, no necesariamente expandible a todo el rebaño. En ese sentido, sabe que lo suyo no es el camino del profeta, en tanto su verdad no tiene receta y vale, casi exclusivamente, para él solo.

El neoñero es hijo de la universalización del conocimiento y la cultura, o para decirlo de otro modo, es hijo del proyecto ilustrado. En su génesis proviene de familias populares. Su extracción es proletaria, pero de alguna manera vive la experiencia de San Pablo en el camino a Damasco. Sufre algún tipo de correspondencia epifánica que le lleva a romper con el proyecto de vida paterno. A partir de entonces, se queda solo en el mundo y tendrá que labrarse su propio camino. Sin embargo, a medida que avanza descubre que la soledad era aparente, que hay otros como él, y que los sueños que creía propios eran comunes a muchos de su generación. Así pues, su enfermedad no es epidémica, sino episódica. La epifanía no es general, ya que en su mayoría los hijos de los sectores populares prefieren amoldarse al modelo conocido, seguir el camino seguro, que siempre desemboca en la subordinación económica, política e ideológica.

Ahora bien, como cada neoñero ha renunciado a la porción de mundo que le correspondía como heredad paterna, debe labrar su propio campo. Es entonces que aprende a desconfiar de los sistemas, los pesos y las medidas. Construye su leyenda personal distanciándose del modelo familiar y eso implica una serie de riesgos, en tanto significa caminar sobre arenas movedizas, cuestionar el ideal de familia, los valores tradicionales, las relaciones de poder y, en últimas, el proyecto hegemónico de las clases dominantes. Ello conduce a que nuestro héroe deba repensarse su lugar en el mundo, encontrar un nuevo sentido para sus acciones, hacerse de herramientas diferentes, explorar otras tierras y, como en una escena de una película buñueliana, cortarse el cristal de las pupilas para ver de otra manera. Por supuesto, que el proceso es lento y no está exento de celadas, retrocesos y renuncias.   

Así, finalmente, cuando el neoñero ha superado el estado larvario, descubre que hay otros con los cuales puede sumar voluntades, construir proyectos colectivos o, simplemente, meterse a una rockola a echar pola y adelantar cuaderno. En ese estado superior, Gregorio Samsa ya ha aceptado que es un monstruoso insecto. Puede reírse de sí mismo, asumir una actitud crítica, no necesariamente combativa, frente al mundo y revalorar desde un lugar más tranquilo el acervo familiar al que antes había renunciado. En tanto, al cabo de los años, ha aprendido que no se puede desprender completamente de la vieja caparazón, que la esencia de lo popular sigue empozada en el alma, que el ascenso por las escalas del saber y la cultura, siempre conlleva un descenso a las páginas del álbum familiar. En ese sentido, el neoñero armoniza lo que es contraste y oposición, el folclor con la alta cultura, la telenovela con el cine de Bergman, Paquita la del barrio con Concha Wika, el guarapo con el whisky en las rocas, la lectura de Roberto Bolaño con las novelitas rosas de Corín Tellado o el caviar con la pelanga.  

Así pues, en estos días de parranda, comida y excesos, descubro en mí mismo a un habitante del mundo que desde su portátil escribe, en la canícula festiva del trópico, estas palabras para los camaradas neoñeros, convencido de que la frontera, el no-lugar y las zonas periféricas son esos escenarios donde todavía podemos construir otro mundo posible.

Un abrazo currucuchumbambero;

Fito Celis.


miércoles, 27 de julio de 2011

¿Quién es Barragán?



La pregunta surgió de una forma casi natural, cualquier día viajando en un cebollero con olor a pueblo, de esos que vienen por Lomas con todo el tráfago de la décima recién levantada, se me ocurrió que esa era una buena pregunta, quizá porque la cuestión sobre la identidad es una marca de origen de lo periférico. Así, pues, un interrogante de sólo tres palabras se convirtió en la punta de lanza de la campaña de expectativa de Jaime Barragán y en ese ejercicio de ir estampándola en muros, paredillas o postes de la Localidad, parecía que a cada nuevo golpe de spray las posibilidades semánticas de la susodicha frasecita se iban multiplicando.  
Los primeros transeúntes que se enfrentaron a los murales zanjaron la cuestión con un vacilante “Barragán debe ser un político”, pero parecía que esta respuesta dictada sin duda por el sentido común en un año de elecciones, lo único que hacía era abrir un abanico de muchos dobleces y posibilidades. Listo, convengamos en que el man es un político, pero entonces, de qué partido, por qué no sale por televisión, por qué no tiene una publicidad tradicional, o a qué aspira: a ser edil, concejal, alcalde mayor, presidente de una junta o simplemente alcalde de Usme, como nos dijo el comandante de policía del Danubio, muy poco enterado el pobre de que el ejecutivo local no se define por voto popular. 
Así que ante estas perspectivas de un orden mayéutico inacabable, era mejor dejar las cosas de ese talante. Claro, no faltó quién recurría a los muralistas con la pregunta de eso qué es o pa qué es, pero su desconsuelo era mayor cuando la respuesta era ¿usted qué cree?, típico efecto boomerang, ante lo que algún furibundo peatón nos increpaba con un “si no saben quién es, pa qué se ponen a pintar”. Una reacción muy común frente a inquietudes que pueden traspasar la esfera más cotidiana del ser y el saber, como las preguntas ¿Existe dios? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dónde está Javier?, o ¿por qué mataron a Betty, si era tan buena muchacha? 
Después empezaron a aparecer los que sí conocían a Jaime, los que de algún modo sabían quién era la persona en cuestión, los que llamaban a decir “he visto los murales”, como si en ello hubiesen descubierto una verdad, tan cercana a la del que cree encontrar en un meado de borracho la imagen de la santísima virgen o en el anca de una rana, seguramente no venenosa, el número en el que caerá el chance, y corre entusiasmado a contarle a su vecindario.
¿Qué significaban esas reacciones?, mi humilde idea es que Sócrates tenía razón, que creemos saber muchas cosas, que atesoramos datos, informes, canciones, ideas sobre el mundo, pero que son las preguntas sencillas las que en verdad nos cuestionan los supuestos saberes, al punto de obligarnos a repensar lo pensado, a echarle cacumen a cuestiones que pueden ser baladíes como ¿de qué color es un mango cuando no está verde ni maduro?; en ese sentido, lo que creo es que nos acostumbramos a ver a Jaime Barragán en Usme, que empezaba a convertirse en parte del paisaje de la Localidad, como la estatua de la Usminia o esos viejos comunitarios que todo el mundo los reconoce, pero ya nadie sabe dónde viven o qué hacen en su otra vida. Lo que en la campaña llamamos el lado B de la existencia.
Así, pues, aquella pregunta logró que muchos supieran que existe un tal Barragán, y para ellos ya llegará su respuesta, porque bienaventurados los pacientes, de ellos será el reino de los cielos, que los otros reinos ya los perdimos. Pero, para los que ya creíamos saber quién es Barragán, lo que nos dejó fue un poso de inquietud, ¿de verdad quién es este tipo? ¿Por qué se lanza?, luego, ¿no era un artista? ¿Por qué con este partido? ¿No dizque era liberal? ¿Quién le financia la campaña?, con lo que caemos en la pesadilla de todos los científicos, que cada vez que tapamos un agujero del saber humano, se nos abren mil ventanas. 
Pero no nos desesperemos, que algo se podrá hacer, al fin y al cabo Sócrates no se tomó la cicuta en vano. Frente a esta pregunta, lanzada al aire, en un principio sólo escuchamos el lejano eco de nuestra propia voz, los muros nos devolvieron las palabras con un efecto acústico extraño, entonces fue cuando empezó mi búsqueda de Barragán, cómo hace algún tiempo estuve tras los pasos de Nelson Cruz, con la ventaja o desventaja de que Jaime está vivo y entre nosotros, eso hace que todavía no cuaje su mitología y viva sólo en las diferentes versiones.
Me pasó lo de Shakira, que busqué en el armario, en el abecedario, debajo del carro no, porque no tengo, pero sí en el negro, en el blanco, en los libros de historia, en las revistas Surgentes y hasta en la radio. Sucedió que recordé cómo fue que en un principio Jaime me cayó mal, aún sin conocerlo, pues se me hacía odioso alguien de quien todo el mundo hablaba tantas bellezas, como que de esa gente no existe, no debería ser tan brillante el maldito. Imaginé un personaje arrogante, rodeado de su pequeña corte de aduladores, el artista en su urna de cristal paseándose entre terciopelos por las calles de Usme.
Lo curioso es que no recuerdo la escena exacta de cuando le conocí, debió ser en el año 2005, tal vez en la época de Arte en espacio público, lo que sí recuerdo es que tan pronto escucharlo también me embobé con el susodicho artista local, me gustó su forma de transmitir sus saberes, sus proyectos alternativos, su calidez humana, pero sobre todo el hecho de encontrarme con un hombre sereno en el debate, sin la intransigencia de los líderes afiebrados de estas tierras y claro en las ideas, en las que se mezclaban eclécticamente los saberes populares con los acumulados de la academia, sin que lo uno pesase más que lo otro.
Después vinieron dos proyectos colectivos, la revista Surgente y la tertulia sabatina. En esos días soleados nos fuimos conociendo, hablando de lo divino y lo humano, proyectando futuros posibles, y entonces se fue para México. Todavía me acuerdo de su despedida, hubo tanta gente, abrazos, lágrimas y parabienes, que ese día me convencí, parafraseando mal a Calamaro, que Barragán no era una persona, era un hombre atado a la gente. Desde la gran Tenochtitlán nos fue enviando sus crónicas, las andanzas del neoñero que tanto revuelo causaron entre nuestros lectores. Su mirada se hacía cada vez más crítica, se fue llenando de ríos más profundos y palabras antiquísimas, y a su regreso puedo recordar la emoción sincera del re-encuentro; después se nos fueron acumulando los días, las conversaciones, los proyectos, las palabras hasta llegar a la cuestión del debate electoral.
Debo decir que yo era de los que no quería que se lanzase a este valle de lobos. Me sigue pareciendo que una persona tan bonita no debería enfrentarse a la odisea de lo electoral, un camino culebrero, siempre lleno de celadas, ninfas y monstruos de un solo ojo. La memoria de Nelson Cruz debería enseñarnos eso. Pero Jaime se jugó su suerte. Ya sabíamos que es un hombre que apuesta en serio, que si fuese un conformista se habría quedado de ayudante de panadería, de ruso o de simple vendedor de perritos calientes; pero le jugó a la vida a cara de perro y ha ganado siempre; así que es imposible resistirse a la tentación de apostar con él y por él. Pero esta tentación no nace del discreto encanto de la tiranía, sino de la confianza plena en su palabra, siempre respaldada por los actos, en su coherencia política y por la idea de que Jaime es lo mejor de nosotros mismos.
Buscando respuestas le he preguntado a otros, como en los viejos capítulos de Yo sé quién sabe lo que usted no sabe. Por ejemplo, el pedagogo Gabriel Suárez nos responde desde el populoso sector del Danubio Azul, para decirnos que “Barragán no es una persona, es un movimiento, que si se quiere puede considerarse artístico, puesto que a través de su obra, que es su propio actuar, logra trascender en la vida de quienes se vinculan y se mueven con y a través de él, logrando contagiar ese amor por el arte como práctica social, responsable e ineludible. Pero Barragán también puede considerarse un movimiento social, ya que a gracias a la relación que se establece desde el lazo afectivo, se comienza a hacer parte de una gigantesca red de orden social, pluricultural y heterogénea que lo rodea, y que fácilmente permite entrar en contacto tanto al ignaro como al erudito, logrando a nivel individual un desarrollo intelectual propedéutico y a nivel colectivo el establecimiento de un modelo pedagógico integral, que busca la construcción de un ser social comprometido con su contexto histórico y cultural. Barragán, es sin lugar a dudas el tipo de persona que con su mirada ingenua y su actuar pausado, al mejor estilo del filósofo Gómez Bolaños, actúa sin querer queriendo y logra permear hasta lo más profundo de los corazones de aquellos que tenemos la posibilidad de conocerlo y creemos en su palabra, no porque consideremos que tiene la razón, sino porque estamos seguro de que así es”…. Bonitas palabras de Gabriel aunque salgo corriendo a buscar en wikipedia lo que significa propedéutico, pa’ no pecar de ignaro.
Rafael Silva que fungió como gestor juvenil de Usme durante once años, nos escribió desde algún perdido lugar de Rafael Uribe, para decirnos que "Barragán es un artista políticamente incorrecto. Pero no sé a qué temerle más: a sus desafiantes puestas en escena o a la camorra de una Junta Administradora Local"; mientras que Ana Mery González, dice: “tal vez podría responder con base en las imágenes de la primera vez que lo vi en el club juvenil del barrio El Curubo  y la última en la tertulia política sobre expansión urbana... con 14 años de distancia recuerdo al mismo chico sereno y respetuoso del pensamiento ajeno, atento y tranquilo. Barragán es un hombre tranquilo, es un hombre confiable". Asimismo, el jesuita Jorge Atilano nos escribe desde México que: "Barragán es un artista comunitario, un tejedor de esperanza que enseña coherencia de vida, capacidad de transformar e integración de lo diferente". Y Carolina Calderón escuetamente, pero con un convencimiento absoluto que da la amistad, responde: "Barragán es la persona por la que yo voy a votar". Y punto.
Finalmente, en la búsqueda de Barragán, sigo revisando los viejos correos electrónicos, he buceado en sus monumentales álbumes de fotografías, hemos hablado de sus antiguas gestas juveniles, de lo que pudo haber pasado si un día hubiese aceptado una candidatura a edil por el partido liberal. Me he encontrado en su memoria un pedazo grande de las luchas populares del sur, que también son las luchas de las personas que habitan estas laderas; y allá en el fondo del paisaje sigo atisbando al mismo muchacho que creció con las calles de esta parte de ciudad, que se atrevió a ensayar el vuelo, que desafió una vida de privaciones para intentar ese sueño tan sureño de “ser alguien”, que ayudó a levantar una casa y una familia, que sería lo mejor que uno puede decir de un hombre, y que nos vendió un sueño colectivo, el sueño de los neoñeros que apuestan por el arte, por la política, por la cultura, por la gente. 
Sí, señores y señoras, yo puedo considerarme un apóstol del barraganismo, con los ojos claros y abiertos al sol, un gregario más de esta cofradía conformada por todos los que aspiran a otro tipo de hacer política, a la recuperación de la res pública para todos, a la construcción de otra localidad, ciudad y mundo que todavía son posibles. Y apuesto por Barragán, porque aunque con todo lo dicho todavía no respondo a la pregunta de quién es, por lo menos sé que yo soy uno de los convencidos con su ejemplo.