jueves, 1 de marzo de 2012

Antonio en busca del Dorado


Apaporis es un documental  que retrata una lectura, una búsqueda y un fracaso. 

Para lectores incansables, como estos ojos míos que deletrean y ven cine, la película nos habla en primera instancia sobre el acto de leer y los peligros que ello encierra. El documental, con sus escasos ochenta minutos de duración, nos sumerge en la aventura de viajar por un texto. Al principio nos dice que Antonio Dorado, un director que se hizo un nombre rodando “El Rey” con una estética que desafiaba la concepción de la narconovela, ha sido arrastrado por la portentosa corriente prosaica de El río, libro que otro lector voraz como Wade Davis escribiera para entrelazar sus aventuras amazónicas con las de su predecesor Richard Evans Schultes. Las imágenes nos muestran al realizador hojeando un ejemplar sobre el que ha cometido el flagrante delito de inscribir apuntes, subrayar con colores vistosos líneas llamativas, doblar páginas y otras pequeñas indelicadezas, propias de quienes atraviesan el paisaje de las palabras dejando los rastros de su paso como machetazos en la corteza de los párrafos.

A partir de esa lectura se transforma el horizonte selvático de Dorado, decide ir tras las huellas de Davis, así como este siguió a Schultes en su travesía hasta el Apaporis. En ese sentido, el documental, como en un juego de espejos, cuenta la lectura de una lectura e intenta escribir en imágenes lo que su antecesor plasmó sobre papel de pulpa amazónica. Veamos si lo hacemos más comprensible: Schultes estuvo en las reservas de Yuruparí casi una década a mediados del siglo pasado, contó arboles de caucho, descubrió muchas especies y saberes de la jungla, fotografió a los indígenas, sin duda fornicó con ellos, y fue el primer blanco que muchas tribus conocieron. La figura de este antropólogo medio loco –no es preciso estar muy cuerdo para incrustarse monte adentro tanto tiempo- sigue levantando polémicas. ¿Era un investigador visionario o un agente del imperialismo? ¿Amaba a los indios o sólo quería robarles sus secretos? En todo caso, esa figura enigmática, con sus gafas redondas y su cara de muchacho taciturno, entusiasmó a Davis a seguir sus andanzas, contar su historia y de paso redactar El río que es todo pasión por esa jungla que atraviesa el Apaporis. Antonio leyó el libro y se fue a Washington a entrevistarse con el autor, para después terminar incrustado en el Vaupés siguiendo los rastros de los dos gringos que le antecedieron.

Hace un par de años, Carlos Palau mostraba en su película En busca del paraíso la aventura de la inmigración japonesa al Valle del Cauca en busca de la tierra que cantaba Jorge Isaacs en María. En ese sentido, Apaporis también se inscribe en esa categoría de los relatos sobre los peligros de la lectura, pues, como ya lo experimentase un caballero de triste figura, hay libros que nos mueven a la acción, en tanto cuentan mundos que quisiéramos atrapar de una manera más concreta, al punto de inducirnos a visitar lugares que ya conocemos a través de palabras mágicas, de imágenes que vienen de un tiempo anterior a la lengua. Así, pues, como un quijote amazónico, Antonio se adentra al corazón de las verdes tinieblas en una aventura fílmica que no es otra cosa sino la constatación de que ese universo narrado por otros todavía existe; la diferencia estriba en que el ingenioso hidalgo sólo pudo encontrar un mundo caballeresco en su locura poética, mientras Dorado sí logra bordear el espinoso terreno de la leyenda en carne propia. 

El realizador caleño viajó al Apaporis armado de cámara, luces y micrófonos para contarnos esa aventura, pero lo hace llevando como equipaje un armazón de referencias culturales de nuestro tiempo, pues no podemos desprendernos de lo que somos. En ese sentido, para los que creyeron que esta era un película que por fin iba a darle la palabra a las tribus que habitan la ribera, siento decepcionarles, este es un documental preparado por un realizador mestizo que nos cuenta un viaje a la selva, en el que, como en toda historia de viaje, hay una transformación, un aprendizaje, una ruta odiséica de la que no se puede volver sin cicatrices en alguna parte del ser; pero como el viajero y el espectador no son tábulas rasas, la película se construye como un encadenamiento de signos de la contemporaneidad, en tanto es imposible entrar al Amazonas desprovisto de la enciclopedia simbólica occidental. 

Así como los cronistas de Indias adaptaron el mundo concreto que descubrían a una serie de imaginarios que orientaban su visión, sus sueños y sus búsquedas, Antonio Dorado también lee ese espacio y nos lo transmite en diálogo con esa semántica de las tierras voraginosas que contasen fray Gaspar de Carvajal, Humboldt, Rivera, Cassement, Molano o Castro Caycedo. El Amazonas funciona como un cronotopo literario, un espacio-tiempo colmado de asociaciones naturalizadas, de tal forma que su mitología está presente a lo largo y ancho del documental. La selva se asocia a nativos virginales, caucherías, jaguares, anacondas, curare, cocaína, conflicto, yagé o canibalismo, por lo que sigue siendo el espacio donde se oye “el chasquido de la mandíbula, que devora con temor de ser devorada”, como poéticamente dijese José Eustasio.

El documental desmitifica ciertas lecturas convencionales, pero también incurre en otras como la insistencia en presentar el mundo del salvaje como el espacio de la magia, lo que implica que no puede escapar del círculo hermenéutico del salvajismo, el universo del mythos que se antepone al del logos sin renunciar a lo que Sontag llama “la vertiginosa atracción moderna por lo ajeno”[i]; aunque se diría que su apuesta última está en darnos una visión personal de un cosmos que a pesar de pertenecer a la patria se inscribe en nuestra aldea visual desde la experiencia televisiva de Discovery Channel o National Geographics. El espacio amazónico está tan contaminado de celuloide y tinta que es imposible contarlo como si nadie lo hubiese visto antes, pues sabemos que no hay nada nuevo bajo los árboles. Sus imágenes son antiguas, mitologizadas, filmadas y reproducidas en todos los formatos, al punto que lo verdaderamente nuevo en Apaporis es la mirada del realizador. Bienaventurado Robert Flaherty que pudo filmar el génesis visual de los mundos aborígenes, pues actualmente la novedad ya no radica en el tema tratado, sino en el ojo que lo filma, un paso de lo objetivo a lo subjetivo, al punto que lo bueno de este documental es que lo haga un hombre que se llama Antonio Dorado, y no Pirry o Michael Moore.

De otra parte, Apaporis es el relato de una búsqueda. El documental funciona como una pesquisa antropológica. Antonio viaja a la selva con imágenes ampliadas de las fotografías que se tomó Schultes en la década del cuarenta con los nativos. Allí en esas imágenes, que retratan a unos hombres de una esfera adánica, el botánico norteamericano es inconfundible entre los rostros curtidos de monte, las sonrisas confiadas, los cuerpos atléticos y la belleza de clorofila de los indígenas. Sin embargo, observando este tipo de imágenes etnográficas siempre nos queda el agujero incoloro de la presencia del Otro. Las miradas de los aborígenes nos enfrentan desde un lugar de la innominación, parecen atravesar la piel de la foto para contarnos una existencia que se escapa por las costuras de su visualidad. Schultes, el hombre blanco, es mundialmente conocido, pero se sabe muy poco de sus acompañantes, como si no importaran, como si fueran parte del paisaje. Surge, entonces, la inquietud por el Otro y es eso lo que motiva la indagación río arriba. Dorado viaja con las fotografías que enseña a todo el que se cruza. Su búsqueda es impaciente, pero parece que el olvido ha ido tiñendo con una pátina de tiempo la memoria de esos ancestros de los actuales nativos. Es como si la manigua se hubiese tragado esos rostros del paraíso. 

Yo me atrevo a  afirmar que esa búsqueda de unos hombres, compatriotas nuestros, tragados por el tiempo, tan perdidos en nuestros registros nacionales, como Arturo Cova al final de La Vorágine, es el componente ético, estético y étnico, que llena de sentido y vida al documental. Schultes quizá no se preocupó por preservar para la posteridad la identidad de aquellos indígenas. Los fotografió en la plenitud de su belleza salvaje, pero su acercamiento visual pasaba por el ojo del explorador blanco que retrata un mundo amenazado, más interesado en preservar una estética del cataclismo que la humanidad de esas personas. Schultes se preocupó por registrar más de doscientos nuevas especies botánicas, que constituyeron verdaderos descubrimientos para la ciencia de su tiempo, pero dejó un espacio en blanco en sus diarios de campo en el que deberían aparecer registrados siquiera los nombres de aquellos nativos con los que convivió tanto tiempo. Es entonces que la lucha por la memoria de los invisibles, aquellos que viven en la espalda del mundo, adquiere pleno sentido. Dorado va a la selva a rescatar a unos compatriotas secuestrados por la historia, la suya es una misión humanitaria casi solitaria, sin las estridencias de las operaciones comandos; pero ese gesto suyo tan hermoso vale toda la película. De hecho, el momento más emocionante del filme es aquél en que un sobreviviente de tiempos remotos puede bautizar para la cámara a esos espectros del pasado que como fantasmas del monte nos han acompañado en la travesía. Así pues, Antonio ha saldado una deuda de más de medio siglo con aquellas comunidades y le ha arrebatado una astilla de memoria al olvido.

Apaporis también es, finalmente, el relato de un fracaso. La desilusión se apodera de nosotros cuando comprobamos una vez más que el universo cosmogónico de los nativos es intraducible en imágenes. El director nos muestra una serie de postales de las comunidades, entrevista a unos cuantos chamanes, acompaña a los aborígenes en la preparación del curare, en el trabajo de la chacra o en la cacería, incluso ellos escenifican algunos de sus ritos ancestrales ante la cámara; sin embargo, la esencia profunda de su cultura se hace inaprensible, incomunicable. Una voz en off  nos cuenta las impresiones del viajero, pero no logramos penetrar la identidad de lo Otro. El indígena es filmado con esmero y gracia, nos enseña su presencia atlética, unas manos, un cuerpo cosificado por el lente, unas palabras atrapadas en el magnetófono; pero la vida profunda de las comunidades, su relación con la trascendencia, el patrimonio intangible de su cultura sigue estando en el lugar de la no-imagen. El Otro no se puede contar si no es desde sus códigos y ya sabemos que el cine es un arte occidental. El armazón cultural de los pueblos del Apaporis se expresa en formas del lenguaje que han germinado durante generaciones entre las hojas y el vapor de agua, pero ello es infilmable, de tal forma que las imágenes que la cámara atrapa al vuelo no son más sino un pálido reflejo de un cosmos preñado de arcanos silvestres. 

Hay una escena en la que Antonio Dorado saborea los mojojoys ofrecidos por los nativos, luego mira a la cámara y nos dice que este alimento “sabe como a maní”. En ese “como”, conjunción que articula un símil cultural, radica todo el ejercicio audiovisual de la película. Es decir, tenemos un documental que intenta traducirnos un universo mítico amenazado por el inexorable empuje del hombre blanco en el que cada una de sus secuencias funciona como portadora de ese “como”. Vemos a los indígenas “como” nos los imaginamos, pero su esencia no está en la imagen. Observamos el río “como” lo atrapa la cámara pero su significado profundamente ancestral se desborda por los rápidos del Jirijirimo. Seguimos a Dorado en su aventura “como” sus compañeros de viaje, pero debemos recordar que nuestro lugar es el silente mundo acolchado de la sala de cine. Vemos muchas cosas, incluso a un cazador que devuelve la vida a una paloma frente a la cámara “como” si observáramos un milagro, pero la oscura naturaleza de lo trascendental, la noria en que se tasa la vida y la muerte en la selva, el terreno por el que divagan los espíritus del jaguar y la anaconda no se pueden filmar, al punto que uno descubre que más allá de un alegato por la preservación de la riqueza cultural de unos pueblos, el documental no nos puede contar cómo es esa riqueza. Y esta bien que así sea, pues el misterio aunque perceptible a los ojos, es incomprensible a la razón.

La cámara no puede apresar más allá de lo objetivo, con lo cual evita aquello que no puede contener, en ese sentido, lo que en un principio se propone como un viaje al corazón del Apaporis no es más que una colección de retazos, sombras, cantos entonados con el ritmo profundo de la tierra, en ese límite en que la sustancia viva se vuelve materia de eternidad, por lo que el documental deviene en una river-movie imposible, sus imágenes danzan en un movimiento satelital en torno al Otro, pero no iluminan más allá de la superficie. El relato se hace paisaje o cuerpo, pero no puede traspasar la fisicidad óptica del video. El Otro sigue siendo el Otro, inaprensible, inabarcable, inalienable. Nuestra fascinación por el Otro, compartida por Dorado, se torna en una búsqueda de lo absoluto, un esfuerzo sincero y vano por tratar de atrapar lo inalcanzable, pues, como alguna vez afirmase Levinas, en el Otro siempre hay una excedencia de su ser. La otredad es lo que no se puede filmar, aquello sobre lo cual “no puedo poder”[ii], por ello el documental, que se anuncia como un viaje en busca del Otro debe derivar obligatoriamente hacia la búsqueda del mismo. Más que del objeto-indio, Apaporis nos habla de un sujeto-director que quisiera asumir la vocería de los aborígenes –cosa que plantea en algún caserío por el que pasa- pero que termina hablando de sí mismo y también de nosotros, siempre fascinados por el salvaje, pues como sostiene Roger Bartra, el salvaje que puebla toda las fantasmagorías occidentales no es más sino un mito del logos europeo para validarse a sí mismo[iii]. 

En ese sentido, ese salvaje que aparece en Apaporis es un hombre europeo, en tanto la otredad que la cámara filma “es independiente del conocimiento de los otros”[iv], pues –parafraseando al mismo autor- remite a una estructura conceptual-cinemática que sirve más para explicar o criticar las peculiaridades de la civilización moderna, que para comprender a los otros pueblos, a las culturas no occidentales. Así, pues, en consecuencia con una tesis de Susan Sontag sobre el antropólogo como héroe, tras los pasos de los misioneros, “vinieron los humanistas seglares, imparciales, respetuosos, que no fueron a vender a Cristo a los nativos, sino a predicar, una vez de regreso en su mundo, razón, tolerancia y pluralismo cultural a los públicos literarios burgueses”[v], y es evidente que la película está hecha por un realizador humanista para nosotros los espectadores mestizos que rezamos en español y asistimos a las salas a atiborrarnos de crispetas y coca-cola.

Finalmente, termino de ver la película esperando que alguna vez pueda conocer ese río, síntoma inequívoco de los peligros de la cinefilia; que algún día le podamos poner nombre a todos los invisibles de nuestra historia, y que, tal vez, llegue un tiempo en que los indígenas puedan contarnos su mundo desde una mirada propia hecha cine, pero mientras eso pasa, Apaporis es una película hermosa, necesaria y urgente.



[i] SONTAG, S. (1984). Contra la interpretación y otros ensayos. Trad. Horacio Vásquez Rial. Seix Barral. Barcelona. Pp. 106.
[ii] LEVINAS, E. (1977). Totalidad e Infinito. Ensayo sobre la exterioridad. Sígueme. Salamanca. Pp. 63.
[iii] BARTRA, R. (2000 - 2001). “El mito del salvaje” en Ciencias. No. 60-61. UNAM. México. Pp. 88-96.
[iv] Ibíd. Pp. 89.
[v] Ibíd. Pp. 112.

jueves, 23 de febrero de 2012

A llorar al mono de la pila

Ya salieron los resultados de los exámenes para alcaldes locales y las voces de protesta no han dejado de escucharse. Como es obvio suponer, ellas vienen de quienes no aprobaron el susodicho requisito para entrar en carrera olímpica por estos veinte puestos del poder en la Ciudad. Las amenazas de demandas vienen de todo el espectro político distrital, al punto que sólo hace falta que Petro olvide que ahora él es el ejecutivo y también salga a denunciar posibles arreglos. Porque eso sí, todo el mundo dice que en Colombia la justicia no funciona, pero aún así, ese mismo mundo de gente son los que demandan por todo. Con razón ya no hay lugar en los despachos para tanta lamentación judicial.

Ahora bien, El Espectador recoge la denuncia del concejal Javier Palacio (de la U y vinculado al carrusel de la contratación distrital) quien dice que se vendió el 20% del examen, que según él correspondían a la comprensión de lectura de un texto seudofilosófico de Fernando Savater. También dice que se pagaron diez millones de pesos por esas veinte respuetas. De por sí la noticia es curiosa por varias razones: primero ¿cómo es posible que se venda sólo el 20% de un examen, pudiéndose vender completo? ¿Quién paga toda esa plata por solo veinte preguntas correctas cuando necesita mínimo setenta para pasar? Si todo el mundo compró el examen ¿por qué sólo lo pasaron el 10%, un poco más del 7% de hace tres años? ¿Por qué se negociaron las preguntas de filosofía y no las otras? ¿Valen diez millones las inquietudes filosóficas de un pensador tan venido a menos como Savater? ¿Por qué el español y no Derrida, Delleuze, Zizek o Habermas que tienen más cartel? Averigüelo Vargas Lleras, porque está visto que Sherlock Holmes anda en otro viaje.

Mi humilde opinión es que detrás de todo esto se esconde un elemento central del debate sobre nuestra forma de concebir la educación, las capacidades y el saber. Todavía no hemos erradicado de nuestras cabezas la falsa idea que la capacidad de gobernar y el saber individual están ligados a la memorización de leyes y a los títulos que pueda mostrar un candidato a cualquier cosa, así como a los generales se les  piden charreteras y soles de todos los colores. Antes del examen las apuestas jugaban a favor de quienes llegaban con una formación académica seria que abaniqueaban las “pollas” con cartones de todas las universidades; o los viejos zorros de la política local que se las saben todas en términos de clientela. Y los grupos de ediles se jugaban su futuro político en la aspiración de que sus pupilos pasaran a la siguiente etapa. Pero me parece que para gobernar bien sólo se precisa saber tomar decisiones y tener una ética a prueba de balas, y ninguna de esas dos cosas la enseñan en alguna facultad. Eso es tan cierto que a ninguno de los más de dos mil aspirantes se le exigía un cierto nivel académico o título en una cierta rama del saber. 

Así, pues, cuando parecía que todo estaba arreglado se atravesó la Universidad Nacional, que debe ser la institución más seria en procesos de admisión, la de más bajos índices de admitidos en relación al número total de aspirantes y para la que  -con excepción de disciplinas artísticas- no se exigen otras pruebas de ingreso; al punto que sus procesos son menos manipulables, por lo que nunca se ha rumorado, siquiera, que sus exámenes se vendan en la esquina o que sólo los pasan los hijos de papi que los pueden comprar. Por lo cual me parece que intentar manchar el nombre de la Universidad Nacional en un supuesto fraude procesal no puede ser más sino otra argucia de la derecha que insiste en acabar el alma mater, la que según ellos sólo es un nido de guerrilleros.

El examen que le hicieron a los candidatos es similar al de ingreso a la UN. Yo pasé dos veces ese examen en igual número de circunstancias. Una vez a ingeniería civil y otra a literatura, y puedo decir que me parece el examen más justo y democrático de los habidos en esta tierra de la uchuva. Allí todos juegan en las mismas condiciones, y lo que es igual para todos, no es ventaja para nadie. Es verdad que se presentan 60.000 y pasan 5.000 estudiantes por semestre, un resultado similar en términos de porcentajes al de esta consulta; pero la Universidad no repara en si esos 5.000 son sobrinos de los cuatro cacaos de la economía nacional, o simples muchachitos de algún pueblo perdido en la serranía de la Macuira. Esa es una forma radical de entender la igualdad, pero no se presta a engaños. Así mismo, en este proceso, a quienes pasaron no se les preguntó si se habían presentado con carta de aval de un edil, de un concejal, del primo de Petro o simplemente por el hecho de ser ciudadanos, no estar inhabilitados, vivir en Bogotá y aspirar libremente a ejercer el utópico derecho de ser elegidos. 

Ahora bien, todo esto tiene que ver con nuestra forma de concebir la democracia. Hace mucho tiempo nos convencieron que una persona de a pie no puede meterse en política si no tiene plata para hacer una campaña, o si no tiene un padrino que lo respalde. Eso del derecho a elegir y ser elegidos es un simple verso que se repite sin sentido. Política es sinónimo de dinero, al punto que lo segundo es requisito de lo primero, por lo cual no es raro que todos los arribistas quieran jugar en la arena electoral. Pero, esta lógica de elección de alcaldes locales riñe con esa forma tan nuestra del clientelismo. Si los ejecutivos locales se eligieran por voto popular, las campañas no bajarían de los trescientos millones de pesos, y ¿Cuántos ciudadanos podrían darse ese lujo? Pero un proceso en el que cualquiera se puede inscribir con unos requisitos mínimos abre un boquete en nuestra democracia representativa y, hasta cierto punto, por ese intersticio se pueden colar en el poder personas que de otra manera no podrían hacerlo. Yo celebro que eso suceda. Me emociona que amigos, vecinos, profesionales de los territorios, quieran ser alcaldes de la localidad en la que han vivido y a la que conocen como nadie. Ese sueño no nos lo pueden robar.

Y después que todos se inscriben, aparece un examen que mide la capacidad de los candidatos de pensar lógicamente, de comprender relaciones entre fenómenos, porcentajes, razones de cambio o, simplemente, de entender lo que leen. Eso es lo mínimo que debe saber hacer un alcalde y si una persona no es capaz de tomar la decisión correcta en un ejercicio de simulación a partir de una información dada, mucho menos lo podrá hacer en un ejercicio real de poder. Lo contrario sería como permitir que a una persona que no ha pasado un examen de conducción se le expida un pase para manejar un vehículo, con el riesgo social que ello implica. Y no olvidemos que un alcalde es precisamente una especie de chofer que señala el rumbo de una localidad. Es en esta instancia donde se mide de una manera inobjetable quién está preparado para gobernar y quine no lo está, así esa persona sea un brillante profesional en su disciplina, pues está visto que el liderazgo y el buen ejercicio del poder no son dones distribuidos equitativamente entre los humanos.

Pero ahora resulta, que los resultados no fueron los que esperaba la clase amañada de la política distrital, que sus candidatos salieron chamuscados en muchas localidades, que se quedaron con los ases bajo la manga porque el juego venía trocado y ahora los ediles tendrán que elegir ternas entre ciudadanos que aún con muchas capacidades, en otras circunstancias, no tendrían la mínima posibilidad de ser alcaldes de su terruño. Es como si en un juego de dominó, alguien le hubiera dado un manotazo a la mesa y se hubieran confundido todas las fichas, no dejando otra alternativa que rebullir y jugar de nuevo. Ahora esto vuelve a empezar y las Juntas Administradoras Locales deberán tomarse en serio la tarea de escoger los mejores candidatos, entre los más capacitados. Un examen los puso en esa tarea. Y ese camino me parece que es el indicado. Así pues, si ya Platón creyó una vez en el rey-filósofo como alternativa a la simple democracia de las mayorías, yo también espero que los más capaces nos gobiernen, ya que los otros no pudieron siquiera pasar el examen. He dicho.

Coda: en Usme me emociona que personas como Cristina Nieto y Jorge Gamboa estén en la baraja de los seis aspirantes. Ellos, más otros profesionales, nacidos, criados y habitantes de esta tierra merecen ser alcaldes. ¿Si no son ellos quienes más? Y a los que perdieron su oportunidad no les quedará otro consuelo que ir a llorar al mono de la pila, como decían las abuelas.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Lágrimas de diablos y cocodrilos

A mitad de mi vida y atravesando una senda oscura, como dijera Dante, mucho antes que lo dantesco fuera un adjetivo sobrevalorado, recordé que mi mamá, repitiendo lo que debía ser un comercial de alguna emisora caribeña, nos decía insistentemente: “llora y tendrás que llorar solo, ríe y el mundo reirá contigo”. Durante mucho tiempo creí en lo irrefutable de esta sencilla verdad, sin embargo, en estos últimos días he pensado que lo que de verdad nos hermana son las lágrimas.

He visto gente reírse a hurtadillas, como escondiendo sus buenos recuerdos de la multitud que se agolpa en Transmilenio. También los hay que van con su chapa batiente como puertas abiertas a una alegría minoritaria. He visto algunos loquitos por las esquinas con una risa ya sin dientes, sin garra, sin contagio. Al punto que quizá la única risa que vale la pena es la que nace de la desdicha ajena y en eso Chaplin sigue siendo muy actual. 

En cambio, las lágrimas se han puesto de moda. Están en todas partes. Llora el bolillo porque le pega a la moza y lloran las feministas porque nadie le pega al bolillo. Lloran las columnistas en gavilla porque la fiscal se volvió a casar con un mal hombre, una especie de tinieblo que debe ser muy buen polvo para engatusar a la mujer encargada de repartir la justicia, que será lo único que siga repartiendo de ahora en adelante. Vargas Lleras llora por sus perros envenenados con saña en la ciudad de los perros. Llora Camilo Jiménez en El Tiempo y otros lloran por el mal tiempo. Lloran los alumnos de Camilo Jiménez porque sus profesores no los comprenden, ni siquiera pagándoles. Llora monseñor Ordóñez porque lo confunden con el humorista de “Ordóñese de la risa”. Y mejor no sigo con los refritos de la televisión chibchombiana, que debe ser el sumidero más grande de lágrimas de esta triste tierra.

Pero, en medio de esta ola de tropipop y kleenex, las únicas lágrimas que comparto son las de los seguidores del América de Cali. Aclaro que no soy hincha de los diablos rojos, lo cual elimina cualquier empatía futbolística con su desdicha. Como amante de la pelota, me importa un carajo, más allá del simple morbo de ver un estadio a moco tendido, que este equipo, otrora poderoso gracias a la plata de los narcos, ahora se vaya a jugar la copa del burro, es decir de la B. Sin embargo, me solidarizo con sus lágrimas cuando descubro en su pena eso que todos alguna vez hemos experimentado: que todo pierde sentido cuando descendemos al infierno. A pesar de que la literatura universal está llena de felices anábasis -palabrita griega pa’ descrestar lectores-, en la vida real y concreta de todos los días, las pérdidas de categoría son terribles, dolorosas y húmedas.

Amigos de la mechita, yo sé lo que significa jugar en la segunda división, pues mi vida es un largo inventario de derrotas que ameritaron largas temporadas en el infierno. A mí también una mujer me dijo que ya no me quería y me quise pegar un tiro con una escopeta, pero desistí porque nadie se suicida con un arma tan peligrosa. Yo también tuve que poner mi trompo de madera tallada para que los otros le cascaran a “amapolazos”. Muchas veces me tocó ver los partidos desde la banca eterna de suplentes, porque los técnicos no creían que, como Aristizábal, yo fuera el segundo mejor jugador del mundo sin la pelota. Yo también soporté que las chicas más lindas del curso siempre se fueran con los idiotas, mientras les pintaba giordanos lacrimosos y trataba de mostrarles dónde quedaba la osa mayor en el cielo estrellado. A mí también me declararon en bancarrota en todas las parrandas de mi infancia, condenado a mirar desde la puerta cómo era que se bailaba la sopa de caracol o el meneíto. En incontables ocasiones me tocó quedarme “la lleva” por no ser un diestro jugador o simplemente por no cantar a tiempo el “taco, taco la burra mocha y no juego más”, una especie de mantra con la que los de mi generación se retiraban a salvo del popular pasatiempo. A mí también el niño dios no me quiso traer el carrito de latón que con tanto esmero le pedí durante tres navidades consecutivas. En fin, yo también tuve que abrir un blog de segunda para jugar en el torneo de ascenso de las letras capitalinas, lo que para un negrito chocoano debe ser como alinearse en el hexagonal del Olaya.

Ahora bien, de cada triste ocasión en que me fui para la segunda división sólo me quedaron las lágrimas, el gimoteo y la cabeza gacha. Por eso comparto su llanto, último refugio de los que nos creemos derrotados sin remedio por la vida.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Esto no es Esparta, esto es Junior

En el año 1988 mi madre casi se muere de un problema de vesícula biliar. La llevaron a Barranquilla y la operaron en el Hospital Universitario. De regreso de Curramba, el único regalo que me trajo fue un periódico El Heraldo, en cuya sección de deportes aparecía alguna noticia del Atlético Junior, con una foto de un veterano defensor llamado Alfredo Doria con esa camiseta blanca de rayas rojas gruesas y un anuncio de Olímpica, una camiseta que me iba a marcar toda la vida. Contrario a la fiebre por Nacional y América que invadió a mis primos a finales del ochenta, yo le entregué el corazón al equipo tiburón sin remedio. Pero fue en el año 1991 cuando el amor se me volvió pasión y el alma de hincha fue creciendo con cada uno de los treinta goles que marcó el bombardero Valenciano esa temporada, con cada tapada de Chepe María Paso, con el dribling endemoniado de Pachequito que yo quería imitar dejándome las medias por encima de las rodillas. Ese año el tiburón fue tercero, superado en la final por un Nacional pletórico de estrellas: Escobar, el chontico, Perea, Asprilla, el bendito y compañía, América tuvo el subcampeonato, pero el Junior me ganó la final de la vida. Luego llegó el año 1993 y el equipo se armó con todo. Trajeron al hombre de los rizos de oro, al niche Guerrero que se atragantó de goles, devolvieron al gordo Valenciano de Italia y en el último partido de esa final, en el último segundo de ese clásico contra los diablos rojos, cuando ya Medellín daba la vuelta en el Atanasio, surgió la magia del hombre de la melena, la tocó despacito a un lado, Mckenzie venía de atrás, dejó regado a Córdoba en el piso y la emboquilló para darme una de las alegrías más grandes de mi vida. Ese año me hice grande de un solo golpe, en Chimila mataron a mi tío Cesar mientras el equipo le metía tres goles al Pereira, pero al final el Atlético Junior me regaló un estrella para adornar su tumba.
Nunca he entrado al Metropolitano, sólo lo he visto desde afuera, pero se diría que lo conozco de memoria viéndolo en televisión, con su majestuosidad y sus crías de lechuzas. En ese estadio se han jugado muchas horas de mi vida. He celebrado las mejores páginas que ha escrito el equipo en el Gigante de la Ciudadela. Y he llorado las derrotas amargas como aquella de la final contra un Caldas que nos arrebató una estrella casi segura. Mi fanatismo se limita al fútbol en la radio, a la televisión y ahora al Internet. Reconozco en mi memoria las voces de Mike Fajardo, Hugo Illera, el gran Fabio Poveda, pero sobre ellas la del negro Perea que bautizó al equipo con el único remoquete que lo identifican sus hinchas diseminados por el mundo: “tu papá”, que más que una consigna de superioridad es la prueba de un amor filial por un equipo con noventa años de tradición, dueño indiscutido del corazón de la mayoría de costeños, que hace que ese amor no permita que en una ciudad como La Arenosa pueda sobrevivir un rival de patio. Narradores de goles imposibles y portadores del amor por una camiseta que vale lo que una vida cantando un himno que grabara primero Pacho Galán, pero que se renueva cada que el equipo vuelve a estar en finales, esa que dice después de un coro de silbatos eso de que “Barranquilla tiene que estar orgullosa de ese Junior bravo que toca y la toca....”, aunque la versión definitiva de ese canto la grabaron juntos esos dos monstruos que fueran Joe Arroyo y Rafael Orozco, hinchas acérrimos del tiburón.
Yo he visto a Papá en El campín unas cuantas veces, donde casi siempre nos va mal. Todavía recuerdo una triste tarde en que acompañado de una amiga, fanática del azul, todo el estadio nos coreaba “se van para la B, se van para la B”. Ese domingo perdimos y estábamos a nueve puntos del Pereira en la lucha por no descender, pero esa tarde asumía las riendas del equipo Julio peloe’burra Comesaña, quien nos salvaría de un descenso inminente y recuperaría la fe en un equipo que parecía condenado a trasegar por las canchas siendo una sombra de lo que había sido, uno de los grandes. Y volví el año pasado, fui con Joana a quién he tratado en vano de enseñarle por qué amo a esta insignia, que ha sido una patria allá donde me han llevado las piernas. Era la final contra Equidad y llovió toda la tarde. Al final perdimos como siempre, pero daba una emoción muy grande ver a ese estadio colmado de camisetas rojiblancas, perderse en una marejada de costeños que alentaban incansables desde la tribuna y sentir por un momento que no estaba tan solo en el mundo. Finalmente, el equipo revirtió la derrota en Barranquilla y bordó una nueva estrella en una camiseta que pesa cada vez más.
Pasan los años y en mi cronología de recuerdos el equipo va llenando de pequeñas hazañas la memoria. Tengo vivas las imágenes esa final del 93, sin duda una de las tardes más gloriosas del equipo, después de haber remontado unos días antes un 3-0 de un primer tiempo en el Atanasio contra el verde, para trocarlo por un 3-3 en el segundo tiempo, una tarde que el pibe se puso la camiseta de goleador. Revolotean por mi recuerdo las postales de aquella semifinal de Copa Libertadores cuando el Vélez Sarsfield que ganaría todo con Bianchi sólo nos pudo sacar en los penaltis y gracias a que Méndez erró el de la clasificación a la final. Tengo en la memoria la demostración de fútbol del 95, cuando el equipo quedó campeón en un torneo de medio año en que el gordo Valenciano metió la bobadita de veinticuatro goles en dieciséis partidos. Recuerdo el subcampeonato con Peluffo, el fantasma Ballesteros y el patuleco Arriaga del año 2.000, el subtítulo del 2003 de la mano de Miranovic y una camada juvenil de jugadores, que conquistarían la quinta estrella dos años después con la dirección del absurdo López y una final de infarto que terminó empatada 5-5 con Nacional en Medellín y que definió el torito de Becerril desde los doce pasos.  Luego vino un subtítulo con Comesaña y el título del año pasado con Umaña, Giovanni y Carlitos Bacca, un muchacho que no se cansa de sonreír y hacer goles. Por ello, después de la derrota con Millonarios el domingo pasado no me eché a llorar como posiblemente harían muchos hinchas en todo el mundo, más seguía esperanzado. Estuve imaginando tres días cómo sería la remontada, quienes sus autores, de qué factura los goles. Sabía que habría un gol en los primeros quince minutos, tal vez un remate fulminante del artillero de Puerto Colombia, tal vez una genialidad de Vladimir, o quizá una obra de arte de ese príncipe eterno nacido en Cali, pero amante de una camiseta a la que le ha entregado cuatro años de sudor y gloria. Así que dejé de preocuparme por la apuesta casada con el gato Martínez, me llevaba tres goles de diferencia, pero le notaba preocupado, tal vez previendo lo peor, “en Barranquilla es fregao” me dijo, y le respondí que estas son finales y que las finales se juegan a cara de perro.
Finalmente, llegó la hora del partido que vi en soledad. En estos momentos no soporto el sonido más leve de una mosca. No preciso comentaristas a mi lado, menos hinchas del equipo rival. Me torno irascible, violento, amargado, temperamental mientras rueda la pelota. Sé bien que mi sufrimiento no incide en el resultado, así que intento tener calma, pero es imposible. Se me revuelve el estómago, me sudan las manos, siento escalofrío, pero ahí voy a mi jornada de masoquismo consuetudinario.  Empieza el partido y aumenta esta agonía que sólo la calman los goles del tiburón. El primero es un pepazo de Valencia, un jugador resistido por la tribuna, pero que de a poco encuentra el camino de las redes contrarias. No van todavía quince minutos de juego y ya sé que el milagro es posible. Luego llega esa palomita fenomenal de Vladimir, un chiquillo nacido en Arauca que no creció de física desnutrición, pero que en su diminuto cuerpo tiene la magia de la que carecen millones de colombianos para jugar con la pelota. Vladimir tiene nombre de conde ruso, pero seguro será grande para nuestro fútbol. Y cierra la noche mágica el muchachito del millón de dólares, Giovanni con una jugada magistral, recibiendo el pase preciso de Carlos Bacca, enganchando a Ochoa en el área chica y definiendo con un toque sutil por entre las piernas del arquero rival. Lo demás fue puro trámite y ya no importaba si quedábamos fuera de la final en los penaltis, el equipo se había comportado con el heroísmo que el hincha espera, ya había cumplido su cita con la historia, ya había demostrado que esas seis estrellas de su cielo tiburón fueron tejidas pacientemente por todo un pueblo y que, al menos, por ello esta banda merecía respeto de quienes nos dieron por muertos, sin recordar que en la tierra de Joselito, la resurrección también hace parte del carnaval.
Ahora, justo después de escribir estas líneas, dormiré plácidamente, y seguiré soñando con goles del tiburón, como aquél viejo pescador que soñaba con leones en África. A lo mejor mañana tenga que revisar en los diarios para comprobar que fue cierta la gesta, que esto no es Esparta, que esto es Junior. Mientras voy cerrando los ojos, me viene el recuerdo de aquella infausta tarde en que todo un estadio nos coreó la pérdida de la categoría profesional y me siento vengado, alguna vez iba a ser y de la forma más dolorosa. Yo sé lo que se siente, pero así es el fútbol y así es la vida.

martes, 8 de noviembre de 2011

Terror para quedarse frío


El páramo es una película exitosa, fallida, engañosa e innecesaria.
La ópera prima de Jaime Osorio Márquez se propone como un ejercicio de terror a la colombiana que, apoyado en una agresiva campaña de prensa, convocó a más de 250.000 espectadores a las salas de cine en sus primeras tres semanas en cartelera. En ese sentido, lo primero que se le reconoce a sus realizadores es cierta capacidad para la mercadotecnia, pues logran vender una película como si de un producto de consumo familiar se tratase, algo de por sí complicado en el difícil escenario de la taquilla nacional, tan llena de enlatados, remakes y refritos hollywoodenses; pero sería un pecado confundir el éxito comercial de una película con su calidad cinematográfica, lo cual es otro cuento.
El páramo es desde todo punto de vista una película fallida. Si algo tienen los géneros cinematográficos, con sus códigos narrativos de por medio, es la capacidad para generar ciertas emociones en el espectador. En ese sentido, así como a una buena comedia se le pide que nos mueva a la risa, la única obligación de un filme de “terror” es que logre generarnos algún tipo de miedo, suspenso o escalofrío, por no hablar del horror en su forma más elevada; para lo cual el director debe saber contar su historia apelando a una serie de recursos que no por tradicionales dejan de ser efectivos. Sin embargo, la premisa básica del terror es que el uso de los recursos (música, fotografía, montaje o banda sonora) por sí sólo no basta, si detrás no hay una buena historia que sustente la película, que envuelva al espectador, que le genere un grado de empatía con los protagonistas y, de paso, le permita sentir como propio el miedo expresado en la pantalla. Y es allí donde radica el fracaso de El páramo, pues en ella no hay más sino una exposición de trucos ya conocidos; un inventario de golpes efectistas tan viejos como el cine mismo, imágenes vistas hasta la saciedad, pero ni una pizca de originalidad.
La película intenta contar la historia de un comando de rescate del Ejército que llega a una base de alta montaña donde parece que han ocurrido hechos terribles e inexplicables. Así narrado, el argumento nos deja una impresión de déja vu, porque ese cuento nos lo han contado muchas veces. El páramo, que intenta venderse como algo nunca visto, no es más sino un reencauche falto de toda originalidad de una larga lista de películas que partían de la premisa “misión de rescate enfrenta monstruos inesperados”. Sobre ese mismo principio, pero con más seso, se realizaron las muy recordadas Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott o Depredador de John McTiernan, de las que El Páramo copia escenas completas sin ninguna vergüenza; pero creo que si hay una película a la que plagia esta obra paramuna es a un filme gringo de serie B titulado El búnker (Dir. Rob Green) estrenado hace una década y que va de un grupo de soldados nazis que se refugian en un búnker donde se supone que existen fantasmas, pero en la que al final se autoaniquilan entre todos. Sin embargo, a esta mediocridad del guión, se le suman elementos que supuestamente le darían un toque colombiano: vemos a unos protagonistas de todos los colores (¿en qué película bélica gringa no salen un negro, un latino y un indio?), un escenario de niebla perpetua (puede ser Chechenia, Afganistán o Nepal), tenemos un afiche de un espejo partido (el non plus ultra de la originalidad, si estos afiches no se hubieran impuesto desde hace mucho tiempo, como ejemplo la muy reciente Mirrors) y un hombrecito acobardado que al final mata al más malo de la película (¿dónde hemos visto eso?), aunque no falta el que ha visto en El Páramo una crítica a la patología de los batallones de alta montaña, a la concepción del terrorista en el marco de la seguridad democrática, pero creo que eso ya es ir muy lejos, pues la película ni siquiera permite una reflexión sobre el conflicto colombiano, sino que termina planteando el manido discurso de que el hombre es un lobo para el hombre, principio que se manifiesta con mayor fuerza en  situaciones extremas. 

El Páramo es una película engañosa porque propone contar una historia de terror en un ambiente bélico, pero se extravía a mitad de camino y deriva hacia un relato de locura colectiva en la que vemos cómo la paranoia grupal termina generando una ola de violencia que lleva a que el comando se autoaniquile sin la mediación de ninguna fuerza externa. En ese sentido, pasada media hora, la película deja claro que no existe ninguna bruja a la cual temer, por lo estamos ante un mero relato de suspenso militarista sazonado con alguna escena gore, por demás innecesaria; pero, entonces, lo que uno no entiende es cómo, a pesar de lo evidente del cambio de rumbo, el director insiste en seguir mostrando todo con los mismos códigos del terror, siendo que ya es imposible generar algún susto en la platea. Llegado a este punto, los responsables del filme mienten cuando venden una película por una cosa y resulta otra; engañan al respetable cuando cambian las reglas de juego a mitad del filme y se engañan a sí mismos cuando quieren seguir generando terror apelando a las cartas marcadas que ya conoce el espectador; y vuelven a mentir en el plano ideológico cuando pretenden, al final, que nos identifiquemos con un soldadito pobre diablo, cuyo único mérito es ser un asesino con cargos de conciencia que quiere conocer a su hijo. No, pues ¡pobrecito!
Finalmente, El páramo es una película innecesaria porque ya no se le puede perdonar a un cine que se hace, en buena parte, con plata de todos los colombianos (unos quinientos paquetes de recursos públicos) que vuelva a contar lo ya contado, con la excusa barata de que esto no se había hecho en Colombia. Una película con un tufillo comercial que aborta la posibilidad de hacer cine bélico de verdad, enmascarando todo en el papel aluminio del terror, que encandila a muchos, pero que no señala ningún camino para la cinematografía nacional, sino más bien un retroceso al cine cutre de Jairo Pinilla, que al menos excusaba su bastardía en la carencia de recursos, o la apuesta mucho más interesante de Al final del espectro, de los hermanos Orozco, un producto sin más aspiraciones que el aprovechamiento del filón descubierto por el cine de terror oriental.
En ese sentido, si se observa El páramo en relación a las otras trece películas colombianas estrenadas este año, se comprenderá que ésta se ubica a mitad de tabla, nadando en aguas tranquilas, con la certeza de ser un producto sin ninguna otra aspiración que la de llenar los bolsillos de sus productores y tampoco vamos a decir que hacer platica sea un pecado. El problema es que desde esa perspectiva comparativista, se descubre con desazón que nuestro cine nacional, con las pocas excepciones que confirman la regla, se encamina a un modelo de producción industrial, en el que la calidad está medida por la tecnificación de los oficios y la respuesta de la taquilla, pero dejando de lado la tarea más arriesgada de construir un verdadero cine nacional que nos permita mirar desde nuestros ojos la complejidad de la situación colombiana.