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miércoles, 18 de abril de 2012

¡Gringo, Welcome!

Cuentan los que han subido, que desde la cima del Aconcagua, la verdadera “cumbre de las Américas”, casi se puede ver el continente entero. De igual manera, en nuestra reciente cumbre se vieron o se escondieron cosas más allá de lo evidente. A pesar de la ausencia de Chávez, que sigue peleado con el imperio del trópico de cáncer, en Cartagena se destaparon tres monumentos a la vergüenza nacional sobre los que vale la pena detenerse un poco: la desaparición forzada de los indigentes cartageneros, el equívoco de Shakira cantando el himno nacional y la orgía del putas que montaron los agentes gringos con las heroicas meretrices criollas.

La noticia se regó como Petro en twitter cuando se supo que los habitantes de la calle habían desaparecido de la ciudad amurallada. Además de preguntarse ¿dónde está Elisa?, los colombianos no entendían cómo se les habían volado los gamines a las autoridades de un corralito de piedra tan vigilado. Un fanático de la seguridad democrática llegó a plantear la tesis de que eso era obra de la amenaza terrorista que había secuestrado a esos compatriotas para que no se siguieran pudriendo en la selva de concreto. Otros, más apocalípticos, dijeron que seguramente se habían ahogado como resultado benéfico de la ola invernal. Alguien más sospechó que habían caído en las redes de las facultades de medicina que, siguiendo el ejemplo de una alma mater currambera, ahora estaban surtiendo de cadáveres sus depósitos ya vacíos, como si no fuera más fácil pescar los que bajan por el Magdalena. No faltó el progresista que planteó la hipótesis según la cual estos personajes, sin duda patrimonio turístico de una ciudad que los trata con el amor que uno le tiene a sus zapatos viejos, se habían aburrido de tanta playa, brisa y mar y se habían ido para pueblos con un clima más benigno, aprovechando que ahora sí se puede viajar con seguridad por las rutas de mi Colombia. Incluso alguien, no falto de morbo y recelo, llegó a sospechar que andaban en la “chiva del porno”, por lo que dentro de algunos meses se verían sus videos en la red, dando paso a un nuevo engendro audiovisual en el que se mezclaría la mejor pornomiseria de Víctor Gaviria con la pronografía explícita de Orgasmatrix. A propósito, les recomiendo esta página si quieren ver en primicia los videos de los gringos culiones.

La especulación terminó cuando Campo Elías (que sólo tiene el nombre del patriota de Pozzetto) salió a decir muy tieso y muy majo que los gamincitos no estaban muertos, sólo andaban de parranda en un fiestononón como de extraditables, bañándose en tinas exultantes de espumas aromáticos y bálsamos orientales, brindando con champaña espumosa cual jefes de gabinete y durmiendo entre almohadones de plumas. Ah, claro, y consumiendo un bazuco bien monocuco, importado de Gringolandia, gracias a las bondades del TLC. El único problema, según el burromaestre, era que se les habían colado a la rumba desechable una mano de paisas de lo más aprovechaos que se habían ido desde Medellín a hacerse pasar por gamines caribeños, sólo para disfrutar de tan jugosos beneficios que brindaba la Ciudad por esos días, algo que sería muy macondiano si no supiésemos que aquí la gente se hace pasar por desplazada, damnificada, muerta o paramilitar, si el gobierno da alguna bicoca. Mejor dicho, que por los méritos infinitos de la infancia del mesías negro y por las tiernas lágrimas que derramó en Kenia, todo lo que pedían se les ponía de papayita. En fin, el alcalde también dijo que una vez pasada la guayabera de la Cumbre, iban a desplazar a estos antioqueños ventajosos pa’ su tierra, porque ajá, cómo era posible que un cachaco como Urrutia estuviese hablando golpiao sólo pa’ tener comida y techo durante una semana. Que no había derecho, que además necesitaban abrir un par de cupos pa’ los jugadores del Real Cartagena que hace como dos años no les pagan sueldo y terminaron vendiendo partidos, después de fracasar con la venta de minutos y con el mototaxismo.

Después, el funcionario muy amablemente confesó que, además de a los profesionales del reciclaje, también habían recogido a todos los perros callejeros, a los perros calientes, a las zorras de tracción animal, a las de atracción humana, a los vendedores ambulantes y a las ambulancias, a los negros y hasta a un par de zapatos viejos que afeaban un parque. Y que si preguntaban por las putas, las habían encerrado a todas en el mismo hotel donde se hospedaban los 1.000 guardaespaldas de Barack Hussein Osama, como para que dejaran el nombre de Colombia bien en alto, teniendo en cuenta que los tipos parecían jugadores de la NBA. También comentó que se habían proscrito las neveras de icopor, el bollo e’yuca, el ron tres esquinas y la champeta, por lo cual la guerra de pick-ups sólo podía librarse con sinfonías, óperas y sonatas, para que los invitados dijeran que en Cartagena no sólo Hay Festival, sino que también hay cultura musical. Finalmente, el famoso locutor dijo que había ordenado liberar a todos los burros y a los esclavos, para que los demócratas viesen cómo llegaban hasta aquí las banderas de Lincoln. Y como acto de buena voluntad con el Papa gringo, habían extraditado al único elefante que había en el zoológico hacia un país donde el rey Juan Carlos de España puediese cazarlo con total impunidad, con lo cual se mataban dos pájaros de un solo tiro, pues el monarca se desquitaría con el animalito de la frustración por la pérdida de YPF y el emperador negro no percibiría los pasos de animal grande de los republicanos en las próximas elecciones, quienes, como es sabido, creen que el hombre no proviene del mono, sino del elefante.

Estaba dixiendo esas cosas Terán Dix, cuando salió volao a liberar a Ublime, cuya retención ilegal denunció valientemente Shakira mientras entonaba el himno patrio. Efectivamente, después que las farc soltaron a los últimos milicos, que de paso se metieron a contrabandistas de fauna silvestre, la famosa cantante exigía la liberación de este compatriota que seguía pudriéndose en algún lugar de esta otra Cartagena del Chairá. Ahora bien, algunos criticaron a la musa libaneso-gringo-argentino-española por utilizar un momento tan importante para hacer proselitismo político, pero esos mismos ya no recuerdan que ella había estado en Leticia pidiendo la libertad de otros secuestrados, o al menos que les pusieran botas para que no anduvieran por la selva con los pies descalzos. La indignación fue tal que monseñor Ordóñez dijo que ahora sí se sabía pasado esta niña, que era una loba con piel de Piedad, que ese bochorno sólo era comparable al de Azúcar Moreno cuando en un reinado llegaron a Cartagena saludando al “querido pueblo de Bolivia”. Pero yo no sé de qué se extrañan, si una de las dos cosas que más le gusta hacer a esta otra diva es intervenir himnos solemnes, los que adapta a su tierna voz para escarnio de multitudes. ¿Acaso ya nadie recuerda que el waka waka, tan celebrado por nosotros como algo original, no era más sino un plagio del himno del ejército camerunés? ¿Por qué los africanos no armaron tanta alharaca cuando fue y les cantó su versión macheteada en su propia cumbre del fútbol? ¿Acaso ella no era nuestra representación en el mundial, así como ahora es nuestra representante en el Barcelona? Mientras tanto, aunque la critiquen, a mí me parece que el acto de la niña es de un valor político sólo comparable al de los maoístas que se pasaron la década de los noventa pidiendo la libertad para Mumia y para el presidente Gonzalo en cuanta plaza encontraban.

Finalmente, cuando estábamos acongojados por no haber pasado de un mísero empate con la selección de Evo -Y eso que Juan Manuel Mourinho se llevó hasta al tino Asprilla pa’ romper la sequía goleadora del equipo, que será lo único seco con esta llovezón- resulta que la buena noticia nos la dio la Prostitución Colombia sub-17, que en una gesta gloriosa digna de la india Catalina, como aquella heroína patria y alucinógena, conquistaron a los conquistadores. Como dirían los bravos zenúes: “se los comieron vivos”. Así pues, con mucha malicia indígena, no fue una, ni fueron dos, fueron tres veces que le hicieron morder el polvo de una forma olímpica a la varonil selección USA-me. Los dejaron tendidos en el campo de fuego, expulsados en secreto y sin un mísero dolarito, porque eso sí, las nuestras les cobraron una tarifa que estuvo cerca de igualar lo que pagaron por haberse robado Panamá. En fin, eso es lo que cierto alcalde oriundo del trópico llama “la política del amor”. Los gringos tendrán muchas bombas atómicas, pero lo que a nosotros nos sobra para exportar son bombas sexuales y si alguien lo duda que busque en google los nombres de Esperanza Gómez o Franceska Jaimes, pa’ que vea porqué es que Colombia es pasión.

Lástima que lo bueno dure tan poquito, pues pasará mucho tiempo antes de que volvamos a ver escenas tan conmovedoras como la transmisión durante una hora del aterrizaje de un avión donde viene un ser de otro mundo, un animal de galaxias. Lo confieso, no pude contener las lágrimas. Y eso que ni siquiera venía en camisa guayabera. ¡Ayyy… me ericé!

domingo, 25 de marzo de 2012

De clases, colmenas y Colmenares

El caso Colmenares es irresistible. Quise escapar de su influjo, del morbo que lo envuelve, de su pútrido olor a humo y bagatela, pero se me hace evidente que más allá de la parafernalia mediática que ha desatado, hay algo profundamente sintomático de nuestra sociedad en ello, como si en la turbiedad de las aguas en que apareció encallado el cadáver del villanuevero se reflejase la cara sucia de nuestra contemporaneidad.

Los analistas de medios –léase Omar Rincón y su cónclave de amiguetes-  han salido a decir que el caso es peculiar porque alimenta nuestra hambre de prójimo, que el drama humano es construido por los medios como un engendro de reality show y cierta serie gringa de investigación criminal, con personajes bellos, adinerados y una fábula de pasquín que deja abiertas las preguntas sobre lo que pasó y lo que pasará, como para que el espectador haga sus apuestas. Tal vez haya mucha verdad en ello, tal vez proyectamos nuestros sueños y frustraciones en estos niños bien que se comportan como gente mal, pero tengo para mí, que la cosa va más allá. 

El teledrama tiene de particular dos elementos siniestros que le dan su merecido rating, pero que, sin embargo, nadie se atreve a poner sobre la mesa de disección del cadáver. Lo primero es que funciona como un signo actual de la lucha de clases que vive el país. Digámoslo de otra manera, este caso escenifica el encarnizamiento con que en todos los escenarios del poder nacional se pelean a muerte dos clases poderosas, pero con visiones de mundo y prácticas distintas. La segunda clave para comprender la herida abierta en la sensibilidad del espectador es que el proceso desnuda la mentira del discurso telenovelesco, en tanto nos muestra que el pacto moral entre clases en que se fundaron ideológicamente todos los dramatizados criollos es una absoluta y vil falacia, con lo cual, dicho sea de paso, pareciese que el efecto Colmenares, explotado hasta la extenuación por la pequeña pantalla, actúa como un caballo de Troya en el seno de la misma industria televisiva.

De allá de la Guajira arriba…

En esta esquina los Colmenares, una familia oriunda de Villanueva y ya sabemos qué se cultiva por aquellas zonas del sur de La Guajira. No se necesita ser muy ducho en economía política, ni haberse leído La historia doble de la Costa de Fals Borda, para saber que esta, como muchas “familias tradicionales” de la región, debe tener detrás de su fortuna un pasado ligado al poder gamonalicio sobre la tierra, al contrabando e, incluso, a la bonanza marimbera. Es decir, los Colmenares son representantes de una clase endogámica, arraigada en las regiones, dueños de las pequeñas parroquias, acostumbrados al clientelismo y a las formas premodernas de relacionamiento social con sus vasallos. Sin embargo, el problema radica en que en algún momento de su historia, de linajes que descienden del mismo Pedro Badillo, ya no les bastó con su lugar en el mundo y quisieron ir a por más. 

Los hijos de esta clase provinciana remontaron la cordillera en busca de una nueva centralidad. Los vientos cambiantes de la historia les insuflaron la necesidad de ir a la academia para darle mayor lustre y legitimidad a su poder regional, ahora afincado sobre el discurso de la ilustración. Algunos se hicieron cantantes de vallenatos por el camino y otros más terminaron siendo comandantes paramilitares, pero otros, como el padre del occiso, fueron “doctores” en leyes y medicina de prestigiosas universidades andinas, con lo cual ingresaron al terreno de la élite política e intelectual, se enquistaron en el valle de los alcázares y lograron jugosos beneficios de su cercanía al palacio de Nariño. Eso fue hace tiempo, más o menos medio siglo, y desde entonces, estos “buenos muchachos”, llenos de plata y apellidos caribeños, trajeron a la fría nevera su sabor de tierra caliente, sus músicas, sus sombreros vueltiaos y su realismo mágico, elementos que con el tiempo se convertirían en epítome de la identidad nacional. 

Los provincianos no se contentaron con pasear su estruendo y su dinero, como Petro por su casa, en la lejana capital. Además la conquistaron. La inmigración caribeña fue la única colonia que no se quedó en el ghetto regional, sino que impuso su cultura a una ciudad orgullosa de sus Caros y Cuervos, Pombos y Silvas. Nadie sabe a ciencia cierta cómo ocurrió eso, ni me interesan aquí los modos, sobre lo que hay interesantes investigaciones sociales[1], pero lo cierto es que los bárbaros atilas del trópico, se tomaron la Capital, desde donde han seguido conquistando otras regiones. Y ese es un pecado que la élite central nunca les ha perdonado. La resistencia ante su avasallamiento cultural se tradujo en una serie de mitos que asocian al costeño con el mal gusto, la pereza, la pernicia, la zoofilia y el caos, entre otras bajezas morales que se hallan en los que René Girard llama “los textos de mistificada persecución”[2], en los que el Otro (el caribeño para este caso) se construye desde un discurso hecho de racismo, discriminación y revanchismo.  

Es verdad que siempre ha existido esa lucha entre el centralismo semi-aristocrático paramuno contra el “arribismo”, literal y muchas veces ilegal, de las regiones bajas; pero lo imperdonable es que los costeños fueran los únicos, aunque ahora lo intentan los paisas, que conquistaron sus templos de la cultura, símbolos de una vieja hidalguía de claro origen colonial. Esto, por supuesto, fue visto como una herejía, un desalojo, una derrota histórica, en que los recién llegados se iban apropiando más que de las cosas, de los símbolos antiguos; caso asimilado al de la compra en masa de títulos nobiliarios por parte de la burguesía revolucionaria en la Europa de hace doscientos años. Aquellos hijos de terratenientes, o en algunos casos “nuevos ricos”, venidos de la periferia nacional se abrieron paso en la centralidad, algunos se quedaron a vivir y siguieron trasplantando su “anormalidad” a los recintos sagrados de la cultura cachaca, a sus universidades de prestigio, museos, zonarosas, andrescarnederes, unicentros y demás instituciones de viejo abolengo, mientras el rencor crecía agazapado en el corazón de una clase oligárquica frente al poder plebeyo desplegado por los intrusos que llegaron con costales de billetes convencidos de que ninguna puerta resistiría el peso de sus pesos. 

Mientras “el gavilán mayor” recorría los pueblos guajiros distribuyendo maletas de dinero y emborrachándose en parrandas eternas, sus jóvenes paisanos llevaban su folclorismo calentano a Bogotá; pero, también, como esta era una colonización eminentemente de jóvenes varones, aquellos se fueron relacionando sexualmente con las blancas, castas y puras mujeres andinas, al punto que “las cachaquitas” son todo un género dentro de las historias del vallenato. Ello además significó otra afrenta para el imaginario de una clase patriarcal en que la dignidad del padre reside en la entrepierna de sus hijas. Ahora bien, ese resentimiento primigenio que encontró portavoces tan calificados como Luis López de Mesa y Laureano Gómez nunca se ha superado, persiste en el ambiente, aunque se disfraza en el discurso de la diversidad nacional. Los valores tradicionales se rindieron al poder del dinero, pero aquellos invasores siguieron siendo vistos como unos “diablos”, portadores de algún mal antiguo; por ello, cuando veo el disfraz que usó Colmenares en su última fiesta de Halloween no dejo de sentir un estremecimiento al comprender que la mascarada dio lugar para la escenificación verdadera de una tragedia mítica en la que el chivo expiatorio se sacrifica al cabo de fiesta[3]. Ese negro con su disfraz de diablo rojo, en medio del grupo blanco con sus trajes de tonos pastel no fue azar, fue una prueba de que la antropología no se equivoca. De alguna manera inconsciente es como si la víctima se hubiese vestido para la ceremonia sacrificial.

La familia Colmenares es heredera de aquella colonización, lo cual se refleja en una serie de detalles que muestran su arraigo provinciano, al tiempo que su modernidad dineraria. El muchacho fue enterrado en Villanueva, aunque sus padres viven en Bogotá hace tiempo, sólo porque uno es de donde tiene sus muertos y en ese sentido el joven regresó al panteón familiar. Es decir, los Colmenares siguen habitando el lugar imaginario de la Guajira, aunque sus hijos crezcan en la capital. El difunto sabía que su relación con una niñita bien de la élite bogotana no era bien vista, de hecho lo expresaba en sus correos electrónicos, por eso la mamá quería que mejor  estudiara en la Nacional; pero hay en su gesto una actitud provocadora que no soporta el poder central. Su padre escaló a importantes lugares académicos y políticos, pero siguen siendo una familia costeña, marginal, negra; creyentes en valores atávicos, al punto que no deja de ser sintomático que el caso se reabra porque el espíritu del difunto se le aparece en sueños a la madre a reclamar venganza, pero ya no la clásica revancha guajira de la sangre por la sangre, sino mediante las herramientas del Estado moderno que están en la capacidad de pagar; pues ahora estas familias contratan investigadores, abogados y forenses, así como antes  contrataban sicarios y hechiceros. Este detalle pinta de pies a cabeza esta clase latifundista, cuyos valores tienen raíces atávicas, pero buscan legitimarse a través de discursos modernos como la educación, la justicia y el liberalismo.

Ancha senda que va al porvenir…

En la otra esquina están los Morenos, Quinteros, Cárdenas y compañía. Ellos son de las estirpes cuyo árbol genealógico se remonta a Castilla y León. Sus hijos son “niños bien”, en todo el sentido de la palabra, de esos que “no matarían una mosca”, de hecho dice Laura Moreno en una entrevista que ella “no permitiría que le hicieran daño a un ser vivo”. Me impresiona tanta candidez. Siempre han visto al mundo desde sus elevados apartamentos de Cedritos o el Chicó. Contrario a los Colmenares que viajan hacia adentro, estos vacacionan en Miami o Canadá. Hablan varios idiomas, pero nunca han sospechado que en este país existan sesenta lenguas nativas. Los hijos de esta élite estudian en Los Andes, La Javeriana, el Externado o El Rosario, visten de una manera descomplicada, aprecian el minimalismo y las tecnologías, tienen mascotas que comen mejor que un habitante de Ciudad Bolívar y tienen empleadas de servicio, choferes y guardaespaldas que cruzan la ciudad para atenderlos. Como quien dice son la créme de la créme

Pero esta clase no se quedó viviendo de sus viejos laureles, sino que se ha modernizado al tiempo que cambia el país. Se les encuentra en la banca, en los ministerios y en el sector petrolero. Han incursionado en nuevos negocios, siempre desde el poder central, pero su intransigencia de clase les ha impedido actuar fuera de la ley, lo que no implica que de manera justa. Han sabido cubrir sus negocios de un manto de legalidad, por lo cual no han tranzado con los narcos, a los que siguen despreciando, más que por ser delincuentes, por su excentricidad y esnobismo, tan contrario a su gusto estético, cosmopolitismo, multilingüismo y etiqueta. Esta clase elitista siempre ha creído estar por encima de lo regional, de la diversidad privilegiada por la Constitución del 91; de hecho se sentían más a gusto con aquel país de la Regeneración, cuyo patrimonio moral eran la familia, el español (Bogotá era la capital ya no de la nación, sino de la lengua) y el catolicismo. Sin embargo, ante la amenaza que representaba la emigración regional, movida precisamente por su misma política centralista, esta burguesía de raigambre aristocrática fue construyendo un discurso de la otredad paternalista para los que llamaban “territorios nacionales” y de claro odio racista hacia las clases periféricas, que no marginales, que les significaban competencia en el orden político, económico y cultural. 

Podría extenderme en muchos aspectos de esta lucha de clases, que no es de pobres contra ricos, sino entre dos tipos de burguesías dominantes; sin embargo sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que en este nuevo siglo aquella rivalidad se tornó tema político de fondo. Para nadie es un secreto que con el uribismo se asentaron en todas las instancias de la centralidad los poderes terratenientes, arribistas, e incluso mafiosos, de las provincias, así como sus valores y su gusto estético siempre rayando lo kistch o lo popular. Uribe Vélez es el mejor representante de esa clase regional y latifundista, premoderna y ultramoderna al mismo tiempo.  Y aunque no era costeño, sus lazos con esa región van más allá de los límites del Ubérrimo en Córdoba. De hecho eso daría para una disertación doctoral, pero querría señalar que el caciquismo uribista fundado en las regiones secuestró el país durante ocho años y trasladó la capital del gobierno de Santafé de Bogotá a Santafé de  Ralito, un pueblo perdido en el mapa del trópico.

Ahora bien, ante a la incapacidad de otras clases para hacerle frente al uribismo, esta tarea la asumió la vieja élite bogotana, en cabeza de su adalid de turno Juan Manuel Santos, quien negociara en su momento con el régimen. La amenaza del caciquismo ha sido sofocada casi en todas las instancias del poder central, aunque se niega a dar por perdida la batalla y llama a la resistencia civil; mientras asistimos a la reacomodación de fuerzas en un clásico movimiento de unidad nacional, que no es más sino la terapia de frente unido que siempre han negociado las élites bogotanas en momentos de crisis, cuya apuesta es la recuperación de las instituciones y de la gobernabilidad, lo que significa la concentración de la nación en sus manos. Lo curioso es que estas dos clases poderosas y enfrentadas nunca se han declarado la guerra total, sino que han preferido “los conflictos de baja intensidad”, los partidos amistosos para medir fuerzas,  las pruebas pilotos donde ponen en juego sus habilidades y saberes; por lo cual no es raro que en ambas orillas se enfrenten dos de los más diestros penalistas nacionales, que en su momento fungieron como abogados de Uribe, y que la batalla legal por el caso Colmenares se esté dando con toda la espectacularidad de los affaires del ex-comisionado Restrepo, Uribito o los Nule, en los cuales cruzan armas fuerzas poderosas ubicadas en las dos orillas de una guerra antigua que una patria boba no ha podido resolver.

Un país grande, una pantalla chica…

Doris Sommer[4] plantea que la novela latinoamericana se constituyó en el vehículo privilegiado para que la élite dominante propusiese un relato sobre la identidad nacional, constituido por sus valores hegemónicos, los cuales deberían servir como baluartes de lo propio, mientras se negaban o invisibilizaban las poblaciones y discursos que se oponían a su visión de mundo. Es decir, que los sectores burgueses, terratenientes y aristocráticos posindependencia intentaron a través de la novela –y de otras expresiones culturales- implantar su ideología a las demás clases nacionales. En ese sentido, no es raro que en nuestros países, al sur del Río Grande, surgiese una narrativa fundacional que echaba los cimientos de las repúblicas recién nacidas a través de historias de amor entre personas de diferentes razas o credos políticos, que a través del matrimonio sellaban una alianza que actuaba como metáfora de los arreglos entre los sectores que se distribuían el poder político. Sin embargo, contrario a la tendencia regional, las novelas genésicas de la colombianidad (María y Manuela)  no tuvieron esa conclusión deseada en que la pareja protagonista sellaba el pacto nacional entre clases en la cama; sino que ambas, con finales idénticos donde la amada muere, señalan un impasse fundacional; es decir, que estas novelas fungen más bien como signo de una imposiblidad, que se corresponde con la incapacidad de las élites en el poder de sellar un acuerdo nacional por medios de la política distintos a la guerra civil, al tiempo que señalan cómo sus valores nunca hegemonizaron del todo a otros sectores emergentes.

Ahora, bien, yo creo que eso que la novela nunca pudo realizar plenamente, lo logró con suficiente competencia la telenovela regional, que actuó como elemento integrador de una identidad plural, mucho antes de que la diversidad fuese propuesta por la Constitución del 91, tal como lo señala Martín Barbero[5]. Este fenómeno televisivo de los dramatizados que se localizaban en las diferentes áreas geográficas de Colombia, echado a andar por programadoras que tenían sus bases en Bogotá, pero alimentadas por  talentos de todo el país, actuó además como una cartografía de la cultura nacional, un verdadero dispositivo ontológico que instauró la idea entre la gran masa televidente, especialmente entre las clases populares, de que esta era una nación de regiones donde cabíamos todos; pero por supuesto que lo hacía desde un relato del exotismo interno, la corrección política y sin problematizar, más allá de lo melodramático, las dificultades de la consolidación de un Estado nacional.

En ese sentido, aunque se mantuvieron a flote los culebrones basados en el modelo “sirvienta se enamora del hijo del patrón”, la apuesta del melodrama criollo más vanguardista apuntaba a superar el esquematismo lacrimógeno del amor prohibido entre ricos y pobres, a través de una narrativa del amor diverso, pero ya no en términos de clases, sino también en clave regional. Así pues, grandes telenovelas como “Café”, “La otra raya del tigre”, “La potra zaina”, “Guajira”, “San Tropel” y “La costeña y el cachaco”, que debe ser la última de su género, nos fueron contando cómo los colombianos podíamos superar las diferencias culturales regionales para abrazar una idea de la diversidad. Esta idea también estaba en la base de la comedia criolla, al punto que “Todos en la cama”, una teleserie sobre jóvenes universitarios venidos de las regiones que convivían en un mismo apartamento en Bogotá, mostraba cómo al final de cada capítulo se resolvían todos los conflictos bajo la misma fórmula del “todo junto bajo el sol”, como dijese el fundador del imperio chino; ejemplo que se convirtió en signo de este discurso. Esta identidad en la diversidad ya no versaba sobre la mezcla amorfa de razas que constituían algo nuevo, como proponían los ideólogos del  “mestizaje” o la “raza cósmica”, sino como una sumatoria híbrida de culturas donde la igualdad se construía sobre lo que nos hacía diferentes; de tal manera que el doctor de la capital se podía casar con la muchacha de la región y viceversa.

La fórmula fue exitosa, al punto que se multiplicó y se vendió al vecindario. La diversidad regional se había convertido en una marca de fábrica de la televisión propia y en ella estuvimos dispuestos a creer. Así pues, el género de la telenovela, que congregaba millones de colombianos de todos los ámbitos en torno a sus arriesgadas tramas, propuso un relato nacional fundado sobre el “pacto moral” entre clases, de tal manera que en el matrimonio final de los protagonistas se sellaba el maridaje entre clases y regiones de una forma acrítica. Este tipo de dramatizado, con excepciones como “Azúcar”, construía un relato edulcorado que negaba toda noción de pérdida, de duelo, o de exclusión histórica de ciertos sectores subalternos; de tal manera que el mundo no se dividía entre clases sociales, sino entre buenos y malos, cachacos, paisas, costeños y demás. 

Esa narrativa funcionó casi dos décadas, pero se empezó a cuestionar al mismo tiempo que se comprobaba la utopía de la nueva Constitución que promulgaba la igualdad en base a la diversidad, lo cual ocurrió a final de siglo, a raíz de dos fenómenos fundamentales de nuestra historia reciente: el fracaso de los diálogos de paz del Caguán que convenció a muchos que no todos cabíamos bajo la misma bandera y el proyecto parapolítico que se propuso refundar la patria para imponer el pensamiento único a todos sus ciudadanos, bajo la idea dominante de la seguridad nacional, buenos y malos, ciudadanos de bien y terroristas, amigos y enemigos. Esto daría para otro ensayo, pero me interesa observar que en el decenio uribista en que propuso una única lectura de país construida desde la centralidad de Santafé de Ralito, la gran derrotada fue la telenovela regional que se extinguió como género, para darle paso a la telenovela humorística o a la narconovela. Al punto que en un enlatado como “Chepe Fortuna”, se privilegiaba el maridaje entre clases tropicales, con una visión bastante paternalista de los pobres, siempre felices en su miseria, pero negando cualquier posibilidad de encuentro entre cachacos y costeños. Como si dijera “que cada uno sea feliz en su árbol”, aunque para ello tuviesen que convertir a los foráneos en personajes malos, muy malos.

Una telenovela sin happy end…

Lo anterior se relaciona con el caso Colmenares porque, contrario a la idea del abogado de las implicadas que dice que “Los medios convirtieron esto en una telenovela”, a mí lo que me parece es que esta historia funciona más como una anti-telenovela, en tanto se convierte en un relato fundado sobre un nuevo “impasse”; es decir que nos cuenta aquello que nunca podría ser en el universo cerrado del teledrama. Este caso de crónica roja, con todas su intrigas por medio, actúa como un relato opuesto al culebrón porque lo que debió ser una historia de amor telenovelesco entre jóvenes hermosos y adinerados que superaban sus mínimas diferencias para vivir felices y comer perdices, terminó derivando hacia una trama macabra en la que el dinero y el poder han terminado por asesinar a la Verdad, en tanto ya no importa qué definan los jueces, nunca se sabrá qué ocurrió aquella noche de Halloween; de tal manera que el espacio del melodrama es conquistado por el terror, tal como lo sospecharan los Mauricios en “La mujer del presidente”, que funcionó como preludio de lo que pasaría después con el país y con la televisión. 

Así pues, el hecho de que hayan desaparecido los registros de las cámaras de televisión, implica que el audiovisual ya no puede dar cuenta de las consecuencias profundas del poder económico y político en la realidad nacional. Es como si de la historia rosa pasásemos al absurdo de la imagen, en el que a la telenovela le cuesta reconfigurarse a sí misma en un espacio imaginario que se ha visto permeado por la cruda realidad del acontecer nacional. En ese sentido, lo terrible para el receptor de telenovelas es que en este dramatizado, en el que todos los implicados parecen representar un papel, lo cual es evidente en sus intervenciones grandilocuentes, ya nadie habla del amor; basta escuchar la entrevista que le hicieron Semana y El Tiempo a Laura Moreno, para ver que la palabra “amor” está desterrada de su lenguaje, en ese sentido, habla en términos de la Ley, como si esta fuese ajena al mundo de los humanos, máxime cuando está hablando de la muerte de un muchacho del que supuestamente estaba enamorada. Entonces, ahí donde el amor se doblega ante la Ley, no nos queda otra cosa que salir huyendo de la televisión para buscar refugio en lo real.

Lo terrible del dramatizado Colmenares es que disloca los puntos de referencia sobre los que el espectador tradicional leía el mundo desde el horizonte interpretativo del melodrama. Es imposible trazar la línea fronteriza entre buenos y malos, lo cual apunta a ese impasse en la lectura de nuestra realidad nacional. Jovencitas hermosas, blancas, pero no rubias, como Jesi Quintero y Laura Moreno pueden ser portadoras de un mal difícil de asimilar en tanto serían las protagonistas perfectas de un teledrama. El joven difunto también se pliega al papel de moreno chévere impuesto por la pequeña pantalla. Incluso los padres de las partes se amoldan al ideal de “gente buena”. En ese sentido, el absurdo adquiere forma y desemboca en lo horroroso cuando el espectador intuye que el discurso amoroso se difumina, que las relaciones signadas por la diferencia no pueden salir adelante, que vivimos una sociedad clasista en la que los matrimonios entre pobres y ricos no dejan de ser una fantasía que ocurre en la tierra utópica de la telenovela, y que ni siquiera la alta sociedad mira con buenos ojos los matrimonios entre pares, si entre ellos se interpone el acento de lo regional.

El caso Colmenares extirpa el ideal de esa Colombia diversa, cuyo máximo símbolo era la selección que jugaba de una forma tropical con gente de todas las regiones. Una mezcla de mechudos, calvos, rubios, morenos y blancos. Por supuesto nunca estuvo el elemento indígena por allí. Pero así como aquel ideal del toque-toque era lo nuestro, el “uno juega como vive” y el “perder es ganar un poco”; entrado el siglo volvimos a empezar de nuevo, a cuestionar esos valores, sin encontrar valores sustitutos. En ese sentido, no comparto la idea expuesta por Daniel Samper Pizano, quien en una columna reciente, sostiene que este caso implica un regreso a los tiempos anteriores al Bogotazo, cuando los dramas de las páginas judiciales captaban la atención de un público popular. Por el contrario, me parece que este proceso no ejemplifica el retorno al tiempo de los dramas privados, en tanto lo que está en juego no es simplemente la historia de un crimen pasional entre los nadies, tal como ocurría entonces; aquí el caso no es más sino la punta de un iceberg social y político, en ese sentido, este es un drama que, más allá de sus protagonistas con nombre propio, recoge lo trágico de la identidad nacional, por lo tanto pareciese que nos compete a todos, a esa comunidad imaginada que actualmente sólo puede dar cuenta del fracaso del proyecto nacional fundado en la diversidad, que adquirió cuerpo estatutario en la Asamblea Constituyente, pero que ya se había asentado en la música colombiana, en la telenovela y en la selección de fútbol.

Coda

En tiempos en que la nación se trenza en una lucha encarnizada entre contrarios de la misma clase, que parece desbocarse hacia una nueva oleada de sangre, tal como lo advierte William Ospina en una columna reciente de El Espectador, es evidente que la diversidad subyace en el fondo de la cuestión. Lo cual no sería tan extraño si uno piensa que en otras ocasiones la gente se mató por cosas como el color de una bandera. Entonces cuando veo que en la televisión se promociona “El desafío, la lucha de las regiones. El fin del mundo” que tiene tan buen rating desde hace tiempo o cuando en los foros de los medios la gente se desafía a muerte por su gusto futbolero, detrás del que se esconde un regionalismo rampante; uno está dispuesto a creer que el caso Colmenares sobrepasa su propia identidad como cosa en sí y se convierte en signo de distenciones más profundas que atraviesa el país en este momento. En tal sentido, este teledrama actúa como el pitido de una olla de presión que sigue fracturándose por las fuerzas centrífugas del federalismo que luchan por escapar o conquistar el centro.

Finalmente, creo que este caso ha generado tanta expectativa ciudadana porque recoge el impasse de un encuentro periferia-centro nunca superado, al tiempo que muestra el propio impasse de la telenovela regional que surgió como respuesta a aquél proceso de hibridez siempre cuestionado.


[1] Véase: Wade, Peter (2000). Música, raza y nación. Música tropical en Colombia, Chicago: Universidad de Chicago.
[2] Girard, René (1986). El chivo expiatorio. Trad. Joaquín Jordá. Barcelona: Ed. Anagrama.
[3] Véase: Girard, René (1984). Literatura, mímesis y antropología. Trad. Alberto L. Bixio. Ed. Gedisa. Barcelona; Girard, René (1986). El chivo expiatorio. Trad. Joaquín Jordá. Barcelona: Ed. Anagrama.
 [4] Sommer, Doris (2004). Ficciones fundacionales, México: FCE.
[5] Véase: Martín-Barbero, Jesús y G. Rey (1999). Los ejercicios del ver: hegemonía audiovisual y ficción televisiva. Barcelona: Editorial Gedisa; Martín-Barbero, Jesús y Sonia Múñoz (Comp.) (1992). Televisión y Melodrama, Bogotá: Tercer Mundo; Martín-Barbero, Jesús (1988). Matrices culturales de las telenovelas. Estudios sobre las culturas contemporáneas, 2; Martín-Barbero, Jesús (1987). “La telenovela en Colombia: televisión, melodrama y vida cotidiana”. En Diálogos de la Comunicación, No. 17: Lima; Martín-Barbero, Jesús (1987). De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía. Bogotá: Tercer Mundo.

jueves, 23 de febrero de 2012

A llorar al mono de la pila

Ya salieron los resultados de los exámenes para alcaldes locales y las voces de protesta no han dejado de escucharse. Como es obvio suponer, ellas vienen de quienes no aprobaron el susodicho requisito para entrar en carrera olímpica por estos veinte puestos del poder en la Ciudad. Las amenazas de demandas vienen de todo el espectro político distrital, al punto que sólo hace falta que Petro olvide que ahora él es el ejecutivo y también salga a denunciar posibles arreglos. Porque eso sí, todo el mundo dice que en Colombia la justicia no funciona, pero aún así, ese mismo mundo de gente son los que demandan por todo. Con razón ya no hay lugar en los despachos para tanta lamentación judicial.

Ahora bien, El Espectador recoge la denuncia del concejal Javier Palacio (de la U y vinculado al carrusel de la contratación distrital) quien dice que se vendió el 20% del examen, que según él correspondían a la comprensión de lectura de un texto seudofilosófico de Fernando Savater. También dice que se pagaron diez millones de pesos por esas veinte respuetas. De por sí la noticia es curiosa por varias razones: primero ¿cómo es posible que se venda sólo el 20% de un examen, pudiéndose vender completo? ¿Quién paga toda esa plata por solo veinte preguntas correctas cuando necesita mínimo setenta para pasar? Si todo el mundo compró el examen ¿por qué sólo lo pasaron el 10%, un poco más del 7% de hace tres años? ¿Por qué se negociaron las preguntas de filosofía y no las otras? ¿Valen diez millones las inquietudes filosóficas de un pensador tan venido a menos como Savater? ¿Por qué el español y no Derrida, Delleuze, Zizek o Habermas que tienen más cartel? Averigüelo Vargas Lleras, porque está visto que Sherlock Holmes anda en otro viaje.

Mi humilde opinión es que detrás de todo esto se esconde un elemento central del debate sobre nuestra forma de concebir la educación, las capacidades y el saber. Todavía no hemos erradicado de nuestras cabezas la falsa idea que la capacidad de gobernar y el saber individual están ligados a la memorización de leyes y a los títulos que pueda mostrar un candidato a cualquier cosa, así como a los generales se les  piden charreteras y soles de todos los colores. Antes del examen las apuestas jugaban a favor de quienes llegaban con una formación académica seria que abaniqueaban las “pollas” con cartones de todas las universidades; o los viejos zorros de la política local que se las saben todas en términos de clientela. Y los grupos de ediles se jugaban su futuro político en la aspiración de que sus pupilos pasaran a la siguiente etapa. Pero me parece que para gobernar bien sólo se precisa saber tomar decisiones y tener una ética a prueba de balas, y ninguna de esas dos cosas la enseñan en alguna facultad. Eso es tan cierto que a ninguno de los más de dos mil aspirantes se le exigía un cierto nivel académico o título en una cierta rama del saber. 

Así, pues, cuando parecía que todo estaba arreglado se atravesó la Universidad Nacional, que debe ser la institución más seria en procesos de admisión, la de más bajos índices de admitidos en relación al número total de aspirantes y para la que  -con excepción de disciplinas artísticas- no se exigen otras pruebas de ingreso; al punto que sus procesos son menos manipulables, por lo que nunca se ha rumorado, siquiera, que sus exámenes se vendan en la esquina o que sólo los pasan los hijos de papi que los pueden comprar. Por lo cual me parece que intentar manchar el nombre de la Universidad Nacional en un supuesto fraude procesal no puede ser más sino otra argucia de la derecha que insiste en acabar el alma mater, la que según ellos sólo es un nido de guerrilleros.

El examen que le hicieron a los candidatos es similar al de ingreso a la UN. Yo pasé dos veces ese examen en igual número de circunstancias. Una vez a ingeniería civil y otra a literatura, y puedo decir que me parece el examen más justo y democrático de los habidos en esta tierra de la uchuva. Allí todos juegan en las mismas condiciones, y lo que es igual para todos, no es ventaja para nadie. Es verdad que se presentan 60.000 y pasan 5.000 estudiantes por semestre, un resultado similar en términos de porcentajes al de esta consulta; pero la Universidad no repara en si esos 5.000 son sobrinos de los cuatro cacaos de la economía nacional, o simples muchachitos de algún pueblo perdido en la serranía de la Macuira. Esa es una forma radical de entender la igualdad, pero no se presta a engaños. Así mismo, en este proceso, a quienes pasaron no se les preguntó si se habían presentado con carta de aval de un edil, de un concejal, del primo de Petro o simplemente por el hecho de ser ciudadanos, no estar inhabilitados, vivir en Bogotá y aspirar libremente a ejercer el utópico derecho de ser elegidos. 

Ahora bien, todo esto tiene que ver con nuestra forma de concebir la democracia. Hace mucho tiempo nos convencieron que una persona de a pie no puede meterse en política si no tiene plata para hacer una campaña, o si no tiene un padrino que lo respalde. Eso del derecho a elegir y ser elegidos es un simple verso que se repite sin sentido. Política es sinónimo de dinero, al punto que lo segundo es requisito de lo primero, por lo cual no es raro que todos los arribistas quieran jugar en la arena electoral. Pero, esta lógica de elección de alcaldes locales riñe con esa forma tan nuestra del clientelismo. Si los ejecutivos locales se eligieran por voto popular, las campañas no bajarían de los trescientos millones de pesos, y ¿Cuántos ciudadanos podrían darse ese lujo? Pero un proceso en el que cualquiera se puede inscribir con unos requisitos mínimos abre un boquete en nuestra democracia representativa y, hasta cierto punto, por ese intersticio se pueden colar en el poder personas que de otra manera no podrían hacerlo. Yo celebro que eso suceda. Me emociona que amigos, vecinos, profesionales de los territorios, quieran ser alcaldes de la localidad en la que han vivido y a la que conocen como nadie. Ese sueño no nos lo pueden robar.

Y después que todos se inscriben, aparece un examen que mide la capacidad de los candidatos de pensar lógicamente, de comprender relaciones entre fenómenos, porcentajes, razones de cambio o, simplemente, de entender lo que leen. Eso es lo mínimo que debe saber hacer un alcalde y si una persona no es capaz de tomar la decisión correcta en un ejercicio de simulación a partir de una información dada, mucho menos lo podrá hacer en un ejercicio real de poder. Lo contrario sería como permitir que a una persona que no ha pasado un examen de conducción se le expida un pase para manejar un vehículo, con el riesgo social que ello implica. Y no olvidemos que un alcalde es precisamente una especie de chofer que señala el rumbo de una localidad. Es en esta instancia donde se mide de una manera inobjetable quién está preparado para gobernar y quine no lo está, así esa persona sea un brillante profesional en su disciplina, pues está visto que el liderazgo y el buen ejercicio del poder no son dones distribuidos equitativamente entre los humanos.

Pero ahora resulta, que los resultados no fueron los que esperaba la clase amañada de la política distrital, que sus candidatos salieron chamuscados en muchas localidades, que se quedaron con los ases bajo la manga porque el juego venía trocado y ahora los ediles tendrán que elegir ternas entre ciudadanos que aún con muchas capacidades, en otras circunstancias, no tendrían la mínima posibilidad de ser alcaldes de su terruño. Es como si en un juego de dominó, alguien le hubiera dado un manotazo a la mesa y se hubieran confundido todas las fichas, no dejando otra alternativa que rebullir y jugar de nuevo. Ahora esto vuelve a empezar y las Juntas Administradoras Locales deberán tomarse en serio la tarea de escoger los mejores candidatos, entre los más capacitados. Un examen los puso en esa tarea. Y ese camino me parece que es el indicado. Así pues, si ya Platón creyó una vez en el rey-filósofo como alternativa a la simple democracia de las mayorías, yo también espero que los más capaces nos gobiernen, ya que los otros no pudieron siquiera pasar el examen. He dicho.

Coda: en Usme me emociona que personas como Cristina Nieto y Jorge Gamboa estén en la baraja de los seis aspirantes. Ellos, más otros profesionales, nacidos, criados y habitantes de esta tierra merecen ser alcaldes. ¿Si no son ellos quienes más? Y a los que perdieron su oportunidad no les quedará otro consuelo que ir a llorar al mono de la pila, como decían las abuelas.

miércoles, 27 de julio de 2011

¿Quién es Barragán?



La pregunta surgió de una forma casi natural, cualquier día viajando en un cebollero con olor a pueblo, de esos que vienen por Lomas con todo el tráfago de la décima recién levantada, se me ocurrió que esa era una buena pregunta, quizá porque la cuestión sobre la identidad es una marca de origen de lo periférico. Así, pues, un interrogante de sólo tres palabras se convirtió en la punta de lanza de la campaña de expectativa de Jaime Barragán y en ese ejercicio de ir estampándola en muros, paredillas o postes de la Localidad, parecía que a cada nuevo golpe de spray las posibilidades semánticas de la susodicha frasecita se iban multiplicando.  
Los primeros transeúntes que se enfrentaron a los murales zanjaron la cuestión con un vacilante “Barragán debe ser un político”, pero parecía que esta respuesta dictada sin duda por el sentido común en un año de elecciones, lo único que hacía era abrir un abanico de muchos dobleces y posibilidades. Listo, convengamos en que el man es un político, pero entonces, de qué partido, por qué no sale por televisión, por qué no tiene una publicidad tradicional, o a qué aspira: a ser edil, concejal, alcalde mayor, presidente de una junta o simplemente alcalde de Usme, como nos dijo el comandante de policía del Danubio, muy poco enterado el pobre de que el ejecutivo local no se define por voto popular. 
Así que ante estas perspectivas de un orden mayéutico inacabable, era mejor dejar las cosas de ese talante. Claro, no faltó quién recurría a los muralistas con la pregunta de eso qué es o pa qué es, pero su desconsuelo era mayor cuando la respuesta era ¿usted qué cree?, típico efecto boomerang, ante lo que algún furibundo peatón nos increpaba con un “si no saben quién es, pa qué se ponen a pintar”. Una reacción muy común frente a inquietudes que pueden traspasar la esfera más cotidiana del ser y el saber, como las preguntas ¿Existe dios? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dónde está Javier?, o ¿por qué mataron a Betty, si era tan buena muchacha? 
Después empezaron a aparecer los que sí conocían a Jaime, los que de algún modo sabían quién era la persona en cuestión, los que llamaban a decir “he visto los murales”, como si en ello hubiesen descubierto una verdad, tan cercana a la del que cree encontrar en un meado de borracho la imagen de la santísima virgen o en el anca de una rana, seguramente no venenosa, el número en el que caerá el chance, y corre entusiasmado a contarle a su vecindario.
¿Qué significaban esas reacciones?, mi humilde idea es que Sócrates tenía razón, que creemos saber muchas cosas, que atesoramos datos, informes, canciones, ideas sobre el mundo, pero que son las preguntas sencillas las que en verdad nos cuestionan los supuestos saberes, al punto de obligarnos a repensar lo pensado, a echarle cacumen a cuestiones que pueden ser baladíes como ¿de qué color es un mango cuando no está verde ni maduro?; en ese sentido, lo que creo es que nos acostumbramos a ver a Jaime Barragán en Usme, que empezaba a convertirse en parte del paisaje de la Localidad, como la estatua de la Usminia o esos viejos comunitarios que todo el mundo los reconoce, pero ya nadie sabe dónde viven o qué hacen en su otra vida. Lo que en la campaña llamamos el lado B de la existencia.
Así, pues, aquella pregunta logró que muchos supieran que existe un tal Barragán, y para ellos ya llegará su respuesta, porque bienaventurados los pacientes, de ellos será el reino de los cielos, que los otros reinos ya los perdimos. Pero, para los que ya creíamos saber quién es Barragán, lo que nos dejó fue un poso de inquietud, ¿de verdad quién es este tipo? ¿Por qué se lanza?, luego, ¿no era un artista? ¿Por qué con este partido? ¿No dizque era liberal? ¿Quién le financia la campaña?, con lo que caemos en la pesadilla de todos los científicos, que cada vez que tapamos un agujero del saber humano, se nos abren mil ventanas. 
Pero no nos desesperemos, que algo se podrá hacer, al fin y al cabo Sócrates no se tomó la cicuta en vano. Frente a esta pregunta, lanzada al aire, en un principio sólo escuchamos el lejano eco de nuestra propia voz, los muros nos devolvieron las palabras con un efecto acústico extraño, entonces fue cuando empezó mi búsqueda de Barragán, cómo hace algún tiempo estuve tras los pasos de Nelson Cruz, con la ventaja o desventaja de que Jaime está vivo y entre nosotros, eso hace que todavía no cuaje su mitología y viva sólo en las diferentes versiones.
Me pasó lo de Shakira, que busqué en el armario, en el abecedario, debajo del carro no, porque no tengo, pero sí en el negro, en el blanco, en los libros de historia, en las revistas Surgentes y hasta en la radio. Sucedió que recordé cómo fue que en un principio Jaime me cayó mal, aún sin conocerlo, pues se me hacía odioso alguien de quien todo el mundo hablaba tantas bellezas, como que de esa gente no existe, no debería ser tan brillante el maldito. Imaginé un personaje arrogante, rodeado de su pequeña corte de aduladores, el artista en su urna de cristal paseándose entre terciopelos por las calles de Usme.
Lo curioso es que no recuerdo la escena exacta de cuando le conocí, debió ser en el año 2005, tal vez en la época de Arte en espacio público, lo que sí recuerdo es que tan pronto escucharlo también me embobé con el susodicho artista local, me gustó su forma de transmitir sus saberes, sus proyectos alternativos, su calidez humana, pero sobre todo el hecho de encontrarme con un hombre sereno en el debate, sin la intransigencia de los líderes afiebrados de estas tierras y claro en las ideas, en las que se mezclaban eclécticamente los saberes populares con los acumulados de la academia, sin que lo uno pesase más que lo otro.
Después vinieron dos proyectos colectivos, la revista Surgente y la tertulia sabatina. En esos días soleados nos fuimos conociendo, hablando de lo divino y lo humano, proyectando futuros posibles, y entonces se fue para México. Todavía me acuerdo de su despedida, hubo tanta gente, abrazos, lágrimas y parabienes, que ese día me convencí, parafraseando mal a Calamaro, que Barragán no era una persona, era un hombre atado a la gente. Desde la gran Tenochtitlán nos fue enviando sus crónicas, las andanzas del neoñero que tanto revuelo causaron entre nuestros lectores. Su mirada se hacía cada vez más crítica, se fue llenando de ríos más profundos y palabras antiquísimas, y a su regreso puedo recordar la emoción sincera del re-encuentro; después se nos fueron acumulando los días, las conversaciones, los proyectos, las palabras hasta llegar a la cuestión del debate electoral.
Debo decir que yo era de los que no quería que se lanzase a este valle de lobos. Me sigue pareciendo que una persona tan bonita no debería enfrentarse a la odisea de lo electoral, un camino culebrero, siempre lleno de celadas, ninfas y monstruos de un solo ojo. La memoria de Nelson Cruz debería enseñarnos eso. Pero Jaime se jugó su suerte. Ya sabíamos que es un hombre que apuesta en serio, que si fuese un conformista se habría quedado de ayudante de panadería, de ruso o de simple vendedor de perritos calientes; pero le jugó a la vida a cara de perro y ha ganado siempre; así que es imposible resistirse a la tentación de apostar con él y por él. Pero esta tentación no nace del discreto encanto de la tiranía, sino de la confianza plena en su palabra, siempre respaldada por los actos, en su coherencia política y por la idea de que Jaime es lo mejor de nosotros mismos.
Buscando respuestas le he preguntado a otros, como en los viejos capítulos de Yo sé quién sabe lo que usted no sabe. Por ejemplo, el pedagogo Gabriel Suárez nos responde desde el populoso sector del Danubio Azul, para decirnos que “Barragán no es una persona, es un movimiento, que si se quiere puede considerarse artístico, puesto que a través de su obra, que es su propio actuar, logra trascender en la vida de quienes se vinculan y se mueven con y a través de él, logrando contagiar ese amor por el arte como práctica social, responsable e ineludible. Pero Barragán también puede considerarse un movimiento social, ya que a gracias a la relación que se establece desde el lazo afectivo, se comienza a hacer parte de una gigantesca red de orden social, pluricultural y heterogénea que lo rodea, y que fácilmente permite entrar en contacto tanto al ignaro como al erudito, logrando a nivel individual un desarrollo intelectual propedéutico y a nivel colectivo el establecimiento de un modelo pedagógico integral, que busca la construcción de un ser social comprometido con su contexto histórico y cultural. Barragán, es sin lugar a dudas el tipo de persona que con su mirada ingenua y su actuar pausado, al mejor estilo del filósofo Gómez Bolaños, actúa sin querer queriendo y logra permear hasta lo más profundo de los corazones de aquellos que tenemos la posibilidad de conocerlo y creemos en su palabra, no porque consideremos que tiene la razón, sino porque estamos seguro de que así es”…. Bonitas palabras de Gabriel aunque salgo corriendo a buscar en wikipedia lo que significa propedéutico, pa’ no pecar de ignaro.
Rafael Silva que fungió como gestor juvenil de Usme durante once años, nos escribió desde algún perdido lugar de Rafael Uribe, para decirnos que "Barragán es un artista políticamente incorrecto. Pero no sé a qué temerle más: a sus desafiantes puestas en escena o a la camorra de una Junta Administradora Local"; mientras que Ana Mery González, dice: “tal vez podría responder con base en las imágenes de la primera vez que lo vi en el club juvenil del barrio El Curubo  y la última en la tertulia política sobre expansión urbana... con 14 años de distancia recuerdo al mismo chico sereno y respetuoso del pensamiento ajeno, atento y tranquilo. Barragán es un hombre tranquilo, es un hombre confiable". Asimismo, el jesuita Jorge Atilano nos escribe desde México que: "Barragán es un artista comunitario, un tejedor de esperanza que enseña coherencia de vida, capacidad de transformar e integración de lo diferente". Y Carolina Calderón escuetamente, pero con un convencimiento absoluto que da la amistad, responde: "Barragán es la persona por la que yo voy a votar". Y punto.
Finalmente, en la búsqueda de Barragán, sigo revisando los viejos correos electrónicos, he buceado en sus monumentales álbumes de fotografías, hemos hablado de sus antiguas gestas juveniles, de lo que pudo haber pasado si un día hubiese aceptado una candidatura a edil por el partido liberal. Me he encontrado en su memoria un pedazo grande de las luchas populares del sur, que también son las luchas de las personas que habitan estas laderas; y allá en el fondo del paisaje sigo atisbando al mismo muchacho que creció con las calles de esta parte de ciudad, que se atrevió a ensayar el vuelo, que desafió una vida de privaciones para intentar ese sueño tan sureño de “ser alguien”, que ayudó a levantar una casa y una familia, que sería lo mejor que uno puede decir de un hombre, y que nos vendió un sueño colectivo, el sueño de los neoñeros que apuestan por el arte, por la política, por la cultura, por la gente. 
Sí, señores y señoras, yo puedo considerarme un apóstol del barraganismo, con los ojos claros y abiertos al sol, un gregario más de esta cofradía conformada por todos los que aspiran a otro tipo de hacer política, a la recuperación de la res pública para todos, a la construcción de otra localidad, ciudad y mundo que todavía son posibles. Y apuesto por Barragán, porque aunque con todo lo dicho todavía no respondo a la pregunta de quién es, por lo menos sé que yo soy uno de los convencidos con su ejemplo.