domingo, 14 de agosto de 2011

¡Viva México, cabrones!


Hoy amanecí con el dulce sabor de la eliminación en la boca.
Después de una noche de sueño tranquilo, supe que mi selección Bavaria se había convertido en un monstruoso equipo eliminado. ¡Qué dicha tan amarilla! Igual que con las paperas, esa fiebre mundialista ya me tenía con una güeva hinchada, como diría el cardenal Ratzinger.
Anoche hubo un silencio sepulcral en el barrio, después que todo eran vuvuzelas, cornetas y borrachos pregoneros que se les mete el bicho del patriotismo cada vez que alguna condenada selección, así sea de tejo, gana algo en alguna parte, que debe ser cada semana. Con tantos torneos y alharacas ya no sé ni qué es lo que se celebra, que pasamos a cuartos, a octavos, que clasificamos a no sé qué mundial, que fuimos los mejores perdedores, la revelación del torneo, que hay esperanza o esperanzas de Toulón, que dejamos una buena imagen, que jugamos como nunca, pero nos faltó suerte. Excusas de la gente pa’ emborracharse, darse en la jeta y molestar a los vecinos. Pero, anoche dormí tranquilo porque perdimos y eso me hace levantar de buen humor.
Debo admitir que no vi el partido, para qué si ya se conocía el final de la novela después de ese fiasco con Costa Rica, a la que le ganamos seguramente porque “dios es colombiano”, o porque en Caracol cada vez que va perdiendo la tricolor ponen “Colombia tierra querida” y se nos hacen milagritos arbitrales. La cosa es que después de ver ese carnaval de equipo, peor que la coreografía de inauguración del mundial o que el baile de las policías en Medellín, ya se sabía que esa comparsa de Lara no iba pa’ ningún Pereira, donde se jugará la semifinal. Es que en siete años con este tecnicucho se demostró que era falsa aquella frase de que no se puede jugar peor al fútbol. Con Lara eso siempre es posible, hasta el infinito y más allá.
Hay eliminaciones dolorosas, para las que no basta con frotarse dolorán. Derrotas que nos dejan en la orfandad, en la malparidez existencial, como aquella vez que Camerún nos sacó del mundial de Italia. ¿Cómo conciliar el sueño después de esta escena: el loco Higuita regalándole un gol a un anciano que se iba a bailar una cosa que parecía champeta al banderín de la esquina? No, esa pesadilla me duró cuatro años. Después, el fracaso de USA 94 sólo fue un carnaval que terminó con el entierro de un Joselito llamado Andrés Escobar. Las demás son eliminaciones comunes, sin drama, a las que ya nos acostumbramos. No clasificamos a un mundial hace trece años y no pasa nada, pero la de anoche, contra los manitos, es una eliminación feliz. ¡Cuánta razón tenía Maturana cuando dijo que “perder es ganar un poco”!
Ganó la verdad y perdieron todos los falsos profetas: ¿a quién se le ocurrió esa mentira monumental de que íbamos a ser campeones mundiales? ¿Con este equipito? ¿Con este tecniquito? Ya nos pasó una vez y volvemos a caer en el error del autoengaño. Ya se sabía desde hace tiempo que esa selección no jugaba a nada, que en el torneo suramericano nos eliminaron del mundial y participamos sólo por ser locales; que los resultados eran mentirosos porque nos pusieron contra unos franceses mareados por la altura y contra equipos de un cuarto de pelo o que cuando nos tocara con un equipo de verdad íbamos a salir volando como pepa de guama. Como siempre, el problema no es por falta de jugadores, que seguro los hay, muchos y buenos, en la geografía patria. El problema es, básicamente, que no teníamos un director técnico, lo que se evidencia en que este equipo carecía de una idea táctica, de estrategia, de identidad, de temperamento o de variables acordes a cada situación del partido. Por lo visto de eso no sabe nada este señor, cuyo mayor logro deportivo fue haber ascendido una vez al Quindío de la Primera B. Un técnico de segunda, que ni siquiera supo escoger a los mejores y que, hasta el final, se aferró al genio individual de un par de jugadores, para que lo salvaran del naufragio. Sin embargo, los medios insistían en contarnos una realidad que no coincidía con lo que mostraban las pantallas. Dizque los superpoderosos, los tres mosqueteros, la furia colombiana, el ballet amarillo, la verraquera, pues, mijo. Nada, un equipo pegado con las babas de Lara. Y los mejicanos ahí, songos sorongos, sin mucho esfuerzo nos despacharon rapidito, porque esa es la lógica del futbol.
Perdió la mentira de “nuestra selección”. Este era un equipo montado por los dirigentes, amigos del técnico y dueños de los pases deportivos de los jugadores (esa forma de esclavitud no erradicada del fútbol que dice que un negrito del Pacífico pertenece a un empresario paisa); quienes se llenan los bolsillos de plata cada vez que venden a uno de estos morochos al exterior. Y como era agosto, tiempo de cometas, nadie mejor para elevarlas que el señor Lara, “cometero” como ninguno. Los dirigentes (por no decir Hernando Ángel, dueño de tres equipos de fútbol) pagan la comisión para que pongan a sus jugadores y así estos se cotizan en el mercado, para después exportarlos a otras ligas, un típico modelo de producción de futbolistas de negrocultivo. Entonces, por decir algo, uno pregunta: ¿Dónde están los jugadores costeños? No había ninguno, con la excepción de dos atlanticenses que los traficantes del fútbol se llevaron de pelaos para Cali. Seguramente por llamar a Leiner Escalante, el goleador del año pasado del torneo sub-20 nacional, los directivos del Junior no estaban dispuestos a pagar las coimas que otros sí pagan. Entonces es una mentira que esto fuera un combinado patrio, era una selección del Valle del Cauca, como en los noventa las juveniles eran paisas. Las roscas que cambian con el tiempo, con la misma dinámica de los ejes del poder narcotraficante tan asociado a nuestro fútbol.
Perdió la mentira de “nuestro mundial”. Este es un evento montado por la FIFA, una entidad sin alma, pero con ánimo de lucro, para quien todo es negocio, puesta al servicio de las seis multinacionales que financian sus torneos. Es decir, ellos son los dueños del aviso. ¿Alguien vio siquiera una valla de Café de Colombia en un estadio? No, señores, el mundial es un circo que va de pueblo en pueblo vendiendo su espectáculo, pero no cualquier circo pobre. Así que es ingenua esa alegría de los medios por el récord de taquilla, lo que sólo implica que una millonada de chibchombianos pagaron por ver un mundialito al que no vienen los mejores jugadores (¿Dónde están los brasileños Neymar, Lucas y Ganso, por poner un ejemplo?), con equipos como Guatemala y Guatepeor, pero cuyas boletas se venden a precio de oro y cuya recaudación se va completica para las arcas de la FIFA en Zurich. Eso, sin hablar de las estratosféricas cifras que se invirtieron del erario nacional en remodelación de estadios, a lo que se añade que los dirigentes excluyeron a tradicionales plazas futboleras como Ibagué, Cúcuta o Bucaramanga de la fiesta mundialista, en beneficio de pueblos como Armenia, Pereira o Manizales. ¿Para qué se tiene un estadio como el Metropolitano, el mejor de Colombia, si sólo se le dan cuatro partiditos? En fin, que el cuento del mundial no es más sino un negocio redondo multinacional del que son muchos los excluidos, empezando por los pobres amantes del fútbol, como este redactor, quienes se deben conformar con la transmisión televisada, pues qué importa que se juegue aquí o en la Cochinchina, si no hay pa’ la boleta. ¡Qué boleta!
Gana la tranquilidad: Qué bueno volver al sosiego de esos días sin fútbol, sin bocinas, sin gente enfebrecida por las calles dispuestos a darse traques con el que sea, sin el ruido ensordecedor y sin la mancha amarilla hecha de camisetas piratas. Ya estaba cansado del fútbol y sólo fútbol, a todas horas y en todas partes, como si una epidemia de estupidez nos hubiese contagiado a todos. Qué pereza ese sonsonete tropipop de Jorgito Celedón que dizque era la canción oficial del mundial, comparado con eso el waka waka es una sinfonía, o ese guacamayo “bambuco” todo mal pintarrajeado y para nada original, porque eso sí, cualquier evento que se haga en esta Locombia llevará por mascota un guacamayo. ¡Qué folclorismo tan barato!. Ya quería descansar de tanta publicidad Bavaria, que se nos vende como lo más autóctono de nuestra tierra y todos sabemos que es surafricana. Malísima esa propaganda de los jugadores bailando como monigotes, cuando se supone que están ahí es para jugar fútbol ¿Sería que se estaban emborrachando con el bolillo o que creyeron que esto era el mundial de salsa? Ya era bueno descansar por un rato de esos narradores que maltratan las palabras diciendo cosas tan absurdas como que “la pelota se va ancha”… ¿qué?, esos que machacan los nombres de los jugadores extranjeros o que hablan de los propios como si de sus sobrinos se tratase: orteguita, trencito, franquito o jamesito…. Por no hablar de los inmamables Hernández Bonnet y el calvo Vélez.
De otra parte, nos salvamos de tener a ese petardo de Lara en la selección mayor, que seguro iba para allá. Qué vergüenza un técnico que, en vez de estar preparando a su equipo, se la pasaba pidiéndole milagros a una virgen en Tunja o que creía que la hija le traía buena suerte. Me hizo acordar del petardo de Maradona y sus estúpidos agüeros. Es seguro que técnico cabalero no sabe de fútbol; lo que sí lamento es que ya no volveremos a ver sus lágrimas, qué técnico tan llorón, su cara de tragedia, sus excusas imbéciles como que al equipo lo afectó que el bolillo le pegara a una moza. ¡Qué sensibilidad tan hijueputa!
Para los que se subieron a ese bus de algodón, ya es hora de bajarse de toda esa mentira de la televisión, de esa parafernalia absurda con presidente a bordo, de la falsa publicidad de los patrocinadores y volver a nuestra realidad cotidiana, a estas calles inseguras y llenas de huecos, a nuestro sistema de salud en estado moribundo, al apretujamiento de los transmilenios,  a los recibos que se vencen a la velocidad de la luz, y al rebusque de la papa de todos los días. Ya es hora de dejar de endiosar negritos brutos y correlones; y, más bien, pillar que mientras estábamos pendientes de la pelota, el mundo se está cayendo a pedazos, que en Siria se están matando de lo lindo, que en Somalia se muere la humanidad de hambre, que en España o Inglaterra todavía hay gente que se indigna por la pobreza que se les vino encima, que en Noruega el terrorismo de derecha se cobró un centenar de víctimas, y que todas las bolsas van de culo pa’l estanque, lo cual debe ser muy malo.
Finalmente, lo mejor de esta eliminación es que nos ahorramos los quinientos muertos que habrían quedado si esa selección poca cosa,  con una ayudita de la FIFA, hubiese ganado el mundial. Ahora sólo rezamos para que el técnico Eduardo Lara no vaya a realizar esa terapia saludable de pegarle a la moza para superar tanta frustración.

martes, 9 de agosto de 2011

En la escena del crimen… este cine sí pasa aquí.


Theodor Adorno se preguntaba si era posible la poesía después de Auschwitz. Esa misma inquietud me ha rondado cada que veo una película que intenta dar cuenta del conflicto colombiano. En ese terreno son muchas las imágenes del naufragio que hemos ido acumulando. Caminos trillados por donde se desemboca en la estupidez fílmica. Sin embargo, Todos tus muertos es una “rara avis” dentro de ese cine. Se acerca a la denuncia, pero denosta del panfleto. Muestra un montón de muertos, pero los priva de la morbidad telúrica de los cuerpos en descomposición. Habla del fracaso de nuestra democracia desde la sutileza del entredicho. Cuenta una historia que de cotidiana se nos volvió paisaje y recupera la dignidad perdida, a manos de la narconovela, de eso que podríamos llamar el “cine de la violencia”.
Todos tus muertos es una película llamada a abrir un camino en el maizal reseco de la cinematografía nacional. Lo suyo no son crispetas para el alma, sino mazorca biche que deja un poso de inquietud en los paladares más bienpensantes. Carlos Moreno, el joven director que firmase esa pequeña obra maestra que es Perro come perro, esta vez cuenta la anécdota de Salvador, un campesino que un domingo de elecciones se encuentra con un montón de muertos en su cultivo. Hasta allí no estoy adelantando nada que no se haya dicho en la sinopsis del film; sin embargo, esta es sólo la excusa para darle vuelo a una historia que roza diversos géneros, sin caer en ninguno, mientras va construyendo las claves de su propio relato.
El descubrimiento de la masacre es el elemento que viene a desestabilizar el principio de realidad del personaje principal, un Álvaro Rodríguez en estado de gracia a años luz de sus personajes televisivos, para quien el mundo  tal como lo conoce se resquebraja en ese momento. De allí en adelante la película deriva hacia un universo en el que lo “real” se desvanece en el aire, se atasca en la malla del discurso burocrático, se hace inabarcable para la conciencia de un rudo trabajador que no puede asimilar el horror de cincuenta muertos como si de una cosecha de cuerpos se tratase. Lo real, entonces, es la principal víctima del relato cinematográfico, se destroza toda ilusión de una Verdad absoluta a la cual atenerse, quedándose el espectador con los fragmentos de un cuento que no se puede volver a pegar, como si de un espejo roto se tratase.
Una vez desvanecido cualquier asidero realista estamos frente a la pureza del acto fílmico, las cosas ya no son como deberían ser en el mundo objetivo, sino que son como se reacomodan en la imaginación enfebrecida de Salvador, es entonces que las composiciones de los encuadres adquieren el estrabismo visual del “bizco” y  los muertos se muestran en toda su irrealidad, como si de una instalación performática se tratase, se mueven por una extraña voluntad, miran a la cámara de forma insospechada, pueden ser ubicuos o, al final, levantarse frente a la incredulidad de nuestros ojos, en una escena que nos recuerda el final fellinesco de Y la nave va.
Ahora bien, desde el inicio, la película insiste en mostrarnos la extrañeza, así que cuando un gallo amanece muerto, sabemos con Gabo, que en este pueblo calenturiento “algo raro va a pasar”, como si debajo de la cotidianidad se tejiese una tela de araña mucho más compleja. Sin embargo, es el descubrimiento del protagonista, un pequeño hombre en el sentido más gogoliano posible, lo que hace que este se tenga que enfrentar a un universo que lo supera totalmente, pero, sobre todo, que no corresponde con su horizonte de sentido. Cuando Salvador va al pueblo en busca de ayuda, guiado por una idea de simple sentido común, se estrella con un mundo absurdo en el que los intereses de quienes sustentan el poder demarcan unos códigos incomprensibles, un lenguaje extraño en el que la amenaza de lo desconocido se posa sobre sus hombros, dejándolo en una estaticidad desnuda de palabras –se diría que el hombrecito también está muerto- y que se corresponde con esa imagen de su bicicleta a la que le han robado una llanta; sin duda un guiño al cine del gran Vittorio, amigo como Moreno, de esos pequeños hombres de pueblo siempre superados por sus circunstancias.
Si en Perro come perro asistíamos al mundo de los lavaperros del narcotráfico, signado por juegos, trampas y armas humeantes, que iba socavando a los personajes hasta rendirlos para la muerte. En Todos tus muertos, Moreno se aleja de su ópera prima para construir un paisaje igual de soporífero, pero mucho más terrorífico, donde las dimensiones del secreto ligado a los poderes en la trasescena se muestran como una espada de Damocles que puede caer en cualquier dirección. En ese sentido, la película se configura como una “pieza de cámara tropical” en la que la tensión dramática está aumentando con la misma intensidad del calor que reverbera en la pantalla o con el incesante repiquetear de un teléfono celular que nos enloquece a todos, mientras dos gallos de pelea, como los personajes principales, se debaten en una confrontación que sólo se saldará con sangre, única forma de la violencia explícita que salpica el relato, pero que en su crudeza nos señala lo innominado de la masacre.
Finalmente, hay quienes han calificado a Todos tus muertos de comedia negra, de farsa, de metáfora, de ensayo surrealista y de otras tantas etiquetas que sirven para taxonomizar este tipo de obras, inclasificables en su misma originalidad; pero para mí que ésta es simplemente un tipo de película que rompe con las amarras del cine precedente, e intenta, en el ejercicio de la libertad creativa, dar un paso hacia adelante y cuestionar el modo de representación de la violencia en nuestra tradición fílmica. Una peli que juega sus bazas en su negación a retratar el horror, a favor de un espacio vacío en el relato para que sea el espectador quien complete la trama, quien reclame todos sus muertos y al final descubra que la realidad es aquel lugar en el que los cadáveres todavía tienen nombre y se pueden contar.

jueves, 4 de agosto de 2011

Un allenígena en el París de las maravillas

Hubo una época en que París era la capital del mundo y Woody Allen era Woody Allen. Ya no es así. París es una ciudad de postal, rendida a los encantos faranduleros de una Carla Bruni, primera dama y todo, que actúa en las películas del director neoyorkino. Debe ser que el mundo está muy mal.

El viejo Woody siempre ha sido diestro en el arte del cóctel cinematográfico. La fórmula, aplicada con desiguales resultados desde sus tiempos de comediante consiste en acumular toda la mitología sobre un tema, una corriente artística o un evento histórico, y sacar de esa mezcla un tutti-frutti original, en cuyo sabor no se distinguen los diferentes materiales que lo componen. Así, por ejemplo “Bananas” recogía la mitología sesentera sobre las revoluciones latinoamericanas, en especial la leyenda de la Sierra maestra. Luego vendrían obras como “Sombras y niebla”, “Misterioso asesinato en Manhattan” o “Acordes y desacuerdos” –por sólo mencionar algunas- que jugaban eclécticamente con la memoria del expresionismo alemán; el universo de Alfred Hitchcock o el mundo originario del jazz. Lo mismo hacía en “Para acabar de una vez con la cultura”, su particular libro de ensayos. Toma un tema, los deshuesa, muestra lo cómico de sus postulados y luego pasa al siguiente. Así, desde el psicoanálisis hasta la existencia de Dios. Después haría de esa fórmula un filón cinematográfico. Y el éxito no se dejó esperar. Muchas de sus obras tienen el gusto de lo conocido, la sombra inevitable de la fuente inspiradora, pero se sitúan en ese espacio que llamaba Lotman la “variedad significativa”, una obra que bebe en la tradición, pero no se limita a copiarla, sino que la reinterpreta.

El problema surge cuando los ingredientes son tan evidentes, tan abundantes, tan exagerados, que ya no queda sino una colcha de retazos que deja ver las costuras. Es entonces que el cóctel se sale de cauce y los árboles no dejan ver el bosque. Eso es lo que ocurre en la última película de Woody Allen, que cuando el guiño no da vida, mata. Y es que no se puede construir un film sólo con referencias a otros relatos, pues la obra ya no reposa en sí, sino en su hipertextualidad. Eso ya no es cine, como un diccionario no es una obra literaria. Lo terrible, entonces, de Medianoche en París es que no tenemos película, sólo citas, pies de página para ratones de biblioteca. Así como en el cuento de Borges “Examen de la obra de Herbert Quain”, no hay cuento, sólo enumeración bibliográfica, con una ventaja a favor de Borges y es que el catálogo es completamente ficticio, algo diferente ocurre cuando intentamos taxonomizar la mitología de la historia, en sentido barthesiano o lo que Lezama Lima llama “las eras imaginarias”. Y es a eso a lo que juega Woody Allen, acercándose peligrosamente a esas puestas en escena de Peter Greenaway, donde el cine se torna catálogo.

La película abre con una serie de imágenes, postales estáticas de una ciudad que nunca duerme. Es París, pero se parece a esa Roma abandonada de El eclipse de Antonioni; si en aquella los lugares desolados quedaban como meros testigos de lo que fue, vaciedad de una historia de amor frustrada, aquí la postal juega a fungir como estatua, recorderis de la eternidad. París siempre estará allí como el Elíseo, el Arco del triunfo, el Sena o Notre Dame. Así que cualquier historia de un hombre perdido en su medianoche es la historia de todos los hombres que se tragó la bohemia. El tiempo se contrae, da saltos, de Versalles a la bélle epóque, de los años veinte a nuestra contemporaneidad; pero el pensador de Rodin, como los grandes monumentos o la Bruni siguen estando ahí. Piedras de infinitos. Pero es sólo el principio.

Owen Wilson, pésimo actor donde los haya y el allenígena de ocasión, se pierde en esta ciudad y un coche de anticuario lo recoge todas las noches para llevarlo al barrio latino, donde la “Fiesta” –título de una novela de Hemingway- nunca se detiene. Hasta allí estamos en presencia de un truco de lo más utilizado desde Lewis Carrol. El espacio se complejiza, unas campanadas actúan como espejo y todo se vuelve extraño. El salto se da sin sobresalto, entras al automóvil y te vuelas noventa años hacia atrás. El problema radica en lo que encuentra el protagonista al otro lado, ni más ni menos que la creme de la creme intelectual y artística que pasó por París en una década, parece que todos viven en el mismo bar, que todos se conocen y lo que es peor, que este mediocre escritor es el centro de atracción entre tantas lumbreras; frente a él los demás son sombras. Penosa la anécdota de un Buñuel medio estúpido y un Dalí que habla como los indios en las viejas pelis del Oeste: “Hau, yo ser Dalí”. Lo demás no es otra cosa que una serie de lugares comunes, clichés de la peor factura en la que se suman pequeñas anécdotas y van desfilando los Fitzgerald, Hemingway, Cole Porter, Elliot, Gertrude Stein, Picasso, entre otros muchos… pero empeora la situación cuando damos otro salto de matroska y nos encontramos en el mismo Moulin Rouge con Toulusse Lautrec, Degas y Gaugin. Después ya no tiene nada de raro que aparezca el mismísimo Rey Sol pidiendo guillotinar a un sabueso que ha tenido la desdicha de caer por Versalles. ¿La guillotina, acaso, no la inventaron los revolucionarios tiempo después? Es entonces que yo siento vergüenza ajena. Si seguíamos así la película iba a desembocar en el Big Bang.

Por supuesto que a mi alrededor todo son risas, cada que aparece un artista reconocible por su imagen-cliché la gente lo identifica; así las cosas esto parece más un juego de adivinanzas para mamertos. ¿Quién será el siguiente? La película se desmadra, se pierde cualquier tipo de relato. ¿Qué importa a estas alturas? Todo cae en lo previsible, los personajes históricos son caricaturas de sí mismos, meros figurantes sin ningún peso de carácter. La película no dice nada sobre la agitación política de la posguerra, ni de las cicatrices en el alma que el conflicto había dejado en todos estos artistas a los que la misma Stein llamó “La generación perdida”, nada de eso, estos sólo son unos borrachones, ni siquiera clasifican como bohemios, despojados de toda humanidad. Y como para que la función esté completa, Allen nos regala un par de escenas robadas de “Regreso al futuro”, aquellas de la paradoja del tipo que lee un libro sobre el pasado y regresa a jugar con ese saber o aquella en donde el protagonista le regala a Buñuel la idea para que haga “El ángel exterminador”; eso me recuerda a una serie estadounidense ochentera en la que un par de personajes iban por la historia resolviendo entuertos para que todo fuera como fue.

El problema último de la película es su esnobismo ramplón, esa actitud de turismo cultural que ya había esbozado Vicky Cristina Barcelona y que aquí se profundiza, como si una película fuese una guía superflua y total sobre una ciudad. Resulta curioso que al principio el allenígena se despacha contra la pedantería del pseudointelectualismo, llegando incluso a cuestionar la autoridad académica de La Sorbona. Después descubrimos que la película misma es un monumento al esnobismo más en boga, que juega a ser un divertimento para iniciados, pero todo es levedad, anecdotario vacío, oropel para un público que sale de la sala reconfortado creyendo que esto es exclusivo, que no es para todo el mundo, con lo que se cree más inteligente, más astuto, más pilo. Gente que nunca habrá leído a Hemingway, menos a Fitzgerald, pero que tienen a Woody Allen, quien en noventa minutos les resume chapuceramente una época que no necesariamente fue gloriosa.

Al final, Allen nos recuerda lo que viene diciendo desde la Rosa púrpura del Cairo, que la realidad es el peor de los lugares, pero siempre es mejor que la fantasía. Y que no importa que en este mundo te haya tocado ser Owen Wilson, siempre nos quedará París.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Midnight in Bogotá


A mi vecina la robaron ayer. Me da risa imaginar que a la pobre anciana también la hubiesen violado. Creo que con eso la historia tendría más morbo, sería digna de contarse; lo otro no es sino una anécdota de una cucha a la que cada determinado tiempo los ladrones se le llevan los pocos electrodomésticos que consigue entre robo y robo. Anoche intentaron llevarse el registro del contador del agua de la casa donde vivo. Esta mañana amaneció un reguero en la calle y sin una gota en el baño. Me tocó darme una ducha de gato con medio balde que logré sacar de la alberca. Hoy quería salir a la calle, volver al ruido, al sol. Ya estaba bueno de tanto encierro.

Salí pasado el mediodía y me comí el churrasco más jugoso que yo recuerde. Debe ser que con las paperas también se me atrofió la memoria gustativa. Hacía un bonito día de sol, así que tomé el colectivo que va por Lomas y me ubiqué del lado de la ventana más caliente. Me fui con el cachete bien pegado al vidrio tratando de ver las novedades del camino. En la entrada del Danubio me sorprendió el mural de un candidato a edil que sigue reclamando su juventud como prenda de garantía política. ¿Esa no era su consigna de hace tres años? ¿Cuánto tiempo más será el edil joven? ¿Después vendrá el edil adulto o el edil anciano? Y ¿será que existen las campañas del edil indio, pobre, campesino, homosexual, niño, negro o gitano?, como si cada condición particular fuese una caución electoral ¡Dios nos libre de las juventudes que reclaman favores por su condición, como si esta enfermedad no se curase con los años!

Más adelante se sube una señora que vende colombinas y después el que vende caramelos. Le compro golosinas a ambos. Preciso probar el dulce sabor del bus urbano. En una pared alguien le deja un mensaje a una chica tratándola de “perra y zorra”, pobres animalitos, como si ellos tuvieran la culpa. Paso por Lomas y veo la ciudad que se extiende diáfana, abajo, entre los destrozos de las obras sin terminar. Aterrizo en el Centro, entre el revoltillo de olor a pueblo y banderas de la fiebre mundialista. Ni un solo extranjero. Bueno sí, ahí sigue Bolívar, que a todas estas era veneco, con su cabeza cada vez más blanca de cagada de palomas. Una señora que vende maicito dice que ayer fue un buen día, que se hizo cuarenta lucas. ¿Cuánto hará en los días malos?

Subo hasta la biblioteca Luis Ángel Arango. Necesito renovar mi carnet clase B, el más barato de todos. La chica que me toma los datos me pide una referencia de un familiar que viva en Bogotá, le digo que estoy solo. ¿Profesión? Desempleado. ¿Es estudiante? Sí, pero no. ¿De qué? Literatura. ¿Está matriculado? No. ¿Está inscrito en otra biblioteca? Sí, en la de Marichuela. Uhmmmm, pero esa no me sirve para hacerle el descuento. Lástima, esos cuatromil pesitos se perdieron. Salgo estrenando carnet y me encuentro con una miniferia de libros en el hall. Siempre hay una. Me paseo mirando títulos. Mucha poesía española, algo de teoría política y al final del stand unos títulos de literatura. Mis ojos se concentran en “Bouvard y Pécuchet” la novela que Flaubert dejó inacabada al morir, de la que siempre nos hablaba la profe Patricia Trujillo en la Nacho. Queda un ejemplar y me lo traigo. Luego compro el último Kinetoscopio. Salgo otra vez a la ciudad.

Subo hasta la plazoleta del Rosario. Hay otra especie de feria del libro en una gran carpa. Doy vueltas mirando aquí y allá. Tengo la intuición de encontrarme a alguien. Miro a lo lejos y ahí está el viejo Cesar. Atiende un stand de Anagrama. Me recomienda libros en oferta.  Tengo una pila en mis brazos. Títulos que nunca leeré. La elección es difícil, pero me decanto por “En la carretera” de Jack Kerouac. Démosle una oportunidad a la generación beatnik. No tengo dinero en efectivo, así que pago con tarjeta débito. Me siento imbécil haciéndolo. ¿Quién cuenta la plata? ¿De qué serie son los billetes? ¿Y las vueltas? El absurdo de las abstracciones. Sigo adelante y un cigarro me lleva entre la masa de la calle.

Camino hasta el Multiplex Embajador, ese que queda detrás del Terraza Pasteur. Quiero ver la última película de Woody Allen. Un par de llamadas, pero nadie contesta. Esto es la soledad. Espero la siguiente función como un imbécil con mi bolsa de libros, un tarro mediano de crispetas y una gaseosa gigante en la puerta del cine. Termina la proyección previa y me asalta otra intuición, detrás de la cual aparece la mujer con la que pasé los últimos cinco años de mi vida. Ha visto la peli y viene acompañada. Comentarios de ocasión. ¿Vienes solo? ¿Para qué pregunta si es tan obvio? Pienso en las rutinas compartidas, en los pasos que desandamos siempre. Afuera suenan los fuegos artificiales.

La película empieza después de un cortometraje insufrible sobre un supuesto inventor, negro y colombiano. Tan raro, yo pensé que esos sólo servían para patear una pelota. ¿Qué qué inventó? Ni puta idea. Nunca lo dicen. Después viene “Medianoche en París”, una inmersión más bien chapucera del viejo Woody en la mitología de la Ciudad Luz. Por supuesto no falta Hemingway y la referencia a “París era una fiesta”. Recuerdo que la mujer con la que me crucé en la puerta me regaló esa novelita una tarde soleada como esta, pero no pasé del prólogo. Nuestras vidas que giran y giran sobre los mismos ejes oxidados. No me cabe una palomita de maíz más en la panza. Termina la función y vuelvo a la calle. Camino ligero de equipaje. Me gusta este ambiente, los mendigos en sus harapos, la gente que pasa, la brisa fría que me recuerda las noches de Valledupar, los puestos de comidas más olorosas que rápidas, las hamburguesas del diablo, un lugar donde promocionan tarde de fútbol del mundial “South Africa 2010”. ¡Cómo que no quitaron el cartel de hace un año! Me subo a un Trasmilenio que dice que “Bogotá es fútbol”. Puro folclorismo criollo.

Como los articulados Norte-Sur vienen “teteados” o “siliconados” para ser más play, me voy en la dirección contraria de la gente. Tomo un D3 hacia el norte, no me resisto tanta multitud. No es conmigo el apretujamiento del proletariado. Dejemos bajar la marea de los pobres trabajadores, con su cansancio y su afán de llegar a la casa. ¿Nadie les ha dicho que por culpa del mundial hoy tampoco hay telenovelas? Ahí afuera está la noche bogotana, tan llena de putas, ladronzuelos y abogados. Voy bien lejos y regreso en un gusano rojo que dice “Ruta Fácil”. En este nunca me pierdo. Pero ¿con qué me encuentro? Primero un parche de ñeros que en el puesto de los músicos vienen dejando oír toda la estridencia de eso que llaman rap, que debe ser otra cosa, pero seguro música no es. Y para completar: un limosnero. Pero, ¿esto qué contiene? ¿No dizque Transmilenio dignificó la vida del pasajero? ¿Qué van a pensar de nosotros los tres gatos que vinieron a ver el mundialito? Para tratar de amainar la pesadilla me siento al lado de una morena de curvas bien proporcionadas. De esas que no te dirigen una mirada en toda la ruta. Saco un libro y me pongo a hacer que leo. Nada, como que con ella no funciona la pose intelectual. Seguro que también le gusta el rap.

Llego al portal Usme y resulta que cambiaron la parada del alimentador Marichuela. ¿Cuándo fue eso? Hace dos meses. No puede ser, yo sólo estuve enfermo quince días. Tengo otra intuición y me encuentro con una angelita de la noche. Hoy es un día de intuiciones. Vuelvo a mi casa. Es medianoche y no suenan las campanas de Notre Dame. Ni siquiera una sirena de ambulancia. La vecina debe tener pesadillas con los ladrones. A lo mejor sueña una violación que esta vez no fue. Paso doble seguro y tranca a la puerta. Me pongo a escribir y siento que he vuelto a la vida. Soy de nuevo un gusano de guayaba en su pulpa.

lunes, 1 de agosto de 2011

Toda la vida al campo

Afirmaba un crítico, de cuyo nombre no quiero acordarme, que las buenas películas eran aquellas que empezaban una vez corrían los créditos finales. Aunque este no es el criterio más objetivo para calificar la calidad de una obra fílmica, debo empezar diciendo que Toda la vida al campo, tiempo después de su visión, sigue revoloteando en  torno a mi cotidianidad como una mariposa audiovisual. Esto no lo consigue apelando a recursos ya ensayados por el cine de masas, tales como las imágenes perturbadoras, los  monstruos que amenazan saltarse de la pantalla o las historias que exploran los tabúes sociales, al contrario, lo logra porque contiene una simpleza de lo cotidiano que se acerca mucho a la vida desnuda de un habitante local.

Ahora bien, si la palabra película se deriva del latín pelis que significa “piel”, vemos que, en el documental Toda la vida al campo, las personas –no personajes- dejan la epidermis en la pantalla, asumen una corporalidad que traspasa la imagen hasta ese espacio en que los cuerpos se llenan de nervios, músculos y sueños. Así, pues, el principal mérito del documental es la fotogenia de los seres que deambulan por su relato, que en términos de Jean Mitry es esa cualidad del objeto para hacerse imagen en el espacio-tiempo; una fotogenia que nace del color de sus rostros, la melancolía de sus ojos o esa risa tan desparpajada y sincera; es en esas imágenes donde el documental señala una Verdad que es la última aspiración del arte verdadero, una verdad intangible como el agua entre las manos, pero en la que radica su gracia, en este caso, el talento etnográfico y videográfico de unas jóvenes realizadoras que han entendido el valioso principio de estar sin estar, leves fantasmas tras el visor, en ese dejar ir la conversación, la reminiscencia, sin apagar la cámara, con lo cual construyen un relato en el que se ven caer las hojas y nacer los pensamientos.

En este trabajo audiovisual, fundamentado en el diálogo con los campesinos, no asistimos a la típica entrevista construida en series de preguntas-respuestas, sino que se borda el paisaje del sueño, de la nostalgia agazapada que aflora frente a la cámara cuando la gente tiene la palabra, en ese sentido se cumple lo que decía Max Ophüls en tanto “esta forma de relato se basa en el hecho de que la ligazón que hace avanzar una historia es a menudo misteriosa, puede ser la expresión de un rostro, una duda o una tonalidad de voz. Se obtiene una percepción de la complejidad de la vida que tiene algo de gozoso, aunque el tema sea deprimente o dramático”. Siguiendo esta idea, detrás de esas escenas uno presiente la actitud de las realizadoras, pacientes, tranquilas, sin apurar la búsqueda de lo espectacular, lo que, en términos de Robert Bresson, implica “respetar la naturaleza del hombre sin quererla más palpable de lo que ella es”, tentación irresistible de todos los cineastas pequeños, siempre con el apremio de que la historia que cuentan sea más grande que la vida.

La presencia de las realizadoras se mantiene a la sombra, engaña a los actores –en tanto modelos que prestan su vida al relato- y nos engaña a nosotros como espectadores, pues en algún momento dejamos de percibirla, hacemos como si no estuvieran, en tanto se limitan a la humildad de quien registra el mundo sin tocarlo, asumiendo el papel de las “espigadoras”, bella imagen con la que Agnés Varda define el trabajo del documentalista, como “aquel o aquella que recoge todos los trocitos de lo real, las briznas de realidad y que, después, tras el bricolage operado por la cámara y el montaje, debe devolverlos, listos para ser empleados de nuevo, con un nuevo sentido”. Así, por ejemplo, existe una escena de una conversación entre abuela-nieta, la anciana recuerda fragmentos de su juventud, pero habla con la otra en unos códigos que son familiares, sabemos que en esta conversación no puede haber otro interlocutor, las dos se ubican en el extremo izquierdo de la imagen, dejando un amplio vacío a la derecha, cualquiera diría que están mal enfocadas, que la toma está desequilibrada, pero en ese vacío se incrustan las montañas, el cielo azul a lo lejos, el valle del Tunjuelo que se extiende desde el páramo, como un colofón a la historia de la abuela, entendemos que ese es su espacio vital, su lugar en el mundo, sin embargo, tras la imagen queda ese fondo como metáfora de los lugares innominados, de la corriente subterránea de un diálogo que se construye de jirones, sobreentendidos, dobles sentidos y silencios; entonces lo que se intuye es la subtrama de una memoria tan extensa y tan frágil como el mismo paisaje que se reinventa en el ejercicio del recuerdo, en el eufemismo picaresco de la abuela que nos estimula la risa con su anécdota amorosa.

Ahora bien, es de señalar que el documental está dividido en dos segmentos polares, de una parte, más de la mitad del metraje se dedica a la presencia de sus protagonistas campesinos, a contarnos el “así fue” de sus vidas, de unas costumbres que se lleva con su empuje la modernización del campo. Esta es la parte que más me gusta, en ella vemos a unas personas que van creciendo frente a la cámara a medida que se adentran en su memoria, creando y recreando su pasado en un estatismo digno de los maestros de la quietud (Ozu, Dreyer o Bresson) ahí donde falla la acción, queda la palabra, pero no es el mero vocablo como signo transparente que nombra el todo, sino ese diálogo que se puebla de fantasmas, que no transmite una acción precisa, sino un estado en el mundo, la sensación de un tiempo congelado en la imagen, la instantánea de un pasado que se hace ceniza. En ese sentido, la nostalgia no es un ente que se pueda filmar, como bien lo exploraba Alexander Sokurov en una sencilla pieza documental titulada “Una vida sencilla”, la nostalgia es un estado de ánimo que traza las cotas del ser como las fronteras de un mapa, pero no deja ver los accidentes internos, los espacios de luz y de sombra, lo intangible que amenaza la realidad más concreta; es la forma en que el relato se construye con los fragmentos rotos del espejo de la memoria, en palabras de cierto nobel colombiano.

Ahora bien, estos seres humanos –porque la humanidad en el audiovisual también es una categoría estética y ética- deambulan por el documental, no se presentan como simples datos discretos, sino que entran y salen del documental, con un tempo que no es el del relato común al “modo de representación institucional” (MRI en términos de Noël Burch), por ende hegemónico. No existen voces en off, ni otros elementos extradiegéticos que delimiten su fisicidad; entonces uno sospecha que los subtítulos que anuncian sus nombres están de más, en tanto lo que su fotogenia alcanza es una universalidad no necesariamente vinculada a un lugar de enunciación usmeña; actúan como símbolos vivientes de un mundo que se pierde, viejos restos de un modo de vida que se agota, habitantes de un tempo que no se mide con los segundos que hacen valioso el tiempo en televisión, sino con la naturalidad de quien calcula el paso de la vida en el humo de un tabaco, la jornada de labranza o el ordeño de una vaca. En ese sentido, es en esa quietud donde surge la verdad del cine; cuando la imagen deja de contar el tiempo entonces hay otra cosa que atraviesa la percepción, nos adentramos en una cronotopía de lo rural, en su sentido de la historia, en su lenguaje pleno de malabarismos lingüísticos y humor cotidiano, en sus tabúes, rituales y prácticas, en otras palabras, en eso que se llamaría el patrimonio intangible de las comunidades agrícolas condenadas a desaparecer. Así, pues, asistimos al encuentro con unos héroes que se saben los últimos mohicanos de su estirpe, seres en esa transición hacia la nada, pero que no miran el futuro con rencor, ni quieren que todo vuelva a ser como antes, quizá porque comprenden que la vida fue generosa, mientras fue posible, y que ahora les llega el tiempo del relevo, una entrega de los acumulados a una generación que vivirá otras cosas, mientras el mundo sigue girando; personas humildes que saben que lo suyo fue dedicarle toda la vida al campo.

Finalmente, si analizamos el documental desde los postulados del MRI, se le pueden hallar ciertas falencias, entre ellas, creo que la más importante es el problema de moverse en la divisoria de aguas entre lo antropológico y lo sociológico. En ese sentido, es mi parecer que la falla radica en que las autoras no se decantan por una sola mirada, en tanto, de una parte tienen a estos campesinos llenos de vitalidad, de una esencia que permea su registro, que desestabiliza la narración planeada; y de otro lado la necesidad de hablar de un “tema”, en este caso la expansión urbana de Usme. En ese sentido, puedo creer que con esta idea original se acercan a los hombres que trabajan la tierra para que les cuenten lo que piensan, esperando quizá unos discursos idílicos y anti-modernos, pero se encuentran con unos seres que tienen más pasado que presente, que no están atravesados por una ideología que niega el progreso, sino que no apunta hacia el porvenir, que se aferran al azadón porque es su línea de contacto con la tierra, pero que no plantean la destrucción de las máquinas como soñaban los proletarios dieciochescos. Este encuentro inicial se diría que deconstruye su idea básica, las personas le ganan su espacio al “conflicto”, pues, mientras las realizadoras filman, van complejizando su tema, se acercan a una realidad que no es la propia y se van impregnando de una sensibilidad que después llega hasta el montaje. Pero, como al final debe existir un conflicto narrativo – típico discurso de la academia de la que vienen- pues entonces meten a marchas forzadas el tema de la expansión, se rebuscan las imágenes y ciertos personajes de papel que se ven como simples marionetas desprovistas de vida en comparación a las personas que les han precedido. Al final uno se queda con la sensación de que las autoras sufrieron una leve confusión que impide redondear el relato; una oportunidad desaprovechada para elevar a estos campesinos a su justa dignidad en el audiovisual televisivo, para tener una obra total, aunque quizá esto sea mucho pedir. Por supuesto que estas vacilaciones son excusables en los jóvenes realizadores, entendiendo que quizá en las costuras del documental se patentiza el discurso de García Espinosa sobre la riqueza del cine imperfecto. Quizá en ese sentido estamos ante una narrativa postclásica, en términos de David Bordwell, en tanto la película está llena de costuras, abierta e inacabada, como para volver al terreno a rodar una continuación de la historia; pues, en últimas, uno cree que no se dijo todo lo que se iba a decir sobre la expansión urbana y que estos campesinos, condenados a cien años de nostalgia, merecen una segunda oportunidad en el documental colombiano.