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miércoles, 20 de mayo de 2015

¡Hasta las quince!

Buenas tardes, vengo a robarles unos diez minuticos de su despreciado tiempo, porque si en verdad lo apreciaran no estarían aquí, no señores, estarían tratando de cambiar el mundo o, qué se yo, colándose en transmilenio. Ahora no se me pongan dignos, no vayan a decir, como los visionarios de la Ola Verde, que ustedes vinieron porque quisieron, que nadie les pagó, que ni siquiera les pusimos los buses de la alcaldía, que estaban llevando a un grupo de viejitos viagradictos y marihuaneros, hippies de otro tiempo, a un tratamiento de desintoxicación a Uruguay ¿o era a Jurasic Park?, no sé si como dinosaurios o como alimento de estos. Igual, no les prometimos tamal, pero más de uno se animó apenas escuchó que íbamos a repartir la torta editorial, que para cada uno había una buena tajada y que nosotros mirábamos pa’ otro lado como para que fueran comiendo, “pero por las esquinas”. Yo sé que se les hizo agua la boca, no me lo nieguen. Ahí sí, como dijo nuestro señor Jesusaurio después que se destapó el carrusel de los panes y los peces: ¡Por sus glándulas salivales los conoceréis!

Disculpen las personas que se encontraban dialogando, ¿será que se pueden callar? Y los que se encuentran meditando, también cállense, que no se pueden hacer dos cosas al mismo tiempo. Por ejemplo, yo no puedo presentar este pasquín, este infame libelo, esta mayúscula sinvergüencería, este sambenito literario, y ser al mismo tiempo sexy. No se puede, me toca sacrificar mi sex-appeal por el bien de las letras usmeñas. Así que a lo que vinimos, que partan esa jijuemaiza torta y que corra ese burbujeante, espumoso y nunca bien ponderado Cariñoso con aroma y sabor a frutas frescas, cultivado en los verdes viñedos del cartel de Cali. Pero como pa que no parezca que vine a ganármela fácil, porque yo no vine porque quise, a mí sí me pagaron, vamos a contarles unas cuantas anécdotas como un mientrastanto, como cuando a uno la mamá lo manda a atender la visita, “Vaya mijo usted que estudió literatura y écheles cuentos, mientras yo le hecho más agua a la sopa”, porque eso es seguro, siempre que usted espera a cinco le llegan diez y si son diez, llegan veinte. El pegoche ya es patrimonio inmaterial del pueblo colombiano. Pero como dijo Nacho Vidal: “más vale llegar, que ser convidado”.

Entonces, iba en que me dijeron “Vaya y presente esa mugre revista” y me dije, como el Papa, “¡Sí, qué hijueputas! ¡Hagámosle, sin mente!”, así que ahí la tienen, la publicación con más creatividad por centímetro cuadrado de papel impreso, después de las memorias de Pachito Santos según el portal Actualidad Panamericana. No más vayan echándole un ojito a las crónicas, que son trece, pero como no puedo decir trece, digamos que son doce y un bonus track, pero como no puedo decir track, digamos que son doce y un bonus de ñapa. Ahora, como seguro a más de uno le da pereza leer –imagínese, las estadísticas dicen que solo se leen 1.9 libros por años ¿qué pasa con el 0.1 faltante?, ¿qué significa eso?, pues que cada colombiano lee un libro y cuando le falta un capítulo para terminar el siguiente se encuentra con otro colombiano que justo ya había leído ese libro y le cuenta el final, con lo cual le arruina la historia y le quita el deseo de leer más. La próxima vez se ve la película-, más bien les voy a contar lo que a mí me contaron sobre lo que trata cada historia, como para ahorrarles pereza. 


La primera crónica se titula “Buenaventurados los pobres” y cuenta las aventuras de una mujer que se fue de turista a la ciudad de Nínive, pero para eso tenía que pasar por Buenaventura. Allí la secuestró, se supone que con fines eróticos-sexuales, una pandilla de negros muy machos, tan machos que formaron una bacrim a la que le pusieron por nombre –cosa obvia- “los machos”. Para que se hagan a una idea, los tipos tenían el físico de Pablo Armero y bailaban el ras-tas-tas con una sabrosura parecida, pero finalmente no consumaron el acto nefando que se proponían, porque en esas se fueron a una fiesta de inauguración de otra casa de pique con vista al mar en un sector muy exclusivo de la ciudad. Así fue como a esta mujer blanca, usmeña, profesional, heterosexual y devota de la virgen de Coromoto y del Santo Niño de Atocha, según consta en los archivos secretos de la Procuraduría, la abandonaron por ahí, pero venía tan hambreada la pobre que se comió ella sola a una ballena jorobada y la vomitó tres días después, sana y salva. Al final, la ballena, que renunció al comunismo ateo para volver a creer en dios, escribió esta crónica para dar testimonio de su descenso a las entrañas de la susodicha y para que todos los agnósticos se conviertan a la fe de nuestro monseñor Ordóñez, profeta viviente y castigador de paganos. Amén, hermanos y a su nombre, ¡aleluya! Así fue como pasó y así lo refieren las sagradas escrituras surgentes y al que no crea, que mi diosito lo castigue con bigotes femeninos.

La segunda crónica, titulada “Las tres cruces, ese espejo verde” va de un joven usmeño que, agobiado por la cantilena de la mamá que le reprochaba cierto pisquero contaminante del hogar, dio por subir a esa montaña de las tres cruces donde tenía total libertad para aspirar el verde de la naturaleza. Cuentan que ya en la cima se pegó unos viajes hasta el infinito y más allá, así que al cabo de los años –no se sabe si por los efectos benéficos de la sagrada hierba o si por el esfuerzo físico de subir la montaña- desarrolló unas tremendas habilidades como narrador y unos abdominales de chocolatina jumbo jet de dos mil pesos, que le hicieron ser el objeto del deseo de los depravados y las depravadas que merodean por la laguna de Tota. Ahora, libre ya de su oscuro pasado, con un contrato para un comercial como el caminante de Johnnie Walker y enviciado a la literatura, recorre los bajos fondos de la ciudad en busca de un unicornio azul o de nuevas historias por contar, lo que primero ocurra.

“Con la muerte en los talones” es la historia de una profesional que inspirada por los comerciales de Bárbara Blade, renunció al ideal pequeño-burgués de casa, carro y vacaciones en Melgar, para salir a la aventura. Así fue como terminó jugándose la suerte en las galleras de Usme, Tunjuelito y las comarcas de la Tierra Media, ganándose, no sin mucho esfuerzo, los alias de la Reina del Sur, la Patrona del maldeamores y la “Más masmi”... Ahora bien, su popularidad creció tanto que en una encuesta reciente superó por dos puntos porcentuales a la loca de las naranjas, ello condujo a que don Nicolás Molina, le dedicara una separata especial en El reportero del sur, el periódico que elevó el chisme local a la categoría de ficción literaria. Finalmente, parece que después de perder cifras astronómicas en los palenques, calculadas como en veinte mil pesos, descubrió con tristeza que el nuevo desodorante Leidy Speed Stick con aloe no protege de la irritación, ni controla la humedad y el sudor después de la depilación, por lo que resignada a una vida sin emociones fuertes volvió a la seguridad de la promoción de lectura, entre asesinos y violadores de las cárceles distritales.

“La metamorfosis de un escarabajo urbano” es una historia de amor sado-mecánico y porno-metafísico entre un filósofo marichuelense y su bicicleta. Ya veo gestos de desaprobación, pero señores dejemos esa doble moral ultramontana, que desde que en Bogotá florece la política del amor es tan legítimo darle amor a los prójimos y las prójimas, a los caballitos de acero, a los caballitos de las zorras, a las zorras mismas, a los toros y a los toreros. Y si nadie censura el amor zoofílico que tiene nuestro burgomaestre con la perrita Bacatá ¿por qué habríamos de mirar con malos ojos el tierno romance entre el hombre y la máquina? Además, como quizá algunos recuerden, la lucha por la reivindicación del sadomecanicismo la viene liderando desde el siglo pasado el ilustre exconsejero de cultura Jorge Gamboa, quien en un acto performático se atrevió a hacerle el amor en plena avenida santa librada a una motocicleta para demostrar que le gustaba la gasolina, denle más gasolina.

“El escritor y la piedra” es la historia de un hombre que construyó un castillo, pero lo interesante de ella no es la historia en sí, sino los avatares del cronista que la escribió. En vista de que el dueño era tan celoso de su construcción que no permitía visitas, el escritor se las ingenió para vencer la fortaleza del castillo a la usanza medieval. Lo sometió a una intensa vigilancia, al punto que se le veía merodear en torno al edifico de piedra hasta altas horas de la noche repitiendo el mantra “ábrete sésamo”, pero como ese conjuro solo funciona en los cuentos de hadas, optó por el uso de técnicas más mundanas, se vio el tutorial de youtube: “Estrategias de mercadeo para testigos de Jehová” y visitó al ilustre arquitecto, saludándolo con preguntas ¿Cree usted en dios? ¿Por qué mataron a Betty si era tan buena muchacha?, pero ni así. Eso era como hablar con una piedra. Luego, ensayó con las ventas puerta a puerta, reciclador y ropavejero, llegó vestido de funcionario de las empresas de servicios públicos, lo intentó reptando por las paredes al estilo ninja, pero tampoco. Hasta que al final lo vio claro, el castillo no existía, no era más sino un espejismo de esta desierta ciudad, así que lo inventó literariamente.

Me parece que “Un caso cualquiera” es la historia de un hombre que quería conseguir una libreta militar y la mona con el escudo de la selección de Nigeria para completar el álbum Panini del mundial. Lo de la libreta fue fácil, no más fue cuestión de ir al Batallón de Artillería y listo el pollo, en cambio lo de la mona faltante fue un dramononón que haría llorar a la misma Corín Tellado. Nuestro personaje recurrió como es obvio a los puntos de cambio, pero nada, por ningún lado la encontró, apeló a los anuncios por internet, ofreció su virginidad a cambio de la lámina faltante y tuvo muchas ofertas sexuales, pero ninguna relacionada con el álbum. Escribió una carta a “Yo sé quién sabe lo que usted no sabe”, pero le contestaron que ese programa se había acabado hacía como medio siglo. Recurrió al Indio Amazónico que no le dijo donde conseguir la ficha, pero en cambio le vendió el polvo de la garrapata para la buena suerte y el amor. Finalmente, agotadas casi todas sus esperanzas, resolvió solicitarle al Papa Francisco la caridad de ayudarle a completar el álbum, en vista de su talante futbolero y de desfacedor de entuertos. Actualmente sigue a la espera de una respuesta, pero en cambio se alegra de tener su libreta cuando ve pasar los camiones haciendo redadas por estos barrios.

“Canciones a 25 km/h” es la historia de una chica que de tanto viajar en Transmilenio empezó a hacerse preguntas fundamentales para la humanidad como ¿de dónde son los cantantes?, ¿son de la loma y cantan en llano? porque le parecían galantes y los quería conocer. Fue así como tiempo después y un par de paradas de la ruta fácil más acá, terminaría por convertirse en la groupie más famosa del sistema masivo, una especie de leyenda urbana del transporte distrital, algo así como la versión femenina de John Frady, el loco de las banderitas, pues cuentan que tan pronto se escucha el sonido de una guitarra, de una puerca -es decir, de ese instrumento tolimense que emite un sonido gutural como una marrana, claro que tampoco es raro encontrarse a un campesino llevando una lechona, viva o rellena, en el acordeón de un articulado- ... o el fristaleo de un rapero, ella aparece como por arte de magia portando pancartas de apoyo escritas en cartulina, pidiendo autógrafos después de cada concierto o haciéndose selfies con los grupos. También se dice que, desde que hay un músico en cada estación, ahora viaja sin ropa interior, pues su economía ya no soporta la práctica de tirarle cucos y brasieres a los cantantes más chuscos, bueno, y por si las moscas, pues en Transmilenio, cada curva es una aventura sexual.  


“Milicia al estilo foqueo” no es una crónica bélica con focas, aunque casi, esta historia es sobre todo un homenaje a las películas de acción ochenteras. Para los que crecimos en ese tiempo, el cine se reducía a los casetes de betamax cuyo contenido haría gozar como un enano a cualquier enano de circo pobre. Aquellas películas, con sus héroes de acción hipermusculados, su derroche de testosterona y sus coreografías orientales alimentaron los sueños de tantos niños que quisimos repetir en la vida real lo que no era más que fantasía cinematográfica. De esas experiencias tratando de imitar la patada giratoria de Van Damme o el estilo karateca de Chuck Norris, quedaron secuelas para toda la vida: huesos rotos, cicatrices, torceduras testiculares, embarazos sicológicos y frases como “Yo soy el brazo fuerte de la ley”, “Hasta la vista, baby”, “Retroceder nunca, rendirse jamás”, “Debo irme, en algún lugar se comete un crimen” o “Me gusta tu kung-fú”. Y esos chavales, engañados por la pantalla chica, terminaron en el Ejército o, en el peor de los casos, en academias de artes marciales, que casi siempre funcionaban en un segundo piso, encima de un restaurante chino; perdiendo su dinero durante años y amarrándose cinturones de colorines ridículos, para descubrir tarde o temprano que no, que no puedes hacer la garra de tigre, ni el paso de la serpiente y mucho menos el de la grulla, que es como medio homosexual y todo, y que, a todas estas, ¿para qué el karate, estando ya inventada la patecabra?

“Miedo y ruido” cuenta la terrible transformación que sufrió un reconocido DJ de Yomasa después de conseguir en el mercado de las pulgas una ruana que según las pruebas de carbono 14 parece que perteneció a Saguanmachica o a Julio Valencia, lo que viene a ser casi lo mismo. Pues bien, este avezado animador de babyshowers, matrimonios y quinceañeros, tan pronto se puso la susodicha prenda, que parecía hecha en algún material ancestral como el poliéster made in china, se sintió poseído por un espíritu tan revolucionario que se le dio por desafiar toda autoridad con prácticas tan subversivas como usar un protector de celular con motivos de Hello Kitty, beber agua de la llave, montarse en un bus del Sitp por la puerta de atrás y asistir a un concurso de imitadores del “Hombre caimán”.   

“Entre latas y perros muertos” es un paseo por la localidad en que doña Margarita se fue con un reciclador y encontraron muchas cosas que la escritora inventarió, porque ya son patrimonio de la localidad, pero que estaban tiradas por ahí en las esquinas como si tales: un fémur de Saguanmachica que el abuelo Morris usaba para trancar su puerta, dizque porque era mejor estar protegido por el ancestro indio que por una buena cerradura; la muleta de Gerardo Santafé, que si la frotas con convicción mientras rezas el padrenuestro al revés liga al ser amado y si no al menos le hace dar cosquillas donde quiera esté; y lo que es más importante, descubrieron los casetes originales del único disco que grabase Oswaldo Nichols, titulado “Un chico formal”, un álbum que resistió al fenómeno del niño que no cantaba, al derrumbe del relleno doña Juana y hasta a la oleada de tropi-pop, pero que acabó con las ilusiones de cantante del buen muchacho, que ahora funge como administrador del asadero “Papi quiero pollo”. Y como si no fueran suficientes tantos descubrimientos en una sola noche, doña Margarita ya nos confesó que su próximo reto es descubrir el famoso Dorado o al menos la guaca del comandante Romaña.



“Guayabo de fútbol” es una muestra de la pasión futbolera que invadió a algunos verdaderos varones en tiempos de Brasil 2014. Así fue como el profe John Díaz, renunció al trabajo y se dedicó a labores mucho más filosóficas como cazar una polla mundialista, en la que apostó todos sus ahorros a que la República de Bosnia sería campeón del mundo. Según dijo, esto lo hizo así porque el pulpo Paul se le apareció en un sueño muy húmedo y le reveló ese terrible secreto. En esos mismos nefastos días se dejó contagiar de la fiebre amarilla, por lo que se le vio con la camiseta chiviada de la selección, con la cara pintarrajeada de tricolor y haciendo circular panfletos contra la maldita ley seca que no nos dejó matarnos a gusto, como debe ser. Sin embargo, desde la eliminación de Colombia cuentan que sufre terribles pesadillas que le hacen despertar a medianoche gritando "¡Sí era gol de Yepes!".

“De paseo por mi memoria” es un relato donde una joven usmeña cuenta cómo fue que de chiquita se obsesionó con la coreografía de El baile del gorila, ¿se acuerdan?, las manos hacia arriba, manos hacia abajo, como los gorilas... Uhhh! Pues bien, esta muchachita se tomó en serio eso de ser una rumbera, rumbera, y se pasó su adolescencia entre los estróbers de cuanta chiquiteca, discoteca, miniteca, viejoteca o cocacola bailable se organizase en los salones comunales del Danubio hacia el Sur. En aquellos tiempos aprendió de memoria canciones como Mis ojos lloran por ti, Mesa que más aplauda y Yo no soy grillero. Además, se tatuó con tinta china el nombre de un tal Duván Ferney en el brazo, se hizo fanática de cierto equipo verde, al que solo se refiere –no se sabe si por alguna proyección freudiana- como el rey de copas, y aprendió a pegarse el chicle detrás de la oreja. A pesar de aquél pasado tan paila, como diría ella, ahora busca en la escritura una salida al desparche de los fines de semana.

En cambio, la historia que cuenta “Entre el cielo y el inferno” es tan triste, tan trágica y tan hijueputa, que se me ocurre está un nivel más allá de cualquier texto carnavalesco.

Así pues, si se animan a leer esa bagatela literaria, háganlo, que lo que soy yo la verdad no me animé, pero de algo tiene uno que vivir y como ya dije, yo no vine porque quise, a mí sí me pagaron. Finalmente, les mandan a decir que Surgente no se crea, ni se destruye, solo se transforma. Además, es la única revista neoñera que publica, ¡hasta las quince!

He aquí el link a la revista Surgente, número 15:

domingo, 24 de noviembre de 2013

Crónicas de Surgencia

Un viaje a la frontera bogotana

He sido editor de la revista Surgente durante siete años y catorce números. Le he dicho que no a muchos textos y he aprobado un poco menos de doscientos trabajos que se han publicado en este tiempo. Entre todos esos escritos se nos han colado unas setenta crónicas, para un promedio de cinco por número. De ellas hay muchas notables, la mayoría de un nivel medio y unas cuantas de las que todavía me avergüenzo. Hay cosas que hoy no permitiría que se publicaran, ni siquiera bajo tortura, chantaje emocional o amenaza de excomunión. A pesar de esas excepciones infames, la crónica ha sido el género predominante en la corta historia de esta publicación neoñerística y quizá el que ha dado los mejores frutos, pero en un principio no fue así.

En su génesis, la Surgente se pensó como una revista miscelánea donde había espacio para todo, como en cualquier tienda de barrio, desde el horóscopo hasta el consultorio sentimental; sin embargo, la primera convocatoria ya mostró por dónde le entraba el agua al coco editorial. En el primer número con el que saltamos al ruedo ya había una sección titulada “Ambiente familiar” con un subtítulo que rezaba “crónica urbana”, a la que fueron a parar cinco escritos que suponíamos ameritaban tal clasificación si nos guiábamos por el peso atómico de sus intenciones. Vuelvo a ese número sietemesino, con la vergüenza del padre al que le ha nacido un hijo monstruoso, y me encuentro con una Fantasía de asfalto que me pone a pensar en el estado de alucinación con que fue concebida esa vagabundería literaria, sigo con Uy, sopas el camión y descubro una ficción bienpensante y mentirosa; más adelante una cosa, un entelequia, un organismo, una sustancia, o como se le quiera llamar,  intitulada ¿Quién habrá inventado la basura?, que no pasa de ser una especie de masturbación ideológica del mamertismo más rancio; a la cual sigue un relato de una página sobre el festival de cine de Santafé de Antioquia que no es crónica, no es chicha, ni limo-nada. Lo único rescatable de aquella primera aventura en un género casi que desconocido para nosotros es un texto escrito por el camarada Morris sobre la travesía del río Tunjuelo del año anterior.      

Alguien pensará que estoy juzgando con dureza nuestro propio pasado, pero ya Borges dijo que el pasado solo es arcilla que el presente labra a su antojo. Y desde aquí, desde ahora, mirando las cosas con cierta objetividad, lo cierto es que en aquél tiempo éramos jóvenes y bellos, pero unos burros en materia editorial. Eso sí, unos asnos dispuestos a cometer errores y aprender por el camino. Cosa que se empieza a notar en los siguientes números. Para el segundo tiraje, las crónicas publicadas tienen más carnecita, se nota que son producto de un trabajo más dedicado, se van librando de la ficción y se van haciendo más robustas. De aquél segundo número surge una crónica sobre la diversidad de los jóvenes usmeños, un recorrido en bus por la localidad, una reseña sobre las cocinas y los sabores de Sumapaz y el relato de una búsqueda en que se trenza la historia nacional con la memoria personal. Más allá de un diseño como para el museo del horror, en que se fundían títulos en negro sobre fondos oscuros, y de que el tamaño de las fuentes dio pie a la leyenda de que más de un lector había perdido sus ojos tratando de descifrar aquella maraña de palabras, ya se vislumbraba un camino posible.

El verdadero salto cualitativo en la crónica surgentística se dio en el tercer número. Allí se publicó la primera entrega de la saga del neoñero enviada por Jaime Barragán desde México. Debió ser la lejanía, el exilio o la necesidad de comunicarse con los parceros del barrio, pero en aquella primera crónica Jaime casi que instituyó una agenda del tipo de textos que deberían primar en una revista que se autoendilga el adjetivo periférico-marginal. Barragán escribía aquellos primeros párrafos desde los huesos, con hambre y escalofrío, con el sentimiento del náufrago, pero sin sentimentalismo. Su relato era de una honestidad apabullante, se diría que iba dejando la piel en cada oración, sin preocuparse por la forma literaria, pero sin mentirse, ni mentirle al lector. Además, aquella crónica se proponía como la primera entrega de una serie que se prolongaría a través de otros siete números, con lo cual descubrimos que una buena historia puede ser un texto de largo aliento que busca la complicidad de un lector que desprecie las comidas rápidas. Así pues, con solo tres números andados, se hizo la luz. Con Barragán también aprendimos que la única historia que valía la pena ser contada era la propia, la de nuestro lugar en el mundo, la memoria de nuestros padres y amigos; la de la esquina, el parque y el barrio. Esos pequeños dramas marginales que nunca encontrarían lugar en el gran relato de país que construye el poder dominante. Así pues, narrarnos a nosotros era cumplir la máxima tolstoiana de ser universales cultivando el jardín de nuestra casa.

Después se vinieron en seguidilla los números cuatro, cinco, seis y siete, acompañados de un concurso literario en el que la crónica fue una invitada de honor. De esos tirajes, muy a vuelo de pájaro, debo reseñar trabajos que bien merecen la visita de un buscador de graciosas gemas literarias. Cazucá, un relato que no termina era la radiografía de lo que implica ser un joven en la frontera de las metrópolis del sur del mundo, pues en comunas, favelas, chabolas o villas miseria, el no futuro adquiere el mismo rostro de los mismos pobres. En Posible forma de reconocer un neoñero modelo 82, un joven de barriada rememoraba diversos tránsitos que definían toda una experiencia generacional. Polvo eres y en polvorero te convertirás es una crónica sobre lo que significó la pérdida de la tradición pirotécnica para muchas familias del sur bogotano. Suerte y a la orden recoge la experiencia de una joven que vende chance, mientras va conociendo al traque, un habitante de la calle habitual de Santa Librada. Y Una casa, siete entradas, es una narración sobre las particularidades de una pajarera de Yomasa en la que llegaron a cohabitar 140 personas.

Tiempo después, tras un número maldito, realizamos el tiraje nueve en el que debutaron quince nuevos narradores en el subgénero de la crónica testimonial. Relatos rebosantes de vida que trazaban una cartografía sobre las diversidades juveniles que habitaban el territorio, experiencias dolorosas, de superación personal, de apegos a ciertos lugares o simples anécdotas curiosas de la cotidianidad local. De esa experiencia, por ejemplo, viene uno de los grandes descubrimientos de la surgencia, un muchacho de Sucre que envió la crónica A lo malevo, un texto germinal que ya anunciaba al escritor que se acaba de ganar el premio distrital de dramaturgia. Después realizamos otros procesos de formación, convocatorias y concursos de donde emergieron nuevos narradores que llenaron de historias las páginas de los últimos cuatro números de la revista Surgente, los que no vinieron sino a confirmar lo que ya era una sospecha: habemus cronistas.

Así esbozada, esta es la historia de un camino de búsquedas y hallazgos. Nadie nos dijo cómo hacerlo, cuál era la fórmula del éxito, ni qué historias deberían ser contadas. La crónica se impuso por sí misma, se impuso como una exigencia ética y estética apropiada a una realidad concreta. Nació del encuentro azaroso entre una forma, una mitología local y un medio de propagación. Si nosotros no lo hubiésemos hecho, es seguro que habría hallado otros caminos para ser en tanto ser. Las historias no nos las inventamos, estaban allí a la espera de ser narradas. Nosotros solo tiramos la piedra al agua y dejamos que las leyes físicas hicieran el resto. La crónica nos encontró antes que nosotros la descubriésemos a ella, pero nos encontró porque salimos a la noche oscura de la literatura local con linternas nuevas que alumbraban en todas direcciones, por un natural presentimiento de novedades. En ese sentido, la Surgente, que nació de pequeñas casualidades, fue creciendo, fue creciendo, y en ese ejercicio de ampliar sus horizontes fue definiendo una forma literaria que no es exclusiva de nosotros, pero que es una marca de la casa.

Ahora bien, leer las setenta crónicas publicadas hasta ahora es embarcarse en un viaje hacia la última frontera de la Ciudad. Lejos de la centralidad capitalina, al sur del sur, allá donde el círculo se vuelve circunferencia y la carne es solo piel, donde ha ido surgiendo una palabra verdadera, honesta, pringamosera, que no necesita de la ficción para hacer sentir su vitalidad creativa. En esta antología de la no ficción se han ido desgranando, página a página, las preocupaciones, sueños, miradas y paisajes de un territorio vasto, nuevo y fronterizo. El Sur, como gran topos de la crónica surgente respira en cada relato. Allí están, uno a uno, los personajes que cualquiera de nosotros encuentra por estas calles tendidas a pulso y ojímetro. Allí están reunidos todos los perdedores, los desterrados por el sistema hacia las orillas, pero también los que desde la última fila levantan la mano y piden la palabra. Y también están allí las historias que en el barrio son chisme, habladuría popular, cuento de vecinos, leyenda urbana o anécdota fugaz. Así pues, saltando de palabra en palabra, uno siente que en la crónica ya todo está dicho, pero todo está por decir, como ese ornitorrinco que sorprendió a los ojos ávidos de milagros, en tanto les recordaba siempre lo conocido; en tanto, la frontera, real o imaginada, es ese escenario en que lo viejo se renueva, lo nuevo ya es pasado y lo sólido –como dijese Marx- se desvanece en el aire, por lo que se precisa de un género también fronterizo, entre el periodismo y la literatura, que le permita una carta de ciudadanía.

Ahora bien, aunque el camino es largo y culebrero, no quisiera despedirme sin recordar a ese gran cronista que es Gay Talese, quien dijo: “Yo solo quiero transmitir el asombro de la realidad, la corriente ficcional que fluye bajo el río de la realidad”, opinión que nos recuerda que la crónica descansa allí donde parece que no pasa nada, donde lo real cotidiano se ilumina solo para los ojos de quien sepa mirar. En ese sentido, en Usme las historias están al alcance de la mano, como a la búsqueda de un autor, y para la muestra un par de botones: un viejito que ha pintado miles de avisos comerciales a mano alzada, en unas letras grandes y deformes, solo por un par de cervezas; un carnicero que una vez se hizo crucificar y tiempo después se enterró vivo para evitar el cierre del matadero local; un hombre que pastorea un lote de diecisiete gallos de pelea en un parque; una señora que vende leche de cabra llevando un rebaño de chivas amarradas por la calle; un líder comunal que ante el asombro de una multitud le hizo el amor a una motocicleta de alto cilindraje; unos personajes como el reportero del sur, Julio Valencia, el Grave o el payaso Hénser que parecen salidos de una novela de aventuras decimonónicas, un barrio que fue fundado por desmovilizados del M-19 y otro por sobrevivientes de Armero; un fallo de indemnización colectiva por el caso doña Juana que sacudió la vida de los vecinos del relleno; unos motociclistas que venden el arroz, el arroz, el arroz con leche; un locutor que le pone su voz a toda la publicidad de megáfono; unas negritas que venden cocadas en todos los portales de Transmilenio sin que nadie se los prohibida o un poeta local que falsificó títulos de pregrado y posgrado para aparentar que estudió lo que todos sabemos que no estudió.  

En fin, son tantas las historias que merecen ser contadas, que el Taller de Escritura Creativa Surgente lo que hace es abrir la puerta para el encuentro con los relatos de una localidad en la que siempre ocurren historias que no son noticia, eventos que no alcanzan el grado de desastre natural o muerte violenta, pero que dan cuenta de esas vidas anónimas que exigen su lugar en el gran relato de una Ciudad que se dice humana. 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Una biblioteca que era un oasis


En noviembre del año 2003, cuando regresé a Bogotá con $50.000 en el bolsillo y las ganas de estudiar literatura en remojo, me acerqué por vez primera a la Biblioteca Pública La Marichuela, quizá porque no tenía dinero para gastar en libros y porque era el espacio de lectura que me quedaba más cerca. También, porque estaba tan solo, desparchado y sin oficio, que leer era una forma de matar el tiempo y de cobrarme una vieja deuda con mis profesores de literatura, que yo no sé cómo hicieron para birlarme la experiencia de los mejores libros de la cultura occidental en bachillerato. ¡Malditos! En aquellos días, mientras desempeñaba oficios tan poco literarios como lavador de platos en un restaurante en Galerías o vendedor de tapetes para autos en el semáforo de Yomasa, tuve tiempo para hacer un viaje sin brújula, al tin marín de do pingüé, por los estantes de cuento y novela, que siempre están al margen de la demás colección.

Llevé una foto 3x4 con fondo azul y un recibo de servicio público, llené un formulario y esperé una semana la llamada de confirmación de los datos, al cabo de la cual pasé a reclamar un carnet que me daba la opción de sacar tres libros en préstamo. Colección general, una semana y literatura, quince días. Ahora, reviso una libretica de apuntes y encuentro en su respectivo orden cronológico, con una referencia de una página, el listado de las cosas que leía entonces. Es evidente, por las fechas continuas, que me dediqué a leer como un desesperado todo lo que se me atravesaba, como si no hubiera mañana, como si tuviese que recuperar el tiempo que había gastado en otras cosas. Empecé por la saga del gaviero, siete novelas en una semana a razón de una por día. Nunca había leído nada de Álvaro Mutis y me despaché toda su obra narrativa de un solo envión, en la edición de tapas coloridas de “La otra orilla”. Esa prisa debe ser la causa de que nunca recuerde cuales son las tramas separadas de Amirbar, Un bel morir o La nieve del almirante. Sé que una trata de un viaje en un planchón río arriba, la otra es sobre la explotación de una mina y la restante sobre un cargamento de armas a lomo de mula, pero hasta ahí recuerdo.

Después de Mutis seguí con Borges, sus cuentos de Ficciones y El aleph fueron uno de esos descubrimientos trascendentales, como cuando uno de niño se da cuenta que no existe el niño dios, ni la cigüeña, dos entes de la misma naturaleza espectral. Después, dice mi libreta que leí los cuentos petersburgueses de Gógol, una antología de Chejov, El jugador de Dostoievski y que dejé a medio camino Guerra y Paz de Tolstoi, en un arrebato de amor por los autores rusos, que todavía no se me pasa. De Herman Hesse me consumí El lobo estepario y Sidharta, dos novelas maravillosas; pasé a Faulkner con Mientras agonizo y Las palmeras salvajes. Después, siempre viajando hacia el sur del Río Grande, me devoré con ansias locas Pedro Páramo de Rulfo, Las lanzas coloradas de Uslar Pietri, Los jefes y Los cachorros del primer Vargas Llosa y El astillero de Onetti, para terminar rendido a los pies de Rayuela, una de esas novelas que siempre se me han resistido de una manera extraña. Así pues, para no hacer una enumeración interminable de obras que no vienen al caso, paso a contar un nuevo descubrimiento.

Uno de aquellos días, mientras hacía la fila para sacar mis tres libros de costumbre, observé en la cartelera un aviso que invitaba al club de lectores de los viernes por la tarde. Así que en la siguiente sesión ahí estaba a la hora señalada. Entonces fue que conocí al personaje, cómo describirlo, el típico ñero ilustrado. Un individuo que de habérmelo encontrado en una calle desierta me habría hecho pensar “¡aquí fue, me robaron!”. Pero no, El Cami, como le decían al individuo, no porque se llamara Camilo, como efectivamente se llamaba, sino porque había despachado para el CAMI de Santa Librada a más de uno a patecabra olímpica, era el coordinador del incipiente club libresco. Aquél joven, que se notaba recién estaba estrenando cédula, máxima aspiración de un ñero de barriada, me pareció un personaje muy particular. Habríase visto tipo más leído y chicanero, si yo le hablaba de Borges, él me salía con Saki o Lord Dunsany, que eran esos autores de los que el maestro se había nutrido y que yo desconocía. Además resultó un erudito en libro-álbum. Llegaba con sus historias de Willy el tímido y de Olivia, que nos leía con cierta expresión afectada. En fin, la cosa es que con el compadre Camilo Urbano, desde entonces nos une una amistad libresca que siempre pasa por las preguntas sobre los autores que cada uno va leyendo. Ahora, mientras yo le cuento de un tal Mijaíl Bulgákov, él me azara la plaza con Roberto Bolaño, a quien para más señas yo confundía hasta hace muy poco con Chespirito. Y claro, si uno debe decir que la lectura rehabilita ñeros, el Cami sería la prueba más perfecta de ello.

En ese club de lectores de los viernes, también conocí a un parche de jóvenes inquietos y con muchos proyectos por delante. Llerly Darlyn que me invitó a un taller de tango y que ha seguido durante años invitándome a tomar tinto con limón a su casa. Dennis Martínez, una muchacha de risa bonita que no terminó de crecer, pero que no lo necesita para ser una gran persona, quien venía siempre con Carolina, una chica con ínfulas de poeta y un piercing en el ombligo. Anwar Elí, un miembro del club de fans de Britney Spears, a quien le debo el haberme llevado a conocer el Oldhu, que sería otra de mis casas. Tampoco me olvido de los hermanos Oscar y Leidy Rodríguez, muy pilos ellos, de Patricia que escribía unos textos todo góticos y, por supuesto, de Kelly Mejía, una muchachita casi adolescente, quien estaba embarazada y tenía un ángel que todavía no pierde. Esos nombres siempre los recuerdo con cariño, porque de su mano y sus palabras, fui conociendo de otra manera esta Localidad. Se diría que fueron mis primeros amigos usmeños. Ellos me llevaron a conocer el CEC Fe y Alegría, donde proyectaban cine o presentaban obras de teatro los viernes por la noche, me invitaron las primeras cervezas en Música ligera, un templo del rock en español donde me llené los ojos de humo mucho tiempo; pero, sobre todo, hicieron más agradable la semana a la espera de nuestro pequeño espacio de lectores.

Ahora, cuando devuelvo el casete y reviso mi libreta de apuntes, sé que la lectura, en aquellos días, era una forma bastarda de escaparme del mundo, de mi triste situación de miseria, desplazado en una ciudad llena de frío. La biblioteca fue un oasis donde descansar los pasos. En sus estantes encontré, más que buenas historias, una excusa para sortear el hambre. Por eso, todavía tengo medidos los minutos y los pasos que me gasto de mi puerta a la suya. El camino también siempre es el mismo. Sigo a la ruta del alimentador, paso tangente al parque del Cortijo, cruzo por detrás del Colegio Cervantes, rodeo las instalaciones y franqueo la puerta. Una vez allí siento que estoy en una vieja casa a la que siempre volveré, porque el vínculo que me une con el espacio se ha tejido durante una década y está signado por los nombres de las personas que hicieron que me enamorara de esta humilde casa de las palabras, tan llena de historias y recuerdos. Entonces, cuando cierran las puertas de Biblioteca de La Marichuela, es como si me estuvieran clausurando la memoria de esos días en que los libros eran un refugio seguro contra todas las catástrofes.