miércoles, 10 de abril de 2013

¿Quo vadis, Báiz?



Roa, la nueva película de Andrés Báiz, termina con una secuencia que merece toda mi atención, en tanto que ilumina el espíritu general de la obra. Intentaré contarla tal como la he visto: Juan Roa Sierra, el supuesto asesino de Gaitán, ha sido linchado por la multitud y su cadáver desnudo aparece tendido a mitad de una gran escalinata. La imagen de este cuerpo ultrajado se muestra en una sola toma que inicia con un plano general filmado desde arriba y va descendiendo poco a poco, gracias a un movimiento de zoom, hacia el cadáver, hasta que reposa en un primer plano de su mano izquierda en la que aún tiene puesto un anillo ridículo. Pero eso no es todo, todavía hay más. Resulta que a nuestro director se le ocurrió la originalísima idea de presentar el cuerpo mancillado y desprovisto de vida apelando a una estética deudora de la serie de grabados titulada “Los desastres de la guerra” de Francisco Goya. Entonces, lo que tenemos es un ser humano convertido en un guiñapo que al señor Báiz le interesa que se vea hermoso, la cosa más bella jamás filmada. Es decir, para mí el problema no es tanto su falta de originalidad, pues el cine es un arte que existe en tanto canibaliza otras artes, sino la relación que en la secuencia descrita se establece entre la estética y la ética. 

El pintor español experimentó el horror de una guerra irregular que libraron millones de compatriotas para expulsar al invasor francés de su territorio, de tal manera que esta cercanía con la muerte no es solo un motivo pictórico. En su serie temática no se regodea en el horror, sino que presenta unos grabados desprovistos de color o artificios, en los que las líneas expresivas parecen trazadas con las uñas. Goya rehúye de cualquier estetización de la violencia, en ese sentido, sus cuerpos mutilados, cosificados por la fuerza irracional de la guerra, no son postales para la galería, sino signos de un horror sin nombre que el artista intenta conjurar. Cada obra recupera la humanidad de las víctimas en su retrato sin edulcorantes de la pasión de un pueblo por su libertad. Es ahí donde su arte establece una frontera insalvable con la pornografía. 

Por su parte, al cineasta colombiano no le interesa la humanidad de sus personajes, solo busca una belleza de bodegón en la que el hombre tendido representa una masa de carne magullada, generando una composición que hará las delicias de quienes creen que en el cine todo son formas, volúmenes y relaciones espaciales. Efectivamente, el director logra una toma que uno podría decir que es bella, si no fuera porque ha convertido a un hombre en un objeto decorativo. Vuelvo y lo repito: Andrés Báiz Ochoa, Andi para los amigos, cineasta colombiano solo por el hecho de haber nacido en Cali, comete la osadía de representar a un ser humano ya sin vida como si de una cosa se tratara, tal vez pensando que la belleza está por encima de cualquier valor. Esto se llama ABYECCIÓN con todas sus letras en mayúsculas.

El debate sobre la abyección cinematográfica lo libró la crítica francesa hace medio siglo a raíz del famoso travelling de Kapo, una película de Gillo Pontecorvo, pero es obvio que a nosotros todo nos llega tarde. En aquél tiempo un joven Jacques Rivette escribió que quien hiciese aquello que había hecho el cineasta italiano, sólo merecía “el más profundo desprecio”, y continuaba: “Hay cosas que no deben abordarse si no es con cierto temor y estremecimiento; la muerte es sin duda una de ellas”. Pues bien, esa misma apostasía es la que comete el director caleño, dando muestra de un sadismo gozoso que horrorizaría a los realizadores de Holocausto caníbal. Báiz espectaculariza el cuerpo inerte de Roa Sierra. Quizá piensa que en esa toma convierte al hombre martirizado por la turba en una “estatua” visual, un cuadro bello y siniestro, pero esa última secuencia, que bien pudo filmar de otra manera, dice más de él como persona que de su talento como realizador. Entonces uno está tentado a creer que para un joven de buena familia, no tocado por el horror de nuestra violencia epidémica, en tanto ha pasado mucho tiempo en un exilio “artístico” a medio camino entre París y Nueva York, el problema de la representación se reduce a un formalismo estetizante, banal y desideologizado.

La vileza audiovisual de Báiz, entonces, no radica en el qué, sino en el cómo. Su película no es arte, como los cuadros horripilantes de Goya, sino un artefacto kistch, que pretende copiar una estética legítima, pero que en su intento deja ver la impostura. Roa intenta ser bella, pero no es justa, como diría Serge Daney. El problema es que el director no filma con temor y temblor a un hombre muerto, tratando de salvar la justa distancia con el hecho violento, sino como si de un saco de patatas se tratase. La cámara, literalmente, ejerce como un falo visual que viola al cadáver, con lo cual el director ejerce una violencia simbólica donde antes ha actuado la violencia física. Y lo hace porque no siente ningún entusiasmo con lo que cuenta. Al realizador caleño parece no interesarle la tragedia del conflicto colombiano, sino sólo sus jueguitos pendejos con la cámara, así como la búsqueda inane de una belleza artificial y del aplauso cómplice de unos críticos arrodillados a sus trucos inmorales. 

Finalmente, podría extenderme un par de páginas más sobre los múltiples y evidentes fallos de la película en cuestión, pero como dijese Bartleby: “preferiría no hacerlo”. No se lo merece.

martes, 12 de febrero de 2013

Carta enviada a la Comunidad Surgente

Caracolicito, 12 de enero de 2013.

Compañeros y ñeras:

A petición de Alvaro y Llerly, quienes han asumido la tarea de echar a rodar el carreto de las “Escrituras públicas”, les escribo desde una distancia que, más allá de los atlas y las topografías, se siente muy próxima.

Hoy me levanté con el sol de la mañana, en tanto es imposible seguir durmiendo después que este despunta sobre unos cerros orientales que, aquí, corresponden  a las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta; pues la temperatura sube tanto y tan rápido que el calor se torna insoportable debajo de las sábanas. Así que salgo a otro de esos días azules del caribe colombiano, en que todo es cielo por la madrugada.

En la cocina, mi hermana Edilma ya tiene café preparado, mientras en la sartén se fríen las arepas del desayuno. A un costado de la casa, donde funciona un billar, ya está sonando a todo timbal el último disco de Martín Elías, uno de los muchos hijos del cacique de La Junta, que intenta seguirle los pasos al padre. Asimismo, afuera se siente la bullaranga matutina de un caserío en que todo es ruido, música, calor y polvo. 

Esta casa se levantó al margen de la carretera Panamericana, que pronto será la Ruta del sol, en un lugar en el que desembocan dos trochas que suben hacia la sierra; de tal manera que en un día sábado como hoy, el tráfico de carros, motos, jinetes, ganado, carretas y simples transeúntes es exagerado. Los pitos, el ruido de los motores, los gritos de los paisanos y la música que viene de todas partes se confunden en una amalgama de sonidos que emboba mis tímpanos. Es de anotar que sigo con una gripe mal cuidada y que en este lugar hace cuatro días no llega el agua. Un tubo tuvo la culpa de la aridez de estos tiempos. Así pues, lo mío es la sensación contradictoria de estar en un lugar que sueño en la distancia bogotana, pero que ahora me aturde con su sordidez de tierra caliente.

Ahora bien, les cuento estas cosas, que atañen al ámbito de mi experiencia más esencial, porque, en el fondo, la desubicación de esta mañana provinciana es la misma sensación que me ha perseguido mucho tiempo: la certeza de ya no pertenecer a un lugar en el mundo. Esa certidumbre de un exilio ab infinitum es el signo de caín que se ha fijado sobre la frente de los neoñeros. Por ello, ahora recuerdo esas primeras crónicas que desde la Gran Tenochtitlán nos remitía Jaime Barragán hace un tiempo, como una especie de evangelio generacional en que se reflejaba la odisea de toda un comunidad joven en constante desbandada. Más allá de las anécdotas relatadas y la mirada exotista de quien se enfrenta a una cultura ajena, lo que contenían las andanzas del neoñero era el estado de ánimo de toda una colectividad. En esos textos, que se publicaron a cuentagotas, fuimos tomando conciencia de que había un nexo histórico que enlazaba las experiencias individuales en un gran relato colectivo. La historia particular de Jaime era nuestra propia historia. 
  
En estos días tan cerca de mis raíces, pero tan lejos de mi nuevo hábitat paramuno, sigo experimentando esa sensación que enunciaba el camarada Barragán desde el D.F.  El neoñero navega entre dos aguas, pero no pertenece a ninguna. Somos ciudadanos fronterizos, entre el ayer y el mañana, nunca habitantes del presente. Entre la tradición popular de los padres y la cultura mediática del Gran Hermano. En ese sentido, nuestra lucha es por hallar un intersticio en el armazón social donde poder respirar con comodidad, una brecha entre el cardumen donde ser, sin doblar la cerviz, ni fundirse con los demás peces. Esa búsqueda desesperada de una tierra al este del Edén siempre conduce a la soledad. El neoñero se acostumbró a ser la oveja diferente, pero no conjuró el maleficio de la extrañeza frente a los propios, sino que profundizó en la brecha y en sus consecuencias, al punto que terminó reivindicando un nuevo orden, no necesariamente expandible a todo el rebaño. En ese sentido, sabe que lo suyo no es el camino del profeta, en tanto su verdad no tiene receta y vale, casi exclusivamente, para él solo.

El neoñero es hijo de la universalización del conocimiento y la cultura, o para decirlo de otro modo, es hijo del proyecto ilustrado. En su génesis proviene de familias populares. Su extracción es proletaria, pero de alguna manera vive la experiencia de San Pablo en el camino a Damasco. Sufre algún tipo de correspondencia epifánica que le lleva a romper con el proyecto de vida paterno. A partir de entonces, se queda solo en el mundo y tendrá que labrarse su propio camino. Sin embargo, a medida que avanza descubre que la soledad era aparente, que hay otros como él, y que los sueños que creía propios eran comunes a muchos de su generación. Así pues, su enfermedad no es epidémica, sino episódica. La epifanía no es general, ya que en su mayoría los hijos de los sectores populares prefieren amoldarse al modelo conocido, seguir el camino seguro, que siempre desemboca en la subordinación económica, política e ideológica.

Ahora bien, como cada neoñero ha renunciado a la porción de mundo que le correspondía como heredad paterna, debe labrar su propio campo. Es entonces que aprende a desconfiar de los sistemas, los pesos y las medidas. Construye su leyenda personal distanciándose del modelo familiar y eso implica una serie de riesgos, en tanto significa caminar sobre arenas movedizas, cuestionar el ideal de familia, los valores tradicionales, las relaciones de poder y, en últimas, el proyecto hegemónico de las clases dominantes. Ello conduce a que nuestro héroe deba repensarse su lugar en el mundo, encontrar un nuevo sentido para sus acciones, hacerse de herramientas diferentes, explorar otras tierras y, como en una escena de una película buñueliana, cortarse el cristal de las pupilas para ver de otra manera. Por supuesto, que el proceso es lento y no está exento de celadas, retrocesos y renuncias.   

Así, finalmente, cuando el neoñero ha superado el estado larvario, descubre que hay otros con los cuales puede sumar voluntades, construir proyectos colectivos o, simplemente, meterse a una rockola a echar pola y adelantar cuaderno. En ese estado superior, Gregorio Samsa ya ha aceptado que es un monstruoso insecto. Puede reírse de sí mismo, asumir una actitud crítica, no necesariamente combativa, frente al mundo y revalorar desde un lugar más tranquilo el acervo familiar al que antes había renunciado. En tanto, al cabo de los años, ha aprendido que no se puede desprender completamente de la vieja caparazón, que la esencia de lo popular sigue empozada en el alma, que el ascenso por las escalas del saber y la cultura, siempre conlleva un descenso a las páginas del álbum familiar. En ese sentido, el neoñero armoniza lo que es contraste y oposición, el folclor con la alta cultura, la telenovela con el cine de Bergman, Paquita la del barrio con Concha Wika, el guarapo con el whisky en las rocas, la lectura de Roberto Bolaño con las novelitas rosas de Corín Tellado o el caviar con la pelanga.  

Así pues, en estos días de parranda, comida y excesos, descubro en mí mismo a un habitante del mundo que desde su portátil escribe, en la canícula festiva del trópico, estas palabras para los camaradas neoñeros, convencido de que la frontera, el no-lugar y las zonas periféricas son esos escenarios donde todavía podemos construir otro mundo posible.

Un abrazo currucuchumbambero;

Fito Celis.


viernes, 25 de mayo de 2012

Balada de un festival imaginado


Nunca he estado en el paraíso de las imágenes. Mis ojos, vigías horadantes, no conocen la única playa del cielo a la que, año tras año, las mareas arrastran lo mejor del cine mundial, los directores que de verdad valen la pena, la ambrosía de los dioses que escriben su mitología en celuloide. Cannes está muy lejos de mis ojos, sin embargo puedo imaginar los naufragios felices en su arena.

De las tierras bañadas por el Danubio, vuelve Michael Haneke a la carga con una historia de amor senil protagonizada por Emannuelle Riva, aquella francesa perdida en las ruinas atómicas de Hiroshima mon amour, junto al octogenario Jean-Francois Trintignat, uno de esos actores que hemos visto envejecer de película en película. El tercer vértice del triángulo lo conforma Isabelle Huppert, esa profesora de piano que con un mínimo gesto transmite un estado del alma. Haneke barrió hace tres años con La cinta blanca, un filme escoba que rasga la mirada con sus imágenes de lija, una puñalada visual, una inmersión sin escafandra en el problema del mal. Así que la expectativa no puede ser mayor. Sus acciones cotizan muy alto. ¿Qué conejo saltará de su sombrero mágico? 

Y de la rivera más cercana, retorna Alain Resnais que se resiste a la muerte y al olvido con una película que se titula algo así como No has visto nada en la que, si le creemos a las reseñas que llegan de la otra orilla, se mezclan magistralmente el teatro y el cine. Un canto de amor a la tragedia griega, a unos actores que son ellos mismos y a la herencia de Melies y los Lumiére. Resnais es el cine en mayúsculas y con erre de Rebeldía. Nunca se afilió a ninguna corriente, ni partido, aun cuando compartió efervescencias con la Nueva Ola. Los suyo es el magisterio del arte sin velos, ni cortapisas. Es uno de esos viejos pistoleros que siempre se guardan una bala para el final. Y pareciese que vuelve a Cannes a despedirse, a cerrar un ciclo empezado hace más de cuatro décadas cuando frente a la tragedia de la bomba y el amor, un japonés le repetía a su amante en Hiroshima: “No has visto nada”. Estoy por creer que un premio a estas alturas se queda pequeño para su talante. Una palma ya no agrega nada a su corona de laurel.

Cruzando el anchuroso Atlántico, desemboca en la alfombra roja Carlos Reygadas con su nueva película: Post Tenebras Lux, sin duda otra trampa de cazar ojos tendida por el director mexicano más radical de los últimos tiempos. De todos los tiempos, si excluimos a Buñuel. Este enfant terrible, amado en Francia, entre sus paisanos cultiva el milagro del desprecio colectivo. Y lo odian porque no lo comprenden. Pero ¿cómo entender a un cineasta que traduce a Trakovski y Dreyer en clave tercermundista? ¿Cómo hablar hoy de fe, resurrección, milagros y totalidad? ¿Cómo filmar con las lentes en cruz y el vade retro impreso en la claqueta para evitar la tentación de los amores perros? En una tierra de extremismos, Reygadas es el capo de las salas, espanta a los fieles con sus imágenes de la belleza, como si de una performance de la muerte se tratase. En sus tres incursiones a la costa mediterránea nunca regresó con las manos vacías y ya se sabe que en Cannes las palmas se ganan por puntos, nunca por nocaut. 

Jacques Audiard viene con sangre en los ojos. El ángel de la gloria le tocó el hombro cuando trajo El profeta, se aferró a su encanto un momento, escuchó el restallar de los aplausos, pero siguió de largo dejándole alguno de esos premios de consuelo y en la boca el sabor amargo de lo que se creía casi seguro. Pero ahora lo intenta de nuevo. Sus películas precedentes avalan sus aspiraciones. Está naciendo un astro en el horizonte del cine francés que no tuesta palomitas para artistas, ni rinde homenajes facilones al cine gringo. Audiard –como Dumont, Kechiche, Guediguian, Cantet o Beauvois- es el futuro del cine francés. Encanta y sorprende por partes iguales. Sólo se espera que las señales no sean equívocas y que aquél profeta no sea una simple voz en el desierto.

De Latinoamérica regresa Walter Salles, uno de esos directores inclasificables. Su obra es irregular, puede filmar una pequeña joya como Línea de pase o volcarse en un esperpento hollywoodense como el remake de Dark Water, una floja cinta de terror japonés. Salles se despacha con una adaptación de “On the road”, la novela culmen de la generación beatnik. Veremos cómo salva su acercamiento a Kerouac, aunque tratándose de viajes, Salles es un seguro autoestopista del cine. Junto a Carlos Sorín, debe ser el director con más kilómetros de camino filmado. Seguro le lloverán críticas de los fieles, le tacharán de hereje, pero ya sabemos que al brasilero le gusta chamuscarse cuando apuesta por el cine en serio, como aquella vez que desmitificó la imagen del Ché en sus Diarios de motocicleta. Sin duda tiene la mejor plataforma para reflotar su carrera como un heredero digno de Glauber Rocha, aunque su estética ya no sea la del hambre, sino la del lulismo fílmico en ascenso. Ojalá no desaproveche esta opción. Es ahora o nunca.

Desde los mares vikingos, vuelve Thomas Vintenberg, uno de los supervivientes del Cine Dogma. Quizá el único que salió vivo de aquella celada cinefílica. Le costó más de una década demostrar que lo suyo iba más allá del agujero negro abierto por su apuesta iconoclasta, en la que quedó atrapado sin remedio su compañero-jefe Lars von Trier, enfermo de algún tipo de megalomanía. Este joven director ya demostró que además de espantar públicos burgueses con La celebración, una palma de oro merecida, podía contar buenas historias; en tanto sus recientes películas, como Dear Wendy, hablan de su buen pulso detrás de la cámara. Volcado en un cine de corte más clásico, después del experimentalismo dogmático, su mirada se asienta a la sombra de una cinematografía nacional en la que Dreyer y Kierkegaard actúan como faros guía.

El ejército persa vuelve a asolar las playas galas. Abbas Kiarostami, como un Jerjes contemporáneo, ha comandado la conquista iraní de la alfombra roja. En un tiempo en el que nada sabíamos de Irán, más allá de las referencias perversas sobre la revolución islámica, Kiarostami nos enamoró con sus pequeñas historias. Todos fuimos a la búsqueda de la casa de nuestros amigos, dejamos que el viento nos llevara probando el sabor de las cerezas a través de los olivos. Su cine atravesó los noventa dejando una estela de fuego en el callejón de las termópilas de la imagen global. Le siguió una generación dorada proveniente de aquellas tierras (Majidi, Gobhadi, Mafmalbakh o Panahi), pero cuando ellos llegaron donde el viejo capitán había dejado el testigo, este se había marchado, enfundado en sus gafas negras, escrutando otros horizontes. Lo suyo se tornó un experimentalismo formal que vino a su encuentro mediado el nuevo siglo. Ahora sorprende con una película rodada en Japón (Like someone in love) en homenaje a los viejos maestros insulares de los que aprendió tanto. Ya sabíamos que amaba a Ozu hasta el delirio, al punto de dedicarle más que una película (Five), un ejercicio de vanguardia. ¡Hay moro en la costa!   

Otro que arriba de lejanas tierras es el canadiense David Cronenberg, el más visceral, kafkiano y surrealista de los directores contemporáneos. Siempre bordeando el cine comercial, se las ha ingeniado para filmar el malestar de la cultura occidental, alejándose del drama psicológico y escrutando eso que llamamos “cuerpo”. Lo suyo es la fisiología elevada a imagen fílmica. Es el anatomista de los nuevos tiempos. En cada película suya hay un hombre que amanece convertido en un monstruoso insecto, alguien que debe arrastrar su organismo por la pantalla como un caracol con su carga inútil y total. En los últimos años filmó Una historia de violencia y muchos dijeron que había cambiado, que se había vendido al cine-arte, un reproche absurdo para alguien que sabe comercializar bien su piel; pero no creo en ese cambio, pues en el fondo sigue con su escalpelo bien afilado, dispuesto siempre a mirar qué se esconde debajo de la epidermis.

Y despojado del exotismo de hace tiempo, vuelve el rumano Cristian Mungiu. Ya se llevó la palma con 4 meses, 3 semanas, 2 días, un drama abortivo muy bressoniano, y ahora intenta reverdecer su gloria. En aquél entonces se dijo que de las tierras transilvanas venía la renovación del cine europeo, que Mungiu era sólo la punta de un iceberg enorme, pero quizá aquello no fue más sino una casualidad histórica, amplificada por una crítica que desde sus gavias imagina tierra firme cada tanto. El tiempo se encargó de demostrar que el descubrimiento era flor de un día, pues en aquél reino ni siquiera había una industria que sostuviera la creación del joven director, de tal manera que, con todo y el éxito internacional de su anterior filme, la promesa tardó seis años para volver a Cannes, el tiempo de su odisea en busca de una nueva película. Esta vez las esperanzas no son muchas. Difícilmente alcanzará la resonancia ya obtenida, pero de su éxito o fracaso depende el que volvamos a ver su cine. El mercado puede ser muy cruel con los cineastas de la periferia.

Finalmente, de todas las latitudes arriban viejos zorros marinos y nóveles capitanes de agua dulce. Una breve ojeada a la bitácora del festival muestra nombres como los de: Ken Loach con una palma a cuestas por El viento que agita la cebada, aunque en una caída dolorosa, quizá porque el mundo ya no necesita esa poética del proletariado en la que enseñó su maestría; Matteo Garrone, que tras el éxito de Gomorra, ha venido a encarnar la esperanza de un renacer del cine italiano, tan sumido en el olvido; Andrew Dominik que después de la elogiada El asesinato de Jesse James repite con Brad Pitt encarnando a un protagonista duro de matar; Wes Anderson, quizá uno de los directores más imaginativos del orbe  trae una aventura de boy-scouts esperpénticos titulada Moonrise Kingdom…. 

Y la lista de nombres que ilustran las tendencias del cine contemporáneo se sigue extendiendo hasta allá donde la vista confunde el mar y el cielo. Así que abandono esta atalaya, mientras un caracol en el oído me trae el eco remoto de un festival que mis ojos no han visto.

jueves, 17 de mayo de 2012

Usmeando, una cartografía olfativa de Localidad


Un ensayo descriptivo en el que intento evidenciar, a partir de una lectura caleidoscópica de los olores asociados a ciertos lugares de Usme, la forma en que las sensaciones olfativas construyen identidades, aunque estos rasgos de lo propio estén permeados por una lógica macabra de la geopolítica que excluye a poblaciones enteras hacia las fronteras de las metrópolis y les obliga a vivir en ambientes signados por la depredación de los recursos naturales, la contaminación ambiental y la instauración de unas marcas del biopoder en su percepción de mundo.

Introducción

El acto de habitar en Usme implica la conciencia de saberse residente de un mundo fronterizo que se aprende a través de los sentidos, en el que las cosas y los escenarios que constituyen el espacio imaginado tienen una marca de origen diferente de los de la otra ciudad, la ciudad del Norte. La localidad Quinta es un universo anexado a la gran urbe por esa dinámica del crecimiento capitalino hacia la frontera, como una célula que se hincha y permea su propia membrana contenedora, dejando un espacio límite en que se funde lo propio y lo extraño, la razón y la sinrazón, lo moderno y lo antimoderno. Esta configuración del territorio, generada por complejos flujos y reflujos históricos, es compartida con otras localidades del Territorio Sur, pero adquiere en Usme ciertas desemejanzas que le dan un carácter de cosa única a este espacio delimitado al suroriente del Distrito Capital.

Esas particularidades se perciben de forma directa a través de los sentidos, antenas del cuerpo que comunican con el mundo y que en su diálogo con el afuera construyen realidad. Así, para el lugareño, el territorio vivencial se torna en una mano que tacta, un ojo que ve, una lengua que gusta, un oído que escucha y un olfato que huele. Y es de esos olores que se impregnan en las fosas nasales y se asocian a ciertos lugares, fragancias que viajan con nosotros en el recuerdo de la tierra, aromas que pueden producir una epifanía que nos devuelve la película y el mundo perdido, de los que quiero escribir en este viaje descriptivo llevando, como en los dibujos animados, el olfato como faro guía por la periferia sur que se configura en la tierra usmeña; convencido, además, de que no existe una relación inmanente entre la experiencia sensorial y la constitución de lo social, que la percepción física del mundo es la forma como el biopoder se inscribe en los cuerpos, de tal manera que la imagen que construimos de la tierra que hoyan nuestros pasos está mediada por configuraciones sociales y exclusiones históricas, que nos trajeron de naufragio en naufragio por el río de una historia que otros escribieron por nosotros.

En ese sentido, si el verbo “husmear” significa en su primera acepción una mejor percepción del espectro de olores dispersos en el ambiente, en este viaje por el topos local vamos a “usmear”, sin hache, como un acto cartográfico e identitario que intenta dar cuenta de nuestro lugar en el mundo desde la experiencia olfativa.

Génesis

En el principio Chiminigagua creó el mundo de la nada, en un tiempo en el que todavía no existían el Estado, la familia, ni la propiedad privada. Después envió a sus aves negras para que volaran en todas direcciones sembrando la luz en sus dominios, pero para nuestro infortunio, el pájaro luciferino que enviaron hacia el sur de Bacatá murió de fatiga en pleno vuelo, por lo que su cuerpo mastodóntico, encallado en el valle del Tunjuelo, estuvo descomponiéndose durante muchas lunas e inundando el territorio con una fetidez intolerable para nuestros antepasados. Así pues, en medio de la oscuridad de los primeros días, porque es obvio que el dios tenía otras tareas más apremiantes que ponerle la luz y los demás servicios públicos a estas periferias, los chibchas de la comarca dieron en llamar Usme a las tierras olvidadas, tenebrosas y malolientes del Sur, así como llamaron “pájaros de mal agüero” a todas las aves de negro plumaje que cruzan su cielo.

Por supuesto que este es un relato apócrifo de mi cosecha, que intenta dar cuenta, desde una explicación mitológica común a nuestros imaginarios, del origen de las exclusiones históricas del Territorio Sur, así como de su asociación con olores en los que el lector no querrá meter sus narices. Ahora bien, para seguir en el terreno de la leyenda, tiempo después de aquellos aconteceres, los hombres, con la ayuda del dios Sué, se colgaron ilegalmente de la luz e inventaron las palabras para ordenar ese mundo que se les había dado. Lo mío y lo tuyo, lo uno y lo otro, el amor y el odio, fueron constituyendo dualidades de sentido desde los cuales interpretaron la realidad. Y las palabras dejaron de explicar las cosas para funcionar como herramientas al servicio del poder, así como la experiencia de habitar la tierra dejó de ser un acto íntimo de comunión con los elementos para convertirse en caída incesante hacia la nada, expulsión del paraíso, pérdida de la inocencia. Tras el pecado genésico, los hombres levantaron un mundo en que la experiencia estuvo mediada por la condición social y las comunidades primitivas, indiferenciadas originalmente, se dividieron entre ricos y pobres, ellos y nosotros.  Así, mucho tiempo después del séptimo día, algún demonio vio que aquello era bueno para sus intereses y separó las aguas entre el Norte y el Sur. A los hombres de las tierras allende la Primera de mayo les heredó la fragancia de los perfumes parisinos y a nosotros, además de la picada radioactiva, nos legó un incienso de oprobio que se hizo lugar de enunciación. En ese sentido, los olores ya no nos pertenecen como experiencia primaria del mundo, sino que son parte de la estructura dominante que llevamos entre pecho y espalda, artilugios hegemónicos del biopoder que dormitan bajo la piel y nos van constituyendo como seres enajenados de cualquier tarea revolucionaria por cambiar el establecimiento. 


Una pizca de historia con dos cucharadas de clavitos macerados

García Márquez recuerda, en Vivir para contarla, a una vecina impregnada de un olor a valeriana, que enloquecía a los gatos, y que siguió evocando el resto de la vida con un sentimiento de naufragio.[1] En esta escena iniciática, el escritor plantea que al igual que una imagen, un olor puede marcar fenomenológicamente la fijación de un lugar, un evento o una persona en la memoria. En ese sentido, en contravía de esta frase macondiana que habla de fragancias infantiles, mi primer encuentro con Usme, ocurrido en el año 1997 está signado por el hedor de la inmundicia. El olor a excrementos se me presentó en aquella época como un fuerte estímulo sensorial que viajaba desde las puertas de la percepción nasal hasta el cerebro, en una travesía subterránea de un impulso que la materia gris prefijó para siempre al paisaje local, constituyendo un cronotopo de la identidad.

Tiempo después, la hediondez subía de las cárcavas, profundos huecos que se incrustan en el mapa como fosas lunares dejadas por la expoliación cementera de recursos naturales, cicatrices incurables de la tierra que con su podredumbre nos dicen que la llaga de la naturaleza sigue abierta, incurable, que supura su fétido lenguaje de aromas perturbantes. Y sigue subiendo ese miasma irrespirable en días calurosos y se explaya enérgico con su nube de mosquitos por los barrios del Danubio y La Fiscala; y reposa sobre la troncal de los articulados rojos; y rodea el fortín del Batallón de Artillería, ofuscando la guardia taciturna de las garitas; y supongo que llega hasta los patios profundos de La Picota y quizá los prisioneros encuentren en este aire pestilente el recuerdo de una libertad lejana, como un mensaje cifrado de esperanza que les enviase el mundo exterior.

Las cárcavas son la cara sin maquillaje del umbral que conduce a Usme, unos espejos de agua maloliente por los que se entra a la madriguera del conejo blanco, que de a poco se incorporan a un paisaje de ruina y óxido, adquieren carta de naturalidad y se quedan a vivir entre el ensueño y la pesadilla. Pareciese que siempre han estado allí, que su olor es mítico, ancestral, como si cuando Bachué desaguó la sabana estas lagunas hubiesen quedado lejos del alcance de su báculo prodigioso. Y esas fosas comunes del capitalismo expoliador han borrado otros recuerdos, el de las viejas haciendas coloniales con sus casas de tapia pisada o el más reciente del Colegio San Antonio arrasado de la faz de la tierra por las inundaciones del año 2002.

Ha pasado una década desde entonces y, en tanto tiempo, el contacto con este tufo cenagoso ha sido obligatorio para los más de 300.000 habitantes de Usme, que entran o salen de la Localidad a diario. Un vaho que emana de las excavaciones producidas por las cementeras y se estanca como una nube vaporosa sobre las avenidas Caracas y Boyacá atrapando en su malla de corpúsculos orgánicos a todas las narices. Nadie está exento de este efluvio espectral, al punto que la gente se ha ido acostumbrando tanto a la situación, que ya nadie parece notarlo. El olor está ahí porque sí, sin explicaciones, ¿para qué?, y se va integrando a una forma de ser y vivir, pues el biopoder penetra en nuestra sensibilidad por las costuras del sentido, como si los usmeños estuviesen acostumbrados a las dañinas pestilencias, a la basura, a las aguas negras. Ya ni siquiera los más escrupulosos usan el pañuelo de los primeros tiempos, cuando más hacen un leve gesto de taparse la boca cuando sopla el viento desde las cárcavas, por el mero hecho de mostrar cierta afectación, pues no existen pulmones para resistir sin respirar los varios kilómetros de travesía por el bosque enmarañado del olor a mierda.

Aunque ya nadie pregunta por el origen de este bálsamo nauseabundo, que en tardes soleadas alcanza cotas insospechadas de hediondez, siempre es bueno recordar que el agua empozada proviene del río Tunjuelo, el mismo que se origina en la represa La Regadera sumando varias  fuentes que nacen en el páramo de Sumapaz y abastece de agua a más de 300.000 habitantes de la Ciudad; pero, a medida que penetra en lo urbano, el río es sometido a todo tipo de vejaciones ecocidas: alcantarillados que vierten sus aguas negras en el cauce, el paso por el embalse seco de Cantarrana, la desembocadura de quebradas contaminadas con todo tipo de residuos y, finalmente, la recepción de todos los lixiviados producidos por el relleno Doña Juana, un flujo promedio de 25 litros por segundo de un líquido viscoso generado por la descomposición de las 7.500 toneladas diarias de basura que depositan el Distrito y otros municipios de la Sabana en los predios del vertedero. Así que el Tunjuelo anegado en las cárcavas, no es más sino una mezcla heterogénea de desechos orgánicos, basura local e importada, aguas muertas, cuerpos en descomposición, residuos de la explotación minera, heces de una ciudad que da la espalda a su mugre y a sus pústulas.

Una vecina malhumorada

Una vez se llega al Portal Usme, especialmente en esas noches en que las brisas que bajan desde la Hoya del Tunjuelo se expanden por los valles de la cuenca baja, se empieza a sentir un viento que huele diferente, como el hálito huero de un dragón antediluviano que respirase bajo la tierra. Y con esta idea de una gran criatura macilenta que sostiene el mundo, uno observa hacia los cerros occidentales que se levantan al otro lado del río y se encuentra con la figura de una gran mujer tendida bocarriba con sus impudicias lamidas por las nubes. Ella es Doña Juana. Así se ha llamado desde tiempos inmemoriales esa formación orográfica intermedia, y uno supone que a los nativos de estas comarcas les debía parecer familiar la imagen de una mujer que es la tierra, pachamama ahora vuelta depósito de basura, que va dejando escurrir por su entrepierna un caudal negro de lixiviado, quintaesencia de toda la bazofia capitalina.

Un día, a finales de la década del ochenta, ese cerro tutelar se convirtió en basurero, no “relleno sanitario” como eufemísticamente le designan las autoridades distritales, en una medida institucional que se suponía transitoria, pero que se hace eterna, pues cada determinado tiempo se aprueba una nueva expansión. Así fue como miríadas de volquetas empezaron a cruzar la ladera día y noche en un constante flujo que no lo para nadie. Luego se levantaron los socavones contenedores y la fetidez fue tomando diversas formas. El basurero fue entonces un fruto maduro que se nutrió de los procesos industriales de producción mercantilista, del rebasamiento de la resiliencia natural, de todas las formas de contaminación instituidas, de los ciegos caminos del consumo desaforado. Estuvo durante mucho tiempo silencioso, pero alimentaba un rencor de desperdicios en su seno. Iba creciendo con cada volquetada de desechos que deglutía y, desde su atalaya, observaba a la Ciudad indolente, masticando un odio visceral. Desde su panóptico, el basurero veía pasar el río espumoso de químicos agroindustriales; las chimeneas a lo lejos cegando el cielo de humo renegrido; las filas hormigueantes de trabajadores corriendo a su labor diaria, como bestias subyugadas al salario; los embotellamientos de vehículos con sus tubos asmáticos expeliendo dióxido de carbono, los buldóceres despellejando la corteza de los cerros. El basurero vio el apocalipsis de una metrópoli que rebasa cualquier idea del desarrollo humano y supo que su destino era el de fungir como ángel exterminador, así que hizo sonar su trompeta cuando creyó llegado su momento.

La explosión odorífera se produjo un septiembre negro del año 1997 cuando miles de toneladas de desperdicios quedaron expuestas a cielo abierto, debido a un deslizamiento en cuña de uno de los baluartes naturales de la montaña. La vieja Juana se desparramó dejando sobrexpuestas las miserias que almacenaba en su estómago y una podredumbre visceral fue recorriendo como una mancha de gas mostaza todos los rincones del Sur y aún más allá. El olor siguió el rumbo de los vientos alisios y pareció que todas las tierras de la cuenca baja del Tunjuelo se cubrían con un aire viciado que sólo podía anunciar enfermedad y daño, como si además de las exclusiones históricas, el destino manifiesto de los habitantes de estos territorios fuese vivir y respirar la impureza, que se mantuvo en el aire durante meses, mientras bajo su efecto nocivo los hombres y mujeres trabajaban, comían y hacían el amor.

Han pasado los años y las toneladas de desechos siguen llegando, mientras los habitantes de los barrios circunvecinos al basurero, con su sistema olfativo ya insensible a la fetidez tradicional que inunda sus casas, sólo en tardes vaporosas acompañadas de lluvia –muy frecuentes en Usme- sienten un efecto extraño en el aire, algo así como una emanación mucho más densa, ácida y nauseabunda; fenómeno éste al que irónicamente designan con la frase “Doña Juana se malgenió”, “se alborotó” o “se rebotó”, metáforas populares en que se funden los humores de la montaña con las consecuencias de los ánimos femeninos.

Ese hedor tan particular llega hasta el portal de Transmilenio, frontera invisible con la otra fragancia de las cárcavas, entonces uno presiente que el aroma del relleno, como una colonia antigua, tiene muchos componentes esenciales e invisibles; por lo que, quizá, con el olfato hiperdesarrollado de Jean-Baptiste Grenouille, protagonista de El Perfume (novela de Patrick Süskind) se podría tomar una muestra ínfima de su esencia y disgregar la sumatoria de olores planetarios. Seguro en ella se hallarían ciertas trazas de sangre hospitalaria, semen encapsulado de los prostíbulos de gente bien, carne de los mataderos clandestinos de caballos, leche en polvo importada de Nueva Zelanda, cunchos de un café “Juan Valdez” del Centro, algún pañal desechable de marca internacional y unas lentejas canadienses que un pobre despreció en un comedor comunitario. Un perfume puede contener al mundo.

De Este a Oeste, de Norte a Sur

Algunos habitantes de Usme suelen decir que son el “norte de Villavicencio”, por aquello de que lo del norte es lo mejor, para indicar que se ubican en la frontera de Bogotá, equidistantes de la capital metense como de los centros del poder distrital. En ese sentido, el barrio Puerta al llano, representa esa imagen del eufemismo que embellece y denota cierta evasión de la realidad marginal. Y es en este barrio donde se ubica otro foco de emisión odorífera de la Localidad: el matadero oficial.

A pesar de que este tiene licencia de funcionamiento, a diferencia del matadero de Usme, ello no le exime de haberse convertido en una fuente de contaminación para los habitantes del sector. El olor a muerte se hace presente en el aire: la sangre, la carne y los excrementos de las reses, contrastan con el olor a campo, que se puede percibir en un lugar que todavía tiene zonas de expansión. Los residuos que se vierten directamente en la Quebrada Yomasa flotan sobre las aguas, formando un lecho sanguinolento que recuerda ciertas coloraciones de caño Cristales, pero la imagen lúdica se torna bofetada cuando se observa cómo su olor pestilente penetra la cotidianidad de un colegio que se encuentra a unos pocos metros del matadero. Y junto al olor, las moscas, propias de los focos de contaminación, asombran por su magnitud, aunque no falta el infante que distrae sus horas tratando de cazarlas con una malla para atrapar mariposas.    

Este olor de beneficiadero vacuno bien lo conocen los habitantes de Usme Pueblo, sector que en las asociaciones de citadinos se reconoce por la venta de carne al por mayor y al detal. Allí, en medio del casco urbano, se ubica el otro matadero de la Localidad. Una vieja edificación que cuenta la historia de días mejores, a la que se siguen trayendo vacadas para el sacrificio y donde se repiten escenas dantescas de sangre, sudor, cuchilla y músculo, que pareciesen tomadas de aquél relato del escritor Esteban Echevarría. El matadero se resiste a desaparecer, quizá porque las personas que allí trabajan y que devengan su subsistencia del oficio de matarifes se resisten con él a seguir siendo considerados una especie en vía de extinción, últimos ejemplares de una raza de hombres madrugadores que enfrentaban la res sin mediación, le apuñalaban profundo el pecho, sentían la sangre caliente correr por el brazo y luego la tasajeaban, mientras se regodeaban en el aliento tibio de la carne recién pelada. Esta faena se repite como en un círculo mecánico e infernal, pero es necesaria para que todas las mañanas, especialmente los fines de semana, cuando despunta el sol en el horizonte, se empiecen a parquear lujosos camperos que vienen a buscar un buen trozo de carne fresca para el asado familiar. Entonces, uno se imagina la escena en la terraza y no deja de sentir cierto escalofrío cuando la contrasta con el performance del sacrificio del novillo.

Es domingo en Usme. Avanzo por la estrecha calle principal como por un mercado chino. Aquí no hay gatos o culebras en exposición, pero hay tanta carne colgando de oxidados ganchos de hierro, olores diversos de cada modalidad expuesta para la venta a como cae la tarde; murillo, falda, lomo, costilla, cada pieza tiene su tufillo particular; y en los zapatos se empieza a cuajar una costra silente de agua sanguinolenta que escurre desde todas partes y se va por las calles en cualquier dirección, a falta de un sistema de desagüe, mezclándose con los meados de los borrachos que orinan contra cualquier pared su ebriedad de chicha y pola. Estos olores se entremezclan con el humo que brota de las parrillas que asan el chunchullo afuera de los piqueteaderos, fritanga, chicharrón, bofe y demás entresijos extraídos de las vacas, cerdos y cabras que se distribuyen desde el sur más sur de la ciudad; además de la papa criolla, la arepa, el plátano asado o el guacamole para picarse al gusto.

Hay una decena mal contada de piqueteaderos, más otras tantas chicherías y famas, que configuran una verdadera economía gastronómica y febril. La materia prima se encuentra al alcance de la mano, los clientes vienen de afuera por el placer de untarse de pueblo, acto que debe consistir en respirar este aire enrarecido; los otros son vecinos de Localidad que viven y trabajan en este espacio con sus batas que fueron blancas alguna vez, ahora manchadas de todos los fluidos animales. También están los nuevos usmeños, esos que llegaron con la fiebre de las casas baratas de la Operación Nuevo Usme, que miran por encima del hombro a los antiguos residentes y que sienten especial predilección por el exotismo gastronómico del lugar. Así se va configurando un espacio mortecino y vivaz de la Ciudad, en que confluyen diversos olores que son uno solo, el olor de Usme Pueblo. Un aroma tan particular que cuesta creer que en el fondo no es más sino el producto disuelto de una configuración del poder geopolítico sobre el cuerpo de los hombres y mujeres que residen en la frontera siempre excluida y siempre palpitante de Bogotá.

Las calderas del diablo…

En el sector del Danubio Azul, en contraste con un nombre que nos remite a los valses de Strauss mientras las luces de Viena se reflejan en un río anchuroso y apacible, sólo se respira un humo negro que viene de las chimeneas donde se cuecen a fuego lento los ladrillos con los que se construirán las casas del norte, los edificios con el toque Salmona, los adoquinados de los nuevos parques más allá de la calle doscientos, el material que le seguirá dando a la Capital ese color anaranjado que es una marca de la casa. Bogotá, más que una urbe de concreto y acero, es una ciudad hecha de tierra caliente, de agregados pétreos compuestos en formas atractivas para el ojo ciudadano, pero allá al sur, donde Transmilenio llega por un solo carril y los jóvenes se revientan las entrañas a cuchilladas, un poco más arriba de donde termina el llano y comienza la loma, se levantan las calderas del diablo. De allí, de esos hornos crematorios que no se detienen, ni de noche, ni de día, sigue saliendo el hollín en grandes bocanadas de humo ceniciento, que se suspende en el aire y se disuelve en la pituitaria de los habitantes del sector.

Algunos cuentan que todo empezó con las ladrilleras, que ellas fueron las que ampliaron el horizonte de la Ciudad hacia este sector y que los barrios llegaron después, pero sin importar la antigüedad de las unas o los otros, lo evidente es que llevan casi medio siglo de coexistencia desafortunada. Desde Morenas hasta la parte alta de Yomasa se extiende una franja que separa los barrios del Parque Entrenubes, en la que históricamente se posicionaron diversas empresas de extracción minera, así como de manufactura de ladrillos y otros productos derivados de la tierra.

Sin embargo, más allá de las escoriaciones generadas en los cerros, el humo de ébano, que se extiende como un polvillo de hollín sobre las casas, los árboles y las vidas de los habitantes de la zona, también ha penetrado en sus pulmones, al punto que los vecinos de estas empresas se hicieron fumadores, contra su voluntad, de los residuos de la  producción ladrillera, con el agravante de que sus casas siguen siendo levantadas con lo que se encuentra más a mano, que en su mayoría no es con los ladrillos que ven pasar en grandes camiones hacia los depósitos de las compañías que los venden en el norte, a familias que respiran su tranquilidad de lavanda y pino.

Transmilenio o el aroma de los otros

Siete personas de la Localidad atraviesan la ciudad a 24 kilómetros por hora apretujados en un espacio de un metro cuadrado. ¿Quiénes son ellos? Mujeres lactantes, viejas verdes, obreros de construcción, no importa, son “desconocidos”, una especie de seres de otra esfera que sólo por azar confluyen en el mismo ínterin. No se hablan, pues siempre fue de dudosa aceptación dirigirle la palabra a extraños. No se miran, porque a esa distancia una mirada es como un disparo. Se comprimen sin tocarse. El cuerpo, prisionero de prendas variopintas no da lugar a la experiencia del otro, a menos que se caiga en el inveterado ejercicio del bluyineo. No se oyen, pues las palabras son un murmullo ininteligible que nadie puede atrapar en el aire, secretos de cotidianidad que a nadie importan. Pero, allí, donde la proximidad atrofia los otros sentidos, elimina la singularidad del mundo y establece un régimen de deshumanización del prójimo, es decir del próximo, siempre nos quedará el olfato.

En la mañana, todo es olor de colonias que se venden en oferta a través de catálogos diversos, aromas de champús de rositas y manzanilla, pulcritud, rocío de la noche anterior, ducha fría que ha dejado una inconfundible esencia de piel húmeda en los rostros de obreros y estudiantes. El viaje se hace en el efluvio de fragancia que emana de esos cuerpos apretujados por el sistema, pero todavía contentos, felices de tener otro día para laburar, para ganarse el pan con su mano de obra barata, pero eficiente. Las mañanas son un agradable cóctel de frescura que embriaga las narices, porque eso sí, desde que existen los articulados, la gente se acicala más para subirse en los diablos rojos, donde todo el mundo lo ve y lo aspira.

Sin embargo este paisaje se vuelve distinto cuando el viaje es de regreso, nocturno y en horas pico. Los rostros sonrientes de la mañana han perdido su alegría matutina. Desaparece la nube de olores cosméticos y, en cambio, sobrevive un tufillo de aguas nauseabundas, efluvios fisiológicos, sudor acumulado de una jornada de duro esfuerzo, trabajo mal pago que se transmuta en olores insolentes. Miasmas de la clase obrera que se apretuja en las estaciones, que se mete a la fuerza donde ya no cabe un alma de más, que recuesta su cansancio contra el otro y que actúa como una fuente de aromas diversos acumulados durante el día, los cuales comparte con la proximidad, en un intercambio de esencias de la Ciudad que viajan hacia el sur a menos de 24 kilómetros por hora.
 
Coda

Tu nombre me sabe a hierba, de la que nace en el valle a golpe de sol y agua, canta Joan Manuel Serrat y me le robo ese verso para dar un panorama de lo que las veredas de Usme evocan al ser nombradas. Allí en el borde urbano-rural, se percibe un aroma de vapor de agua, tan prolija en Usme; la fragancia de la tierra húmeda que producen los alimentos para los citadinos, el humo de los fogones de leña y la exhalación del sancochito campechano en la olla hirviendo; la boñiga fresca en el corral, los cagajones de caballos, la cagarruta de las ovejas, que sólo pueden oler a cucuyina o yaraguá; la leche recién ordeñada que espumea en el balde de aluminio y que se transporta a la ciudad para venderla al detal. Una sumatoria de esencias inaprensibles para el olfato conquistado por el biopoder de la Ciudad. En fin, son 181 Km.2 de olor a pasto, a flores, a resinas vegetales, a estiércol animal, a tierra abonada, a rocío levantándose con el sol. Aromas que conforman un aire liviano, tan fácil de respirar, que nos hacen olvidar por un momento que la zona rural también es Bogotá.

Y más allá de los campos engalanados con hombres laboriosos, se levanta sobre cimientos arcaicos el páramo de Sumapaz. Allí todavía las palabras significan y los aromas cuentan un mundo ancestral. Allá todavía las personas respiran el aire puro, lejos de la mundanal corrupción urbana, pero tal vez, no por mucho tiempo, pero esa es otra historia.


[1] García Márquez, G. (2005). Vivir para contarla. Norma. Bogotá. p.16.

miércoles, 18 de abril de 2012

¡Gringo, Welcome!

Cuentan los que han subido, que desde la cima del Aconcagua, la verdadera “cumbre de las Américas”, casi se puede ver el continente entero. De igual manera, en nuestra reciente cumbre se vieron o se escondieron cosas más allá de lo evidente. A pesar de la ausencia de Chávez, que sigue peleado con el imperio del trópico de cáncer, en Cartagena se destaparon tres monumentos a la vergüenza nacional sobre los que vale la pena detenerse un poco: la desaparición forzada de los indigentes cartageneros, el equívoco de Shakira cantando el himno nacional y la orgía del putas que montaron los agentes gringos con las heroicas meretrices criollas.

La noticia se regó como Petro en twitter cuando se supo que los habitantes de la calle habían desaparecido de la ciudad amurallada. Además de preguntarse ¿dónde está Elisa?, los colombianos no entendían cómo se les habían volado los gamines a las autoridades de un corralito de piedra tan vigilado. Un fanático de la seguridad democrática llegó a plantear la tesis de que eso era obra de la amenaza terrorista que había secuestrado a esos compatriotas para que no se siguieran pudriendo en la selva de concreto. Otros, más apocalípticos, dijeron que seguramente se habían ahogado como resultado benéfico de la ola invernal. Alguien más sospechó que habían caído en las redes de las facultades de medicina que, siguiendo el ejemplo de una alma mater currambera, ahora estaban surtiendo de cadáveres sus depósitos ya vacíos, como si no fuera más fácil pescar los que bajan por el Magdalena. No faltó el progresista que planteó la hipótesis según la cual estos personajes, sin duda patrimonio turístico de una ciudad que los trata con el amor que uno le tiene a sus zapatos viejos, se habían aburrido de tanta playa, brisa y mar y se habían ido para pueblos con un clima más benigno, aprovechando que ahora sí se puede viajar con seguridad por las rutas de mi Colombia. Incluso alguien, no falto de morbo y recelo, llegó a sospechar que andaban en la “chiva del porno”, por lo que dentro de algunos meses se verían sus videos en la red, dando paso a un nuevo engendro audiovisual en el que se mezclaría la mejor pornomiseria de Víctor Gaviria con la pronografía explícita de Orgasmatrix. A propósito, les recomiendo esta página si quieren ver en primicia los videos de los gringos culiones.

La especulación terminó cuando Campo Elías (que sólo tiene el nombre del patriota de Pozzetto) salió a decir muy tieso y muy majo que los gamincitos no estaban muertos, sólo andaban de parranda en un fiestononón como de extraditables, bañándose en tinas exultantes de espumas aromáticos y bálsamos orientales, brindando con champaña espumosa cual jefes de gabinete y durmiendo entre almohadones de plumas. Ah, claro, y consumiendo un bazuco bien monocuco, importado de Gringolandia, gracias a las bondades del TLC. El único problema, según el burromaestre, era que se les habían colado a la rumba desechable una mano de paisas de lo más aprovechaos que se habían ido desde Medellín a hacerse pasar por gamines caribeños, sólo para disfrutar de tan jugosos beneficios que brindaba la Ciudad por esos días, algo que sería muy macondiano si no supiésemos que aquí la gente se hace pasar por desplazada, damnificada, muerta o paramilitar, si el gobierno da alguna bicoca. Mejor dicho, que por los méritos infinitos de la infancia del mesías negro y por las tiernas lágrimas que derramó en Kenia, todo lo que pedían se les ponía de papayita. En fin, el alcalde también dijo que una vez pasada la guayabera de la Cumbre, iban a desplazar a estos antioqueños ventajosos pa’ su tierra, porque ajá, cómo era posible que un cachaco como Urrutia estuviese hablando golpiao sólo pa’ tener comida y techo durante una semana. Que no había derecho, que además necesitaban abrir un par de cupos pa’ los jugadores del Real Cartagena que hace como dos años no les pagan sueldo y terminaron vendiendo partidos, después de fracasar con la venta de minutos y con el mototaxismo.

Después, el funcionario muy amablemente confesó que, además de a los profesionales del reciclaje, también habían recogido a todos los perros callejeros, a los perros calientes, a las zorras de tracción animal, a las de atracción humana, a los vendedores ambulantes y a las ambulancias, a los negros y hasta a un par de zapatos viejos que afeaban un parque. Y que si preguntaban por las putas, las habían encerrado a todas en el mismo hotel donde se hospedaban los 1.000 guardaespaldas de Barack Hussein Osama, como para que dejaran el nombre de Colombia bien en alto, teniendo en cuenta que los tipos parecían jugadores de la NBA. También comentó que se habían proscrito las neveras de icopor, el bollo e’yuca, el ron tres esquinas y la champeta, por lo cual la guerra de pick-ups sólo podía librarse con sinfonías, óperas y sonatas, para que los invitados dijeran que en Cartagena no sólo Hay Festival, sino que también hay cultura musical. Finalmente, el famoso locutor dijo que había ordenado liberar a todos los burros y a los esclavos, para que los demócratas viesen cómo llegaban hasta aquí las banderas de Lincoln. Y como acto de buena voluntad con el Papa gringo, habían extraditado al único elefante que había en el zoológico hacia un país donde el rey Juan Carlos de España puediese cazarlo con total impunidad, con lo cual se mataban dos pájaros de un solo tiro, pues el monarca se desquitaría con el animalito de la frustración por la pérdida de YPF y el emperador negro no percibiría los pasos de animal grande de los republicanos en las próximas elecciones, quienes, como es sabido, creen que el hombre no proviene del mono, sino del elefante.

Estaba dixiendo esas cosas Terán Dix, cuando salió volao a liberar a Ublime, cuya retención ilegal denunció valientemente Shakira mientras entonaba el himno patrio. Efectivamente, después que las farc soltaron a los últimos milicos, que de paso se metieron a contrabandistas de fauna silvestre, la famosa cantante exigía la liberación de este compatriota que seguía pudriéndose en algún lugar de esta otra Cartagena del Chairá. Ahora bien, algunos criticaron a la musa libaneso-gringo-argentino-española por utilizar un momento tan importante para hacer proselitismo político, pero esos mismos ya no recuerdan que ella había estado en Leticia pidiendo la libertad de otros secuestrados, o al menos que les pusieran botas para que no anduvieran por la selva con los pies descalzos. La indignación fue tal que monseñor Ordóñez dijo que ahora sí se sabía pasado esta niña, que era una loba con piel de Piedad, que ese bochorno sólo era comparable al de Azúcar Moreno cuando en un reinado llegaron a Cartagena saludando al “querido pueblo de Bolivia”. Pero yo no sé de qué se extrañan, si una de las dos cosas que más le gusta hacer a esta otra diva es intervenir himnos solemnes, los que adapta a su tierna voz para escarnio de multitudes. ¿Acaso ya nadie recuerda que el waka waka, tan celebrado por nosotros como algo original, no era más sino un plagio del himno del ejército camerunés? ¿Por qué los africanos no armaron tanta alharaca cuando fue y les cantó su versión macheteada en su propia cumbre del fútbol? ¿Acaso ella no era nuestra representación en el mundial, así como ahora es nuestra representante en el Barcelona? Mientras tanto, aunque la critiquen, a mí me parece que el acto de la niña es de un valor político sólo comparable al de los maoístas que se pasaron la década de los noventa pidiendo la libertad para Mumia y para el presidente Gonzalo en cuanta plaza encontraban.

Finalmente, cuando estábamos acongojados por no haber pasado de un mísero empate con la selección de Evo -Y eso que Juan Manuel Mourinho se llevó hasta al tino Asprilla pa’ romper la sequía goleadora del equipo, que será lo único seco con esta llovezón- resulta que la buena noticia nos la dio la Prostitución Colombia sub-17, que en una gesta gloriosa digna de la india Catalina, como aquella heroína patria y alucinógena, conquistaron a los conquistadores. Como dirían los bravos zenúes: “se los comieron vivos”. Así pues, con mucha malicia indígena, no fue una, ni fueron dos, fueron tres veces que le hicieron morder el polvo de una forma olímpica a la varonil selección USA-me. Los dejaron tendidos en el campo de fuego, expulsados en secreto y sin un mísero dolarito, porque eso sí, las nuestras les cobraron una tarifa que estuvo cerca de igualar lo que pagaron por haberse robado Panamá. En fin, eso es lo que cierto alcalde oriundo del trópico llama “la política del amor”. Los gringos tendrán muchas bombas atómicas, pero lo que a nosotros nos sobra para exportar son bombas sexuales y si alguien lo duda que busque en google los nombres de Esperanza Gómez o Franceska Jaimes, pa’ que vea porqué es que Colombia es pasión.

Lástima que lo bueno dure tan poquito, pues pasará mucho tiempo antes de que volvamos a ver escenas tan conmovedoras como la transmisión durante una hora del aterrizaje de un avión donde viene un ser de otro mundo, un animal de galaxias. Lo confieso, no pude contener las lágrimas. Y eso que ni siquiera venía en camisa guayabera. ¡Ayyy… me ericé!